29 de septiembre de 2014

Ranking de cereales: lo mejor y lo peor del desayuno


El origen de los cereales para el desayuno tal y como los conocemos hoy día se remonta a finales del siglo XIX. Su descubridor era miembro de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Si tenéis una vena atea o satánica y se os están empezando a quitar las ganas de comer cereales, debo deciros que dentro de lo que son las organizaciones religiosas, la Iglesia Adventista no es de las peores. Aún no sé por qué piensan que el sábado es el séptimo día de la semana, pero comparto su respeto por la naturaleza (sé muy bien lo que ocurre cuando descuidas el medioambiente; lo vi en el último episodio de Dinosaurios) y, sobre todo, admiro su optimismo; los adventistas llevan creyendo que la segunda venida de Jesucristo está cerca desde 1863. La esperanza es lo último que se pierde.

Pero me estoy yendo por las ramas. A finales del siglo XIX, el doctor John Harvey Kellogg (hmmm... ¿de qué me sonará este apellido?) trabajaba como superintendente en una clínica de Michigan en la que los pacientes ingresaban para... a ver cómo lo digo sin sonar soez... para dejar de autosatisfacerse. John Kellogg era un adventista convencido de que la masturbación era una enfermedad que se podía curar llevando una buena alimentación, y abogaba por una dieta rica en verduras y cereales. Esto le llevó a hacer lo que ninguna madre ni abuela te deja que hagas: jugar con la comida.

Un día, él y su hermano Will dejaron trigo cociéndose, y cuando por fin se acordaron de él y volvieron a comprobar su estado después de tratar otros asuntos más apremiantes, el trigo estaba de un rancio que ya no había quien se lo comiese. Pero como eran bastante cicateros, aplastaron el trigo con rodillos para estirar la masa, igual que de costumbre. El resultado fueron unas hojuelas endurecidas que les hicieron rascarse detrás de la oreja. Pero ni por esas se rindieron. Tostaron las hojuelas para disimular su espantoso aspecto y así nacieron los Corn Flakes de Kellogg's.

Pocos años después, Will pensó que podían hacerse de oro vendiendo su invención al hombre de la calle, pero que antes convendría añadirle azúcar para que supiera a algo. John le mandó a freír espárragos porque el azúcar era de todo menos sano. Will le contestó que allá él y fundó por su cuenta la Battle Creek Toasted Corn Flake Company, haciéndose de oro. Los hermanos nunca volvieron a hablarse.

Concluida la lección de historia, hoy hablaré de cinco cereales que me chiflan, y otros cinco que aborrezco. Mañana viajaré a Venus.

22 de septiembre de 2014

Advanced Dungeons & Dragons: Eye of the Beholder

Cuando hablé de Legend of Grimrock en marzo del año pasado, mencioné mi atracción fatal hacia los dungeon crawlers en primera persona. Desde entonces he jugado a unos cuantos juegos de este subgénero, buenos, no tan buenos y malos. Hay algo en ellos que me fascina. Hay cierto encanto en guiar a una piña de patrulleros con la capacidad estratégica de un hongo por un laberinto de galerías idénticas que provocan una sensación de claustrofobia galopante.

En aquel artículo también dije que una cosa es la teoría y otra la práctica, y aunque estos juegos me chiflan, se me dan bastante mal. Cuando uno carece de paciencia y sentido de la orientación, los dungeon crawlers en primera persona son una auténtica pesadilla, y yo intercambié ambas aptitudes por un paquete de chicles Boomer en el 88. Además, salvo honrosas excepciones como el Lands of Lore, son juegos que envejecen fatal y no me imagino a nadie jugándolos por voluntad propia salvo que tenga mucho tiempo libre y sea un nostálgico empedernido.

Siendo sinceros, lo mejor de estos videojuegos clásicos de PC son los recuerdos que tenemos de ellos. Incluso el tedioso proceso de instalación en MS-DOS, disquete a disquete, tenía su aquel, y aunque a veces ni siquiera conseguías arrancar el juego, era toda una experiencia.

Eye of the Beholder (El Ojo del Observador en español) es el dungeon crawler del que os hablaré hoy. A diferencia de otros títulos viejunos a los que he jugado, este pertenece a la serie de Dragones y Mazmorras y, por lo tanto, su sistema de combate se basa en las reglas de la segunda edición de este popular juego de rol de tablero, que no sólo ha inspirado videojuegos desde antes de que muchos de vosotros nacierais, sino también películas y series de dibujos animados de dudosa calidad y libros de indudable penosa calidad.

15 de septiembre de 2014

'Tortugas Ninja', la película (1990)


cowabunga. 

1. interj. Expresión introducida en los años cincuenta a modo de saludo por el jefe indio Thunderthud en el programa de televisión americano Howdy Doody, más tarde adoptada por los surfistas en la década de los sesenta para expresar satisfacción, y popularizada por los dibujos animados de las Tortugas Ninja a mediados de los ochenta. ¡Cowabunga, tío!

8 de septiembre de 2014

Angry Video Game Nerd: The Movie (2014)


Si a estas alturas no sabéis quién es el Angry Video Game Nerd (inicialmente conocido como el Angry Nintendo Nerd, y a partir de ahora AVGN, porque soy demasiado vago para escribir esas cuatro palabras más de dos veces), visitad la Wikipedia o su página web. Yo no voy a contároslo.

Lo que sí voy a hacer es deciros que James Rolfe, el hombre detrás de este fenómeno de internet, es un cineasta con mucha imaginación y un currante de tomo y lomo. Y añadiré que me parece digno de admiración por varios motivos. En primer lugar, por ser autodidacta y aprender a hacer películas escribiendo, dirigiendo, editando y actuando en sus propios cortos, sketches y episodios desde que era un canijo (la carrera de audiovisuales es lo de menos). En segundo lugar, por haberse hecho popular en un medio claramente sobredimensionado como es internet despotricando sobre videojuegos clásicos (o sea, viejos), lo que significa que ofrece algo que otros no ofrecen. Y en tercer lugar, por la pasión que siente hacia ese gran laboratorio emocional y espectáculo de masas que es el cine. Cuando James viste la camisa blanca con el portalápices de bolsillo y los pantalones caqui del Nerd y encadena tacos escatológicos con una soltura insólita, puede hacerte gracia o no; pero cuando le oyes hablar sobre películas te contagia su amor y entusiasmo por el séptimo arte.

Por eso, y no sólo porque disfruto viendo los vídeos de su canal de YouTube, seguí con mucha atención la producción de su primer largometraje, que se estrenó el pasado agosto en unas pocas salas de los Estados Unidos, entre ellas la del Grauman's Egyptian Theater, cuna del primer estreno de Hollywood en 1922. Y por esos mismos motivos alquilé también en Vimeo la película este viernes pasado y compraré el DVD de la película tan pronto como se venda. Esta es mi forma de premiar la pasión y dedicación de James Rolfe y el esfuerzo que hace por aquello que más le gusta, porque vivir de una afición requiere mucho valor y es un sueño que la mayoría nunca verá realizado.

1 de septiembre de 2014

Los doce trabajos de Hércules

De un modo u otro, todos hemos oído hablar de Hércules, el semidiós griego de fuerza sobrehumana. Puede que sea por las pelis de George Reeves, los cómics de Marvel, la teleserie de Kevin Sorbo, el clásico animado de Disney, el club alicantino de fútbol, o el bar gay de Helsinki. Con suerte, no será por la espantosa película de este año protagonizada por Kellan Lutz.

El caso es que Hércules forma parte de nuestra cultura, como Thor, el rey Arturo o Popeye. Un hombre de gran valor y fortaleza que sufre la mayor de las calamidades y alcanza la inmortalidad con el sudor de su frente, el máximo exponente del phatos del que hablaban esos locos griegos hace más de dos mil años.

De los mitos sobre Hércules, sin duda el de sus doce trabajos es el más conocido y, por eso, incluso el nuevo filme de Dwayne Johnson, que se estrena esta misma semana, los incluye en cierta manera (timo de tráiler, os lo adelanto). Del año que el pobre pasó vestido de mujer cocinando, fregando, barriendo el suelo, poniendo lavadoras y planchando no suele hablarse, a pesar de que dicen que el peplo le quedaba de muerte.