17 de septiembre de 2012

Masters of the Universe #3 - Battle Cat

Llega un lunes más y con él otro repaso de las nuevas historietas de los Masters del Universo. ¡Edición digital! ¡0,99$ el número! ¡Corred a vuestra tienda on-line más cercana antes de que se agoten!

En esta ocasión, el escritor Mike Costa, más que contarnos una historia a través de los ojos de un personaje como en los dos números anteriores, se centra en definir su naturaleza, presentándolo a una nueva generación de lectores a través de una secuencia de acción que juega como telón de fondo y da pie a un interesante flashback sobre su origen. La estrella de la función es el compañero más fiel de He-Man: Battle Cat, o, como algunos también lo conocimos, Tigre de Combate. Es verde, grande y tiene muy malas pulgas. Como la Masa, pero a cuatro patas y con más pelo.

El dibujo de Jheremy Raapack puede dar pie a pocas pegas y la composición de las viñetas espectacular. A ello hay que añadir que los colores son vivos y no temen ser llamativos incluso en aquellos momentos que no deberían serlo, lo que le da ese tono impactante y espectacular de los viejos cómics de superhéroes.

Todo ello y algún detalle más hacen de este número mi favorito hasta la fecha.

La historia nos mete de lleno en acción, con los Guerreros Heroicos combatiendo en mitad de una tempestad contra Mer-Man, el malvado señor de los abismos oceánicos. ¿El escenario? ¡La cabeza de un pulpo morado gigante! O puede que sea una sepia. En todo caso, me recuerda a Ultros, del Final Fantasy VI. Solo que este octópodo tiene una especie de timón en la cabeza. No sé muy bien de qué va todo esto. Tampoco es importante.

Como de costumbre, lo primero que llama la atención, más que el molusco de proporciones godzillescas, es el rediseño de los personajes. A Mer-Man ya lo habíamos visto al final de El caballero perdido, pero ahora descubrimos que tiene cola. La de atrás; la de delante es obvio que ya la tenía, porque su raza debería poder reproducirse; puede que incluso tenga dos pterigopodios, como los tiburones. Diría que esa segunda cola es una adición superflua, pero, desde un punto de vista práctico, tiene mucho sentido, porque le puede servir para moverse por el agua más rápido que Michael Phelps con un motor a propulsión. Recordemos que, hasta la fecha, Mer-Man solo contaba con la fuerza de sus músculos humanoides y aquellas lecciones que aprendió en un curso acelerado de buceo que le dieron en Alicante por 60 euros durante sus vacaciones. Una cola le viene fetén.

Más diferente vemos a Teela, la heroica diosa guerrera, que cambia de look respecto de los sueños de Adam en El buscador, para estrenar coleta y una armadura dorada que no se limita a un sujetador enroscado, sino que le cubre todo el torso. O puede que Adam simplemente prefiriera imaginársela con la melena suelta y el ombligo al aire. Al menos, sigue siendo rubia, como en los pimeros minicómics, y no pelirroja. Las pelirrojas son especiales. Está demostrado que toleran mejor el dolor y la comida picante, lo que las convierte en las esposas perfectas para potenciales maltradores mejicanos. Un saludo muy caluroso para mis lectores de México. Ándale y eso.

¿Man-At-Arms está filmando un corto ahí atrás o solo me lo parece?

En medio de la batalla, también tenemos a Battle Cat, saltando por encima de Mer-Man y Teela en busca de su ovillo de lana. Su voz es la del narrador, y el autor se sirve de los bocadillos rectangulares para transmitirnos sus pensamientos. Y es que este Battle Cat, a diferencia de todas las versiones del personaje que precedieron a la serie de 2002, no dice ni mu. Rectifico. Ruge y gruñe, pero no puede leerte en voz alta el manual de usuario del Attak Trak o el diario secreto de Skeletor (ya sabéis, el de las tapas rosas con pegatinas de estrellitas plateadas).

¿Y en qué piensa un gato verde atigrado de media tonelada?, os preguntaréis. Yo hubiera sugerido ideas tales como "A ver qué jersey dejo hoy perdido de pelos", "¡Qué gran sofá para afilarme las uñas!", o "Espero que mi dueño se coma el pájaro muerto que le he dejado sobre el felpudo"; pero, claro, yo no soy Mike Costa, así que no sé mucho de tigres verdes gigantes.

¿Debería sorprenderme, por lo tanto, que Battle Cat piense poco más o menos como Lobezno, el retaco con garras de adamantium de la Patrulla X?

"Guerra. Sal y sangre. Carne. Garras largas blancas que chocan. Es una canción. Es mi canción".

Lo de las garras largas blancas probablemente sea una metáfora sobre el choque de espadas entre He-Man y Mer-Man. Solo que Mer-Man lleva un tridente y es de color cobre. Pero tampoco es para ponerse puntillosos con estos detalles. Cuando he tenido mascotas, me he contentado con que no se me measen encima al cogerlas. Battle Cat utiliza recursos literarios. Está a otro nivel.

Además, los felinos distinguen incluso menos colores que los perros y dudo que estudien lingüística en la jungla.

Pasamos ahora a cuando Cringer era un cachorro, el hijo del líder del Clan de los Tigros Verdes. "Tigros", sí. No es ninguna errata. El original dice "tigor". Por lo tanto, si en inglés "tiger" pasa a ser "tigor", en español "tigre" se convertirá por narices en "tigro", ¿no? Tiger, tigor, tigre, tigro. Es un maldito trabalenguas.

La cosa está así: los Tigros Verdes se llevan fatal con -a falta de un nombre mejor- las Panteras Púrpuras, y están todo el día como el perro y el gato. Solo que aquí los dos animales son gatos y se llevan peor que si los hubieran metido juntos en un saco. En realidad, tampoco son gatos, sino grandes felinos salvajes.Y no hay ningún saco. Esto se me da cada vez peor.

Si fuera cierto que los que se pelean se desean, menuda la que podrían liar estos.

Una noche, después de otra gran victoria local de los feroces Tigros Verdes, las Panteras Púrpuras atacan con sigilo a sus rivales, y todos los miembros del clan caen como moscas sin tener apenas ocasión de defenderse. Incluso Mufasa, o cómo quiera se llame el padre de nuestro pequeño cachorro, muere en combate cuando tres panteras se le echan encima como un vendaval peludo.

Cringer, el último superviviente, huye durante días de las panteras. Aterrado... Solo... Sin unas zapatillas deportivas que le ofrezcan la comodidad y el ajuste de unas Nike Flyknit Racer, diseñadas con ingeniería de precisión para un rendimiento ultraligero.

Lástima que este blog no reciba ingresos por publicidad. Me iría que ni pintado.

¿Y las panteras no tenían nada mejor que hacer que perseguir a un cachorro durante días? Necesitan buscarse un hobby.

Esta experiencia traumática desde luego explica que, al llegar a la edad adulta, Cringer sea un cobarde. Su padre, muerto; él, un cachorro, perseguido y acosado por los asesinos de su manada… ¿Y la parte de correr? Terrorífica. La última vez que salí a hacer footing fue en 1998 y me sangró la nariz. Si Dios hubiera querido que corriéramos, no hubiera inventado los coches.

Las panteras acorralan a Cringer, pero, cuando su final se acerca, una musculosa silueta se alza con una espada en alto sobre el barranco y, una lluvia de relámpagos cae sobre el asustado felino. Pero, en realidad, no son relámpagos. Es el Poder de GrayskullTM.

Lo que se van a reír cuando les llegue la factura de la luz.

Por supuesto, es difícil saber qué pretendía He-Man hacer exactamente cuando llegó y vio el difícil panorama que tenía bajos sus narices. ¿Se había leído ya el manual de instrucciones de la Espada de Poder, o solamente tiene una puntería pésima y suele echar la mitad del Poder de GrayskullTM "fuera de la taza" cada vez que lo invoca, poniéndolo todo hecho un asco?

Sea como fuere, todos deberíais saber lo que viene a continuación. Como decían en la serie, "¡Cringer se convierte en Battle Cat!". Claro que si no leéis esta última frase con la voz de Juan Cuesta (George Constanza en Seinfeld), tiene menos gracia.

Battle Cat se estuvo sacando pelos púrpura de entre los colmillos durante horas.

En parte, creo que me gustaba más la versión de la historia de Filmation, en la que un joven y más moñas si cabe príncipe Adam salía de acampada y salvaba al pequeño y malherido Cringer del ataque de un dientes de sable. Adam curaba al cachorro y lo adoptaba como mascota pese a las burlas de Teela y los demás niños, que ridiculizaban al animal por su cobardía.

Era un episodio tan ñoño como cualquier otro, pero por el que sentía especial debilidad de crío. Battle Cat era uno de mis muñecos favoritos, y de los pocos que hoy conservo enteros. Y si no queréis oír una vieja historia de mi infancia, será mejor que os saltéis los próximos párrafos, porque estoy a punto de embarcarme en un viaje al pasado sin ayuda de DeLoreans ni agujeros negros.

Momento tierno del mes. A partir del jueves, solo habrá cachorritos muertos.

Mi relato se remonta a principios de los noventa. Yo debía de tener entre 7 y 9 años, y por aquel entonces, mi familia veraneaba en la sierra. Teníamos un chalé pareado en una urbanización que acababan de construir cerca del típico pueblo manchego. Había vacas y caballos, y un viejo matadero. Cuando soplaba mucho viento, olía a estiércol. Los fines de semana recogíamos moras y caracoles, y de vez en cuando, cargaba un carrito de heno para dar de comer al burro de uno de los lugareños. Todo muy campestre y bucólico, excepto por nuestra urbanización. Ahora hay cerca de diez más. Fuimos el comienzo del fin.

Cuando aún era temprano para ir a la piscina, o hacía demasiado calor como para salir a la calle con mis amigos, solía quedarme en el jardín de casa jugando con mis muñecos. Mis preferidos, por si haberles dedicado chorricientos artículos os había despistado, eran los Masters del Universo. Siempre que los sacaba de su cubo, los dejaba tirados allí fuera el resto del día, bronceándose al sol hasta que los recogía por la noche.

Una tarde, al salir al jardín después de haber visto probablemente algún western de esos que emitía La 2 al mediodía para que mi padre echase a gusto la siesta, descubrí horrorizado que uno de mis Masters no estaba. Como podéis suponer, se trataba de Battle Cat; si no, a ver a cuento de qué os suelto el rollo este.

Lo busqué por todas partes y no lo encontré. El asunto no podía ser más serio. Que Moss Man, maestro heroico del camuflaje con olor a pino, se extraviara entre el césped o las arizónicas, era habitual; pero Battle Cat no desaparecía así porque sí. Aún no se había estrenado Toy Story para hacer volar mi imaginación lo bastante como para convencerme de que se había ido a dar un garbeo, y además, el juguete ni siquiera tenía articulaciones.

En ese momento, recordé que mientras estaba dentro casa, me había parecido ver a alguien fuera, solo que cuando me asomé, ya no había nadie. Ahora la verdad se presentaba de golpe: alguien se había llevado a Battle Cat. Insertad aquí vuestra música dramática favorita.

Por desgracia, no era difícil colarse en nuestro jardín. La puerta que conducía a la piscina y comunicaba con el resto de chalés de la urbanización se abría casi con la misma facilidad desde fuera que desde dentro y tampoco era difícil trepar por ella. Cualquiera que no tuviera más de ochenta años y fuera en silla de ruedas podía sortearla.

Mis padres no me creyeron. Pensaron que lo había perdido y que acabaría encontrándolo. Pero yo sabía que no era verdad y, además, sospechaba de un vecino en concreto como autor del crimen, uno con una colección de Masters del Universo en la que no había un Battle Cat y que siempre quería jugar con él cuando representábamos nuestras estúpidas batallas.

Me presenté solo en su casa, de improviso. En cuanto vi su cara, mis sospechas se confirmaron. Era la misma cara que uno pone cuando Hacienda le pregunta por esas deducciones que no sabe muy bien cómo explicar. La casualidad quiso, además, que en ese preciso momento, el pequeño cabroncete estuviera jugando a los Masters con otro vecino. Y allí, entre los demás muñecos, estaba Battle Cat. Mi Battle Cat.

No conseguí que el ladronzuelo admitiera que era el mío. Decía que se lo habían comprado sus padres hace poco. Yo sabía que mentía, porque un mentiroso reconoce fácilmente a otro y yo siempre he sido un experto. Sin embargo, aunque el muy granuja tenía un par de años menos que yo y era bastante más canijo, no iba a quitárselo a golpes. Mi camiseta de Snoopy no me convertía en el Castigador.

Le amenacé con chivarme, y luego me marché. Poco más tarde, mi padre mantenía una acalorada conversación con la madre del chiquillo manilargo. No consiguió nada. La señora defendió a su hijo hasta el final.

Como es obvio, por mucho que aquel hurto me pareciese el crimen más deleznable de la historia de la humanidad, mi padre no iba a llamar a la policía o encender la Batseñal por un estúpido trozo de plástico, así que o recuperaba a Battle Cat por mi propia mano, o lo daba por perdido. Con gran determinación, decidí que, a la mañana siguiente, me colaría en la casa del vecino y reclamaría lo que era mío. Y por reclamar me refiero a sustraer con sigilo. No era necesario dar ningún espectáculo.

Sin embargo, al final, no hizo falta que me convirtiese en Ojos de Serpiente por un día. A la mañana siguiente, Battlecat apareció como por arte de magia sobre la mesa del jardín. No hubo disculpas por parte de los vecinos, solo un reconocimiento implícito de lo sucedido. Pero así estaba bien. Su casa se quemó por causas no relacionadas con ese incidente dos días después.

Fin de la anécdota.

Mi viejo Battle Cat. Semper fidelis.

Tras el paréntesis, volvemos al cómic para ver a Battle Cat arrancando el timón con el que Mer-Man controla al pulpo gigante. O, al menos, eso deduzco viendo las cuatro viñetas mal contadas que hay. La verdad es que esta parte no queda nada clara. Lo importante es que ganan los buenos y que Mike Costa nos regala un monólogo interno tan épico que podría haberlo escrito el guionista de Gladiator:

"Mi hogar es el campo de batalla. No necesito familia, no necesito amor. ¡La gloria de la batalla! ¡La victoria! Enemigos cayendo bajo mis garras. Huesos quebrándose entre mis mandíbulas. ¡Temeroso de nada! ¡Gloria! ¡Fuerza! ¡Nunca más débil!".

Puede que a algunos seguidores de la serie no les guste la actitud furibunda de este lindo gatito; pero a mí me encaja con el Battle Cat que crearon Paul Kupperberg y George Tuska en la miniserie de tres números de DC Cómics, cuando los Masters del Universo aún se parecían a Conan el Bárbaro, y no a los risibles SuperAmigos. De hecho, Kupperberg trabajó en La espada salvaje de Conan y el famoso Alfredo Alcalá entintó esta misma miniserie. Y por si hay algún fan de He-Man especialmente curioso entre mis lectores, la miniserie de DC se corresponde con los números 11 y 12 de la colección que Ediciones Zinco publicó en España, cuando un cómic de 30 páginas costaba 150 pesetas.

Para que os hagáis una idea de lo lejos que me viene mi apego por la serie, os estoy hablando del año 1986. Lo bueno del cáncer es que, en comparación, te mata en menos tiempo.

¿Cuándo ganó He-Man el cinturón de la WWE?

El epílogo del cómic nos traslada al palacio de la ciudad de Eternos, donde vemos que, a pesar de todo lo que acabamos de leer, sin el Poder de GrayskullTM, Cringer sigue siendo tan timorato como lo era en la vieja serie de dibujos animados. En cuanto la armadura de combate se desvanece, la fiereza de Battle Cat se hace a un lado y el hueco lo llena un miedo irracional que roza lo ridículo.

Precisamente tenemos a Cringer a punto de echar a correr por una nadería, cuando llega Teela y calma al animal con unas pocas palabras amables y una caricia, momento en el que éste reconoce que para él sí existe un hogar distinto del campo de batalla, aquí, con la gente que lo quiere y protege. En paz.

Y si esta reflexión final que pone de manifiesto la dualidad del personaje no convierte este cómic en el mejor que se ha publicado hasta ahora de esta nueva colección, es que mi pasión por Battle Cat me ha vuelto idiota además de imparcial. Que es posible, no digo yo que no.

Gracias a Cringer, ahora sabemos que Teela huele a jabón y lana.

11 comentarios

  1. Tio, me ha llegao la historia esa del vecino ladron. A mi me hizo lo mismo un colega de clase pero con un transformer que desaparecio justo el dia de mi cumpleaños al que el hijo de puta vino, y encima al dia siguiente VINO AL COLE CON EL PUTO TRANSFORMERS. Creo que murio de sida en la prision, con los años, el chaval, ya le esta bien. Justicia divina, se llama

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    1. El mundo necesita más justicia divina. Divina de la de lluvia de fuego y azufre.

      En el colegio, yo "perdí" a He-Man.

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  2. A mi me robaron el príncipe Adam y nunca lo recupere.

    Pinta bien el cómic pero la verdad es que aunque el Battlecat sacado del universo de Conan mola prefiero el origen de Filmation.

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  3. Yo no viví el caso del colega ladrón aunque sí el de uno muy envidioso. Era la celebración de mi cumpleaños en un Mac Donalds en la época en la que todavía estaban los personajes que acompañaban a Ronald MacDonald y en que algunos de los restaurantes tenían tiovivos en miniatura. Todos los invitados me trajeron regalos incluyendo algunos Masters, el colega cogió tal berrinche que su madre tuvo que ir a comprar uno para él. Años más tarde recordaría esta situación en un capítulo de South Park.

    Comparando la transformación de Adam con la de Gringer se ve que el poder de Greyskull era más generoso con el tigro, aparte de la fuerza superior Battle Cat/Gringer recibía una armadura que le protegía toda la parte superior del cuerpo que incluía un casco que ocultaba su cara y además le aumentaba el tamaño, le mejoraba las garras y colmillos y le quitaba su característico miedo. Adam aparte de la super fuerza sólo recibía un arnés, un taparrabos, unas botas y un bronceado.

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  4. Vladek: Robar el muñeco del príncipe Adam tiene tela. Seguro que el culpable se dedica ahora al mundo de la moda.

    Anónimo: La madre de tu amigo hizo mal. En cuanto a ti, no menosprecies el poder de un buen bronceado.

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  5. Parece ser que lo que más nos ha llegado del reportaje es la existencia del amigo ladrón que nos robaba el juguete y se creía que no nos íbamos a dar cuenta.

    A mi me pasó con los muñecos de Star Wars de Kenner de los primeros años 80 (ahora los llaman vintage), pues me desaparecieron un Snow Trooper (tenía 3, no existían los móviles y los familiares no se ponían de acuerdo a la hora de hacer regalos) y un Bobba Fet. Lo del soldado imperial vale, pero lo del muñeco chulísimo que era Bobba Fet me dolió más que cuando te enseñaban a jugar al baloncesto y al no atinar al botar la bola te botaba el balón en los huev... y joder cómo dolía. En fin, que me disperso, ambos muñecos desaparecieron en un cumpleaños y no pude saber quién fue ya que éran varios los amigos que también tenían una buena cole de muñecos aunque me pasé meses conspirando y suponiendo...

    Me vengué años después gracias a Ebay comprando todo aquello que no tuve, o que tuve y perdí.

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  6. ¿Pelirrojas para los mexicanos? ¡Qué gran idea!

    Tigros Verdes VS Panteras Púrpuras. Eso suena a football americano colegial.

    La verdad, probar el poder sobre Cringer era parte de un minucioso experimento: seguramente ya lo había probado en piedras y árboles, así que seres vivos era el siguiente paso natural. Y venga, que el tigro ya estaba condenado de cualquier forma.

    Música de drama.

    Buena recapitlación, a ver qué día me animo a gastarme unos dolarucos en la saga.

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  7. Y no hay bromas sobre "Las panteras Purpuras contra las Panteras Verdes?" Si le ponemos un poco de Afro, y unas camperas de cuero negro (chupas las llaman? Chaquetas?) estamos de vuelta en los 80!

    Saludos desde Argentina tipo de la brocha! Sigue con tus post!

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  8. Doctor Müller: Que te quiten a un soldadito de las tropas de asalto tiene un pase, pero Boba Fett... si era el original, ahora cuesta una pasta gansa.

    LacraESECEFE: Cuando reescribía el artículo, a mí también me sonaron a equipos de rugby, pero tampoco quería alargarlo mucho más. Me gusta tu versión de la historia con Cringer como conejillo de indias.

    Bizarro: Esas bromas las reservo para los comentaristas más avispados. En España, a las camperas las llamamos cazadoras o chupas de cuero.

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  9. Cuando teniamos un juguete que era la envidia de los demás no solo debiamos cuidarnos de vecinos o "amigos" sino de los que tenian un acceso más facil a nuestra casa: LOS PRIMOS. Con ellos si se debía tener un especial cuidado. Recuerdo como desaparecían coches o soldaditos despues de una visita familiar. Tenía una gran collección de juguetes de los Thundercats (idea para artículo) y de Dragon Ball, o al menos a mi me parecía una gran colección, pero mi hermano en cuanto empezó a caminar lo destrozo todo, desde entonces debo tener la precaución de tener algunas cosas duplicadas.
    Me ha gustado el nuevo enfoque de Battle Cat, creo que no desentona con esta revisión.

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  10. A mi en el cole me trincaron la figura de BEBOP el jabalí mutante de las tortugas ninja.Eso pasa por ir vacilando al cole con merchandising molón de los 90...maldigo a ese cabrón!

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