18 de marzo de 2013

'UnSweetined: Memorias de Jodie Sweetin', la hermana mediana de 'Padres forzosos'

Estoy enganchado a las biografías. No a las de grandes figuras históricas como Felipe II, Lenin o Abraham Lincoln (ya sabéis, el famoso cazador de vampiros), sino de la hez de la sociedad. Actores, cantantes y músicos, en su mayoría. Y cuanto más denigrante y perturbadora es su vida personal, más suele gustarme lo que cuentan.

Es lógico, porque ¿quién querría leer sobre un actor que después de un duro día de rodaje, vuelve a casa con su familia, cena, saca la basura, pasea al perro y le da un beso de buenas noches a su mujer? ¡Nadie! En cambio, si ese actor se levanta día sí, día también en un contenedor de basura en una ciudad que no conoce, con una resaca de narices y sin ropa interior ni recuerdos de lo que hizo la noche pasada, oyes la llamada del morbo.

¿Acaso es mi culpa que nos fascinen los aspectos más enfermizos de la naturaleza humana y disfrutemos del sufrimiento ajeno? El día en que la visión utópica de Gene Rodenberry de una sociedad pacífica, concentrada en la exploración de nuevos mundos y carente de malignidad, deje de ser ciencia ficción, el día en el que las mujeres siempre lleven minifalda y una máquina pueda prepararme un pollo chimichanga en medio segundo, ese día yo dejaré de leer biografías de mierda. Mientras tanto, esto es lo que hay.

Por eso, en cuanto me enteré de que Jodie Sweetin, la hermana mediana de Padres forzosos, había publicado su biografía, no dudé en hacerme con ella. Os aseguro que son los mejores 8,87 euros que he gastado en Amazon desde que me di de alta en este servicio.

La vida de Jodie Lee Ann Sweetin, nacida el 19 de enero de 1982 en Los Ángeles (California), podría resumirse en tres fases: primero, interpretó a Stephanie Tanner en la popular telecomedia Padres forzosos durante ocho años, desde 1987 hasta 1995; después, se convirtió en una bomba sexual adicta al alcohol y a las metanfetaminas, protagonizando un escándalo tras otro; y finalmente, el milagro de la maternidad la salvó de la autodestrucción.

El libro, por supuesto, entra más al detalle. Y mi entrada también lo hará, porque pienso escribir hasta que consiga que vuelva a funcionarme Skype para poder hablar con mi novia.

Una razón para decir SÍ a las drogas: sus ojos. El resto es obra de un cirujano plástico.

En primer lugar, debo advertiros que si esperáis encontrar montones de anécdotas y trapos sucios sobre Padres forzosos, serie de la que más de uno es fan (llamadlo placer culpable si queréis, pero en mi caso no me siento culpable en absoluto), el libro apenas supera las doscientas páginas, y en la 53, Jodie ya se ha ventilado toda su infancia como actriz precoz, desde su papel en aquel desafinado anuncio de salchichas Oscar Mayer en el que cantaba "me encanta el sabor de la jugosidad" hasta su paso por la famosa sitcom creada por Jeff Franklin.

La hermana mediana de la familia Tanner habla poco y bien de lo que ocurría detrás de las cámaras, pero no porque prefiera callarse los aspectos más sórdidos de la producción televisiva, sino porque realmente no los había. O al menos eso ha dado siempre a entender todo el reparto de la serie en declaraciones y entrevistas. ¿Verdad, mentira encubierta o conspiración judeomasónica? Esa es una pregunta que ni siquiera el Sr. Oso puede responder.

Una familia feliz. Hortera, pero feliz.

Según parece, excepto por algún pique puntual con Candace Cameron (provocado probablemente por la diferencia de edad entre ambas), todo el reparto se llevaba casi tan vomitivamente bien como en la propia serie de televisión, y, por lo tanto, lo único destacable de esta parte del libro es ver cómo va subiendo poco a poco la factura que le pasaría a Jodie el haber crecido en el plató de un programa de televisión.

Eso, y descubrir que Alanis Morissete escribió la canción You Oughta Know después de que el "chistoso" tío Joey cortará con ella para irse con otra. En defensa de Dave Coulier, añadiré: ¿a quién en su sano juicio se le ocurre salir con un cómico que tocó techo metiendo la mano en el culo a una marmota trajeada?

Corta. El. Rollo.

Al igual que cualquier niña de su edad, Jodie solo quería integrarse y ser como los demás, pero, a sus cinco años, sus compañeros de clase ya le daban la brasa y se pitorreaban de ella repitiendo "¡Qué grozero!" y preguntándole dónde estaba ahora su tío Jesse.

Eso la hizo sentirse diferente y la marcó durante toda su infancia…, aunque supongo que ganar cientos de miles de dólares durante el resto de su vida gracias a las reposiciones, conocer a otros famosos y que la tratasen a cuerpo de rey en Disney World compensó algunas de esas molestias. Hacer cola durante dos horas para montar en el Big Thunder Mountain Railroad es mi visión del Infierno.

¿Quién no querría ser una princesa Disney? A ser posible, la que se tiró varios años durmiendo.

Su oportunidad de llevar una vida "normal" llegó cuando cancelaron la serie y abandonó su carrera como actriz para ir al instituto. Sin embargo, sin la estabilidad que le aportaba Padres forzosos, se sentía pérdida, y era incapaz de encajar y hacer amigos.

Por desgracia, el detonante que cambió eso y la ayudó a integrarse socialmente no fueron la Nintendo 64 ni Sensación de vivir, sino el alcohol.

Jodie se cogió su primer pedal cuando solo tenía catorce años. Fue en la boda de Candace Cameron con el jugador de hockey Valerie Bure, y sus padres y todo el reparto de la serie fueron testigos de su primera gran gesta alcohólica. Si alguien tuviese un vídeo de la boda, podrían reeditarlo como el episodio de Padres forzosos que siempre quisimos ver. Ni la música de violines salvaría a Stephanie de echar la raba en una maceta.

A partir de ese día, la adorable niña de los rizos de oro que había conquistado al público con sus muletillas cursilonas y sus bailes propederastia se aferró a la botella y se marcó una nueva meta en la vida: convertirse en la anti-Stephanie, la oveja negra de la familia Tanner.

La botella también habría sido mi mejor amiga en la boda de Barbie y Ken.

Resumiendo otro poco, el alcohol llevó a la marihuana; la marihuana, al éxtasis; el éxtasis, a la cocaína; y la cocaína, al Lado Oscuro.

Por suerte, su compromiso y primer matrimonio con Shaun Chapman, que jamás había visto Padres forzosos hasta que se conocieron (él era de Marte), pusieron freno momentáneamente a este frenesí psicotrópico. Así, durante una temporada, Jodie fue una perfecta y joven ama de casa americana, de esas que plantan geranios y dejan tartas de manzana enfriándose en el alfeizar.

Desgraciadamente, el sueño americano de los años cuarenta no duró mucho y, para evitar morir de aburrimiento, Jodie recayó en el alcoholismo. Ahora bien, como suponía que su marido, de profesión policía y de inclinación mojigato, no vería con buenos ojos que le diera a la botella y el olor a ginebra le resultaba demasiado difícil de disimular, Jodie empezó a esnifar metanfetamina hasta que su nariz no dio más de sí. Y entonces empezó a fumarla. ¡Una mejoría evidente!

Aun así, su marido no se enteraba de nada. El peor. Policía. De la historia.

Jodie Sweetin, en la premiere de Muévete, esto es Nueva York, con Candace Cameron. Ni puesto de metanfetamina me tragaba yo semejante bodrio.

No voy a entrar al detalle en lo que vino a continuación, porque Jodie dedica dos terceras partes del libro a sus adicciones y no me pagan por resumir sus experiencias con las drogas, sus fiestas salvajes, ni sus constantes recaídas e idas y venidas de las clínicas de desintoxicación. De hecho, no me pagan por nada en absoluto y no sé qué hago escribiendo esto en lugar de hacer algo de provecho con mi vida y ganar dinero. Ah, sí, ya me acuerdo. No me funciona Skype.

Lo que sí voy a deciros es que se trata de una historia descarnada y emotiva contada con tristeza, una pizca de humor y un honesto conocimiento de uno mismo. La narración profundiza en los motivos de la drogadicción, y aunque es difícil sentir empatía por alguien que tira su vida por la borda de esta forma, a una antigua estrella infantil como ella incluso le perdono esa dolorosa recurrencia a los saltos de párrafo y las frases cortas para recalcar lo hundida o desplazada que se sentía en determinados momentos de su vida.

"Me llevaron a mi dormitorio y conocí a mi compañero, pero no estaba lista para hacer amigos. Todo el mundo me aterrorizaba y me sentía fuera de lugar. No fui a cenar esa noche. Solo quería dormir.

Pero no podía.

Me sentía tan sola".

En un momento dado, llegó a oídos de la prensa amarilla que Jodie estaba intentando rehabilitarse, pero, al igual que la mayoría de lo que publican esta clase de medios, era mentira, y lo cierto es que ella aún consumía con avidez y estaba muy lejos de recuperarse de su adicción. Sin embargo, haciendo gala de unas dotes interpretativas que pasaron inadvertidas en Padres forzosos, engañó a todo el mundo y vendió a la prensa un final feliz típico de Hollywood: la hermana mediana de la familia Tanner vencía a las drogas.

Jodie concedió entrevistas y empezó a dar charlas por colegios de toda América sobre lo malo que es el speed y toda esa otra mierda mágica en la que, a escondidas del mundo, se gastaba miles de dólares a la semana. El dinero que ganaba diciendo no a las drogas acababa en manos de los camellos. ¡Qué ironía!


Cuando la verdad salió a la luz, Jodie no se frenó en lo más mínimo, sino que pisó el acelerador, lanzándose con entusiasmo a una espiral de fiestas, alcohol y drogas hasta caer tan bajo como ninguna mujer ha caído jamás. Sin contar a las participantes de Gandía Shore, quiero decir.

Los ingresos que obtenía como presentadora de Pants-Off Dance-Off (el nombre lo dice todo) y los royalties de Padres forzosos hacían que el dinero no fuera un problema. La cocaína de los famosos se separa con una American Express Oro.

"Esta era mi jodida fiesta. Esta era mi vida y estaba decidida a estropearla de forma irremediable".

En 2007, Jodie se casó en Las Vegas con Cody Herpin, otro mal bicho al que conocía desde hacía menos de dos meses. La gente corriente mantiene relaciones más largas con sus cepillos de dientes.

Lo que pasa en Las Vegas NO se queda en Las Vegas.

La hija fruto de este segundo matrimonio llegó por sorpresa y le hizo replantearse por enésima vez qué #%$*! estaba haciendo con su vida. Y tachín, tachán, tras barajar la posibilidad de abortar, decidió darle una oportunidad a la maternidad y su hija le salvó la vida.

Un mes después del parto, Jodie volvió a beber, pero se sintió tan mal consigo misma, que empezó a tomarse realmente en serio la rehabilitación. Por encima de todo, quería ser una buena madre. O al menos una madre que no potase a su hija encima cuando fuera a darle el biberón.

A su adicción se sumaban los números rojos de la cuenta del banco y el hecho de que su marido era un vago redomado que prefería jugar a los marcianitos a buscar un trabajo o ayudar con las tareas del hogar ("Ella hace mejor los baños", decía este príncipe azul). Por lo tanto, era hora de descolgar el teléfono y llamar a los abogados.

El último capítulo del libro es una carta de amor que Jodie escribe a su hija y que, después de tanto Jack Daniel's y éxtasis, resulta algo cursi, aunque esperanzadora.

¿Cuántas gramos de coca valdría esta exclusiva?

Cuando unSweetined se publicó en noviembre de 2009, Jodie tenía veintisiete años, así que a no ser que se pase de la raya de nuevo (yeaaaah!) dejando atrás un hermoso cadáver con varios dientes falsos y 200 gramos de silicona en los pechos, me gustaría pensar que le queda al menos la mitad de la vida por delante.

En conclusión, la biografía de esta eterna hermana mediana engancha (yeaaaah!) y se lee con la misma facilidad que se ve un telefilme de tarde de Antena 3. Como no puede exigirse un gran esfuerzo intelectual a la clase de lector que prefiere leer unSweetined en lugar de, ¿qué sé yo?, La montaña del alma de Gao Xingjian, el libro está escrito con sencillez y va directo al grano Si no interrumpes la lectura cada dos por tres para consultar tu muro de Facebook o tuitear la primera sandez que se te pasa por la cabeza, se puede leer en unas pocas horas.

Es una pena que el libro apenas toque los años de Padres forzosos y que la historia no tenga un buen o mal final, pero eso es lo que tiene escribir una biografía antes de cumplir los treinta.

Necesita una segunda parte.

12 comentarios

  1. Aún no me he leído el artículo así que hago una consulta de buzón de sugerencias: señor Brocha ¿la reducción a un artículo a la semana va a ser costumbre? ¡¡Necesitamos nuestras dos dosis semanales!!

    ResponderEliminar
  2. Siempre daré gracias a internet por darme información inutil, nunca habría leido algo asi pero si tenia curiosidad al haber visto la portada del libro. Gracias por leerlo por nosotros. Me gusta su tipica historia de juguete roto de Hollywood. Habla tambien de orgias? O a eso no llegó?
    Si quieres leer mas clasicos de mierda te recomiendo Ladies of Spain de Andrew Morton o Infantas de Jose Maria Zavala, mezcla de basura, cotilleos y politica.

    ResponderEliminar
  3. Andrs: Lee esto, anda. Lo que te interesa está hacia el final. Y luego mira la fecha de la entrada. Soy un camello sobreexplotado.

    Mixtli1984: Hay orgías, pero no da detalles.

    ResponderEliminar
  4. Es una pena como se destrochan la vida estas personas que aparentemente lo tienen todo. Una duda que me surge al ver a esta chavala y a otras de la factoría Disney. ¿Como saben que de maroyes van a estar buenas?

    ResponderEliminar
  5. No sé por qué he leído este post xD.

    ResponderEliminar
  6. Me ha encantado el pedobaile.
    La verdad es que yo era más de DJ. También me sorprende que durante su adolescencia fuese tan estúpida para meterse de todo (meterse, eh, eh, de todo, eh, eh) pero tan inteligente como para usar protección en esas innumerables orgías (que no nos has contado) y no acabar como madre adolescente.
    Tenías que haber puesto como es en la actualidad, que igual ha cambiado al niño por droga.

    ResponderEliminar
  7. Me acuerdo de Haley Joel Osment, que parecía que iba a romper un poco esa maldición de los niños "prodigio"... pero al final junto a los Maculei -como se escriba- Culkin o Edward Furlong de la vida.

    Da un poco de pena, la tia a saber las luces que tenía en sus años mozos... pero se supone que para protegerte de esas cosas hay unos padres y demás.

    pd: me alegra poder decir que... no tengo ni puta idea de quien era, algun pedazo vi por casualidad en aquellos tiempos en los que sólo había 5 cadenas, pero en la vida he visto un episodio completo -o 5 minutos- de Padres Forzosos.

    ResponderEliminar
  8. ¿No hay biografías de "los dos Coreys" (Feldman y Haim)?

    ResponderEliminar
  9. DGrumpy: Las niñas guapas rara vez empeoran e incluso las feúchas son susceptibles de mejorar. Lo mejor es mirar el culo a las madres, para ver cómo de traicioneros son sus genes.

    Jero-chan: ¿Curiosidad malsana quizá?

    El Chachi: Pensaba investigar un poco sobre lo que ha estado haciendo últimamente, pero luego me dije: "Nah, ¿para qué?". Lo del niño es probable.

    eter: No te alegres de desconocer esta serie. Tenía su aquel. Y su ese. Y algo de este también.

    Critical+: No lo sé. ¿Te animas a buscarlas?

    ResponderEliminar
  10. Fantástica entrada, como siempre. Respecto a los de los dos Coreys, libro no sé, pero reality show sí que hay, y se supone que con mucha chicha: http://www.youtube.com/watch?v=BlZxPPzjIb0

    ResponderEliminar
  11. Lo de los niños en el colegio tratandole como si fuera el personaje de la serie tiene sentido, estos tienden a reconocen al personaje, no a la persona, recuerdo que mi hermano y yo nos referimos a Bud Spencer como Banana Joe durante años porque fué la primera película suya que vimos.

    Los productores de la serie tendrían que haber hecho unos cuantos episodios en contra de las drogas de esos que al acabar pone a los actores presentándose con su auténtico nombre y diciéndole al público lo serio que es ese problema, quizá así se habría evitado lo que le pasó a esta cría.

    ResponderEliminar
  12. Vengo a comentar q no lei nada, pero la susodicha tiene un lindo par de......emm....

    mejor leo el articulo, para no comentar algo demasiado evidente

    ResponderEliminar