23 de julio de 2018

Las aventuras de Tintín: La estrella misteriosa


Mi padre es tintinófilo. No es ninguna enfermedad grave, aunque suene como una. Es algo mucho peor. Ser tintinófilo significa ser un apasionado de Tintín y de su mundo. Y no tiene tratamiento conocido.

En la práctica, esto supone que mi padre no solo tiene todos los tebeos de Tintín, muchos de ellos repetidos para compensar los daños padecidos por las primeras ediciones (de pequeño confundí Los cigarros del faraón con un libro de pinta y colorea), sino que, a lo largo de más de cincuenta años, ha ido acumulando todo tipo de productos asociados a la franquicia que aún hoy da de comer a los herederos de Hergé y otros titulares de derechos sobre las historietas: series y películas en distintos formatos, una vasta bibliografía sobre el autor y su obra, tantas figuras y maquetas como para que no haya una sola estantería en casa que se libre de ellas...

Por suerte, no es una enfermedad hereditaria, porque yo ya tengo mis propios vicios, incluida la serie más gay del mundo. Pero que esto no os confunda. Me gusta Tintín. Es más, me habré leído cada álbum un mínimo de veinte veces y no concibo mi infancia sin ver cada día los lomos de la colección en la estantería de mi habitación. Pero ahí acaba mi afición por el intrépido reportero de Le Petit Vingtième y empieza la de mi padre.

Dicho esto, hará cosa de un mes, Netflix España subió a su plataforma la serie de animación producida por Ellipse-Nelvana en la década de 1990, y como ese día había dormido poco, tuve la brillante ocurrencia de prestarme voluntario para comentar alguno de los episodios, a elección de mis cuatro centurias y pico de seguidores en Twitter. De entre los episodios sugeridos, escogí La estrella misteriosa porque dura solo veintidós minutos y es autoconclusivo, con lo que su revisión y resumen no se convierte en un auténtico suplicio para el que firma estas líneas.

Pero si buscáis una razón que suene menos práctica que esa, os mentiré y diré que lo elegí porque La estrella misteriosa fue el primer álbum de la colección en publicarse con el formato definitivo e imprimirse en cuatricomía, y porque en él Hergé definió su estilo, que luego se conocería como "línea clara". Pero insisto: mentira podrida.


El episodio comienza igual que alguna película de terror en el espacio: con una misteriosa explosión en el ignoto cosmos acompañada de una melodía inquietante que no desentonaría en La cosa, de John Carpenter.

Semejante horror cósmico es lo último que uno esperaría encontrar en una historieta belga publicada en un suplemento infantil. Y quizá por eso, no encontraréis esta escena en las viñetas. Sin embargo, esto es una serie de televisión de los noventa, así que necesitaba ser un poco más espectacular para competir con otras grandes series de acción de la época, como Batman o Las Tortugas Ninja, y perder con dignidad.

"No era más que un color surgido del espacio..., un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito situados más allá de la naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas que ofrece a nuestra imaginación" (H. P. Lovecraft, El color que cayó del cielo).

En las calles de alguna ciudad europea, vemos a Tintín paseando a su perrito Milú. Aunque Hergé quería que su héroe fuera todo lo indefinido y cosmopolita posible para que los lectores de todo el mundo se identificasen fácilmente con él, vamos a decir que la ciudad es Bruselas porque las calles no solo se parecen a las de la capital belga, sino que el observatorio que veremos en breve es prácticamente un calco del observatorio Uccle.

Retomando nuestra historia, es de noche y esto solo puede significar una cosa: Tintín ha sacado a Milú para que haga sus necesidades. No es algo evidente, pero se trata de la única conclusión lógica, porque, con su sueldo de periodista, dudo que haya salido a cenar fuera solo por darse el gusto. Y por supuesto descarto que haya cenado con alguien. Recordemos que el único amigo de Tintín es el capitán Haddock, un marino alcohólico que pasa la mayor parte del año en altamar, probablemente apostando en peleas de monos en aguas internacionales.

Alcanzada semejante conclusión, imagino que, como cualquiera de vosotros, una de las cuestiones que más me inquieta acerca de aquella terrible época, durante los primeros años de la ocupación alemana, es si habría bolsas para recoger la caca de perro. Y si las había, ¿se le olvidaría a Tintín alguna vez salir con ellas? Desde luego no parece que lleve bolsas encima. ¿Será Tintín la clase de imbécil que deja la caca por ahí tirada para que otros la pisen, o se tomará la molestia de recogerla con lo que encuentre, ya sea un periódico o un clínex? Las dudas me corroen.

La farola y el banco proyectan sombras, pero Tintín y Milú no. Mi teoría es que son vampiros.

"Qué noche tan espléndida, ¿verdad, Milú?", dice Tintín.

Hay muchas razones para hablar con tu mascota y, según la primera página que me ha salido en los resultados de Google, todas son buenas. Sin embargo, las conversaciones que llega a tener Tintín con Milú me hacen pensar que el muchacho está a un paso de sucumbir a la locura y salir a la calle llevando un gorro de plata por única vestimenta.

Hay una gran diferencia entre felicitar a tu perro, darle órdenes o regañarle y comentar el tiempo con él. Hablar del tiempo con tu perro es el paso definitivo hacia una vida de soledad y celibato.

Aun así, no es peor que pedirle su opinión sobre una propuesta de trabajo como ocurre en Tintín en América

En cualquier caso, Milú no parece compartir la opinión de su dueño sobre el tiempo. El pequeño fox terrier, criatura a la que la naturaleza decidió ignorar cuando repartió glándulas sudoríparas, está muerto de calor y no ve el momento de llegar a casa y espatarrarse en el suelo. A juzgar por cómo le cuelga la lengua fuera de la boca, probablemente no le queden fuerzas ni para conejear a las zapatillas de felpa a su dueño.

El calor es, en efecto, insólito y la causa está a plena vista, en el firmamento estrellado: una gran bola de luz azul que brilla con intensidad cegadora.

Empiezo a intuir lo que está pasando realmente...



En busca de una explicación al extraño fenómeno, Tintín regresa a su apartamento y llama al observatorio. ¿Le preocupa molestar a alguien a estas horas de la noche? No, él es Tintín, el reportero que reveló al mundo la brutalidad del régimen comunista de la Rusia soviética, evitó una guerra tribal en el Congo belga, capturó al gánster Al Capone y acabó con una red de tráfico de opio en China. ¡Las reglas de cortesía no están hechas para hombres de acción como él!

Bien pensado, apuesto a que ni siquiera pierde el tiempo recogiendo la caca de su perro. Recoger caca es cosa de pusilánimes.

Alguien está trabajando en el observatorio esta noche y contesta al teléfono, pero cuelga casi de inmediato sin dar ninguna respuesta coherente. ¡Ni que Tintín le hubiera preguntado por la carnicería Sanzot!

Joven de la generación Z en busca de la pantalla táctil.

Insatisfecho con el resultado de esta pesquisa y ajeno a las necesidades del sueño desde que descubrió la cocaína en San Theodoros durante la aventura de La oreja rota, Tintín se presenta en persona en el observatorio.

Nadie contesta al timbre, pero su instinto periodístico, al que otros llamarían curiosidad obsesiva, le empuja a ir más allá. ¿Acaso puede una puerta interponerse en el camino del periodismo de investigación? ¡No! La palabra "allanamiento" no forma parte de su diccionario.

Dentro del edificio, Tintín se cruza con un señor de barba blanca y mirada extraviada que se dirige hacia la salida farfullando frases sin sentido con un denominador común: la palabra "castigo". El hombre está tan abstraído pensando en sus aciagos vaticinios que no parece ver a Tintín.

Algo extraño está sucediendo y se respira cierta opresión en el aire, como si una amenaza inminente se cerniera sobre nuestro héroe... Por supuesto, esto no tiene nada que ver con que los nazis tuvieran ocupada Bruselas cuando Hergé dibujó esta historieta. ¿Quién iba a atreverse a hacer comentarios políticos en las tiras de un periódico controlado por los alemanes?

Pon un profeta chiflado en tu vida.

Tras la puerta de la que venía el extraño hombre, Tintín descubre un enorme telescopio cuyo objetivo apunta hacia el cielo por la cúpula abierta del observatorio. ¿Un telescopio en un observatorio? ¡¿Qué locura es esta?!

Al pie del telescopio, sentados en una mesa cubierta de papeles, dos astrónomos están enfrascados en una discusión y no prestan atención al recién llegado.

Ignorando a los hombres, Tintín se acerca al telescopio y mira por el ocular. Ante él se dibuja una imagen aterradora que le hace gritar horrorizado.

¡Una araña de patas peludas y proporciones cósmicas viaja sobre la gran esfera de fuego azul!

Ah, arañas espaciales. No veía una desde Leprechaun 4.

Lamentablemente, los arácnidos gigantes aún no surcan el espacio sideral surfeando en bolas llameantes, y el terrible monstruo no es más que una araña corriente y moliente pegada a la lente del telescopio.

¡Ya me gustaría a mí haber visto un álbum de Tintín con una aventura de ciencia ficción y terror como las del cine de los años cincuenta!

Mientras tanto, los astrónomos han terminado de hacer sus cálculos y el profesor Hipólito Calys, director del observatorio, explica a nuestro héroe que la bola de fuego es un meteorito que se dirige a la Tierra a toda pastilla.

"¡Es el fin del mundo, sí! A las ocho, doce minutos y treinta segundos exactamente", dice el profesor, entusiasmado. "¡Voy a ser célebre!".

Puede que hoy la idea os parezca manida y, ciertamente, cuando se habla de colisiones de índole planetaria, es difícil no pensar en Armageddon; pero, echando la vista atrás, hay que aplaudir la originalidad de Hergé. De hecho, la primera película que planteó una catástrofe de proporciones semejantes fue el clásico de la ciencia ficción de Rudolph Maté, Cuando los mundos chocan, de 1951, y La estrella misteriosa empezó a publicarse la friolera de diez años antes, en octubre de 1941. En 1941 seguro que aún había gente que pensaba que la Tierra era plana, estaba inmóvil, constituía el centro del Universo y comunicaba con el Infierno a través de una boca de metro mal señalizada. Pero al menos no proclamaban las bondades de la leche cruda.

El profesor Calys sufre platanocefalia.

De vuelta a la calle, Tintín aún no puede creerse que el fin del mundo esté a la vuelta de la esquina. Tal es su incredulidad que su ropa ha cambiado de color. La verdad, ya va siendo hora de que jubile esa camisa amarilla y se compre, no sé, una camisa blanca y un jersey azul.

Algunos vecinos, incapaces de dormir por culpa del calor, han salido a la calle a contemplar el terrible fenómeno, sufriendo una decapitación inmediata a causa de la relación de aspecto 16:9 con la que se editaron los DVD en España y que también usa la versión de la serie incluida en Netflix.

Entre la multitud, el astrónomo con el que el joven reportero se cruzó al entrar en el observatorio, ahora ataviado con una túnica blanca, proclama el fin del mundo y hace un llamamiento a la penitencia a golpe de gong.

Sí, arrepentirse es de mucha ayuda y consuelo cuando te va a caer un meteorito encima. Entre eso y ocultarse en un búnker, nunca dudéis en hacer lo primero.

Parece que los cambios inexplicables de color no son solo cosa de ciertos dibujos animados japoneses.

De pronto, el asfalto comienza a deshacerse, los neumáticos de los vehículos revientan por el calor, mareas de ratas corren por las calles, la tierra tiembla, los cristales estallan, enormes grietas se abren en las calles tragándose coches en circulación...

¡Gozer el Destructor ha regresado!

Las aventuras de Tintín (1992).

Los Cazafantasmas (1984).

En plena catástrofe, Tintín corre a refugiarse con Milú en el rellano de un portal, porque no hay nada más sensato que colocarse bajo un edificio que se está derrumbando durante un terremoto.

Al levantarse la polvareda, el reportero, algo magullado, ve llegar al profeta entre una lluvia de escombros.

El hombre anuncia que la muerte ha llegado y que los que sobrevivan perecerán de hambre y frío, peste y cólera.

"Vamos, señor, será mejor que vaya a acostarse", le dice Tintín, que a las puertas de la muerte ha encontrado por fin su sentido del humor.

El profeta le golpea con su gong, mandándole callar, y le muestra una imagen del castigo: ¡una gran araña de patas peludas!

En la escala del terror, le doy un 3 sobre 10.

Tintín se despierta gritando en el sillón de su casa y se da cuenta de que ha tenido una pesadilla.

Las paredes de la habitación están algo agrietadas, hay cristales en el suelo y el mobiliario ha sufrido algunos desperfectos; pero el fin del mundo no ha sido para tanto.

Feliz de seguir vivo, el reportero regresa al observatorio y descubre que el ayudante del profesor Calys cometió un error de cálculo. El aerolito pasó muy cerca de la Tierra, pero solo un pequeño fragmentó impactó en ella, concretamente en el océano Ártico.

Aunque la ausencia de cataclismo deprime al profesor, este recupera su entusiasmo cuando llega el análisis espectroscópico y descubre que el aerolito está compuesto de un metal desconocido, al que su ayudante bautiza "calisteno" en su honor. El profesor Calys está tan contento que invita a Tintín a caramelos blandos, lo cual debía de ser alguna clase de moda rara de la década de 1940. Como los sujetadores picudos.

Los análisis espectroscópicos le vuelven banana.

El reportero, ansioso por convertir este hallazgo en la primicia científica que le consiga el premio Pulitzer, propone organizar una expedición internacional para rescatar el aerolito. ¡Se acabaron la prensa amarilla y los reportajes mal pagados sobre castillos escoceses malditos!

El profesor recibe la propuesta con júbilo y dice que financiarán el viaje con el Fondo Europeo de Investigaciones Científicas.

Y digo yo, ¿no podrían contactar con la Ahnenerbe para que cargue con todos los gastos y les suministre el equipo y personal adecuado? La división ocultista de las SS sin duda estaría interesada en las propiedades de un metal extraterrestre; y un crucero de batalla con 300 o 400 soldados garantizarían el éxito de la misión. A no ser, por supuesto, que aparezca por ahí algún americano entrometido como Indiana Jones.

Financiar tus caprichos con dinero público, el sueño de todo emprendedor europeo.

Bajo la dirección del profesor Calys, los científicos más eminentes de Europa se unen a la expedición: Erik Björgenskjöld, de Suecia; Porfirio Bolero y Calamares, de España; Otto Schulze y Paul Cantonneau, de Alemania; y Pedro Joãs Dos Santos, de Portugal.

No es casualidad que los sabios más eminentes de TODA EUROPA pertenezcan a países del Eje o estados neutrales. En 1941, todas las publicaciones en Bélgica estaban controladas por los alemanes. Además, tras el cierre de Le Vingtième Siècle, el autor belga había comenzado a publicar sus tiras en Le Soir, un periódico colaboracionista que hedía a propaganda nazi, en particular de naturaleza antisemita. Y Hergé no tenía tendencias suicidas, que se sepa.

Tintín mueve algunos hilos fuera de cámara y consigue poner a su amigo Haddock al mando del Aurora. Tristemente, la serie ignora la afición del capitán por el whisky que sí está presente en el tebeo, arrebatándonos así algunos de los mejores chistes de esta historieta. Supongo que a alguien le preocuparía que los niños percibieran el alcoholismo como una fuente de diversión. Algún gilipuertas, seguro.

Puede que el capitán sea un borracho irascible, pero al menos no es un nazi.

El Aurora parte del puerto sin que se produzca ningún incidente; en particular, ningún incidente con un profeta armado con dinamita convencido de que Tintín es el "mayordomo de Satanás". Una lástima, en mi opinión.

Ya en alta mar, un marinero informa al capitán de que otro navío ha partido de São Rico con intención de ganarles en la carrera por el aerolito.

"¡Mil millones de rayos y centellas!", dice Haddock."¡Bandidos, traidores, piratas!".

Sí, todo eso y, además, estadounidenses. O al menos lo eran en la primera edición del cómic. Pero eso se cambió en las ediciones siguientes porque estaba feo.

Lo que no modificó Hergé fue el diseño del Aurora, del que siempre se arrepintió porque, aunque ya por entonces procuraba documentarse de forma minuciosa, algunos expertos le dijeron que un barco así se iría a pique en el mar. Y si estáis pensando en lo picajosa que era ya la gente antes de que existieran las redes sociales, no sabéis ni la mitad. Entre los expertos, hay quienes también criticaron que el navío no tuviera amarras en spring cuando estaba en el muelle y que en el castillo de proa hubiera un aparato desconocido, sin utilidad aparente, con un cabo enrollado alrededor. Esto demuestra que fandom insoportable ha habido siempre.

La verdad es que, así visto, a mí me parece un barco.

Tintín comparte con Haddock su preocupación acerca del navío que compite con ellos en la caza del aerolito y se pregunta quién habrá financiado esa expedición.

La respuesta a esa pregunta es la misma que condujo a Hitler a abogar por el nacionalsocialismo frente al capitalismo liberalista y el comunismo marxista: un banquero judío.

En efecto, el señor Bohlwinkel está convencido de que el calisteno (recordemos, un metal cuyas propiedades nadie conoce y que podría valer menos que el latón) le hará asquerosamente rico.

"Tomando posesión de ese aerolito y de su metal desconocido, nos aseguramos una fortuna colosal", dice antes de estallar en una carcajada malvada la mar de inapropiada para una junta general.

Hergé creo muchos villanos carismáticos y con personalidad. Bohlwinkel no es uno de ellos. Este banquero es feo, codicioso y falto de escrúpulos; un villano de manual al que ni siquiera le falta el puro en la boca.

Y aun así, todo puede empeorar. En la primera edición del cómic, antes de que la bandera estadounidense fuera reemplazada por la del imaginario estado de São Rico, Bohlwinkel se apellidaba Blumenstein, lo que delataba de forma evidente su ascendencia judía. Esto le costó a Hergé numerosas acusaciones de antisemitismo y, por ese motivo, a partir de la segunda edición del álbum, Hergé, que siempre sostuvo que únicamente pretendía criticar el capitalismo feroz y no a los judíos, decidió cambiar el apellido Blumenstein por Bohlwinkle. Por desgracia, resulta que este último apellido también es más judío que la comida kosher, así que fue como cambiar Pérez por López. Al final nadie está contento.

Tintín en el Congo solo podría haber sido más ofensivo si el villano hubiera sido un banquero judío.

Durante una terrible tempestad que el capitán Haddock, avezado marino, califica de "magnífica brisa", el Aurora está a punto de chocar con el Peary, el barco de sus rivales, que navega con las luces de posición apagadas.

"¡Mil millones de demonios! ¡Piratas, náufragos, bachi-bouzuks, filibusteros, forajidos!", les insulta el capitán mientras se alejan y desaparecen entre la lluvia.

Aún hoy, los insultos de Haddock me fascinan. Lo que les falta de malsonantes lo tienen de originales y además nadie insulta con tanta pasión y saña como el capitán. Si uno se toma la molestia de abrir el diccionario o la enciclopedia, incluso tienen valor didáctico.

Haddock sospecha que el navío intentaba hundirlos. Tintín, a quien se le ve el plumero nacionalsocialista a la legua, está seguro de ello.

-¡Hijos de la grandísima p***!

A la mañana siguiente, el Aurora navega entre glaciares. Una fina capa de hielo se ha formado en la cubierta y Tintín resbala y se estrella contra un manguerote. El golpe tendría mucha más gracia de la mano de Francisco Ibáñez; pero, claro, Tintín es un personaje belga y rara vez le salen chichones o acaba con los ojos morados, la nariz inflada o recogiendo sus dientes del suelo.

De todos modos, la mayor víctima del frío polar es Milú, al que deciden vestir con la ropa de abrigo más ridícula posible.

Esa es la cara de un animal tomando conciencia de que ha perdido su dignidad y jamás podrá recuperarla.

El vigía avista el Peary a babor. Los saorriqueños siguen sacándoles ventaja en esta lenta y insulsa carrera por el aerolito; pero el capitán Haddock no se rinde fácilmente y fuerza las máquinas del Aurora para alcanzar a sus rivales.

Sin embargo, en ese mismo momento reciben un S.O.S de un barco en peligro. El capitán reúne a todos los científicos y pone las cartas sobre la mesa: si van en ayuda del navío, jamás llegarán al aerolito antes que sus rivales; pero si no lo hacen, se perderán vidas humanas.

Nadie se plantea hacer otra cosa que prestar auxilio. Y aunque entre los expedicionarios hay al menos dos nazis cuya naturaleza samaritana pongo en duda por defecto, lo que realmente me chirría es que, al principio del episodio, vimos al propio profesor Calys loco de alegría por haber descubierto un aerolito que provocaría el fin del mundo y sin mostrar el menor atisbo de preocupación por el destino de la humanidad. ¿Y ahora de repente me tengo que tragar que es buena gente? Lo siento, no cuela.

Solo Tintín, acostumbrado a lidiar con malhechores, piensa que puede haber gato encerrado, así que contacta con la Oficina de Registro Marítimo (suena apasionante, lo sé) para que le digan el nombre de todos los buques que empiecen por "VIL", que son las únicas letras que figuran en el mensaje de S.O.S. De esta manera, descubre que no hay ningún barco perdido cuyo nombre encaje con el del mensaje. ¡Bohlwinkle les ha engañado!

No, Tintín, fruncir el ceño no hace que esta escena se más emocionante.

Aunque es imposible que el Aurora adelante al Peary a tiempo, no todo está perdido, ya que el Aurora lleva a bordo un minisubmarino experimental armado con dos torpedos G7e prestado por el gobierno alemán.

Nah, os estoy tomando el pelo. Eso molaría demasiado. Pero sí que lleva un hidroavión. Quizá no sea tan útil para eliminar a la competencia, pero sí muy oportuno.

Eso sí, la idea del submarino nazi no es tan descabellada. El hidroavión es un Arado Ar 196, el modelo de reconocimiento estándar que utilizaba la marina alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Quizá la expedición de Tintín sí se haya financiado con dinero nazi, después de todo.

El piloto conduce el hidroavión con Tintín y Milú a bordo hasta el aerolito, que sobresale del agua como si se tratase de un islote y que desciende en pendiente hacia el oeste.

Lo increíble de todo esto no es que sean el reportero y su perro los que se ocupen de esta misión, sino que algunos tintinófilos se hayan tomado la molestia de buscar la posición de la isla en el mapa a partir de los datos dispersos que figuran en el cómic, ubicándolo cerca de la costa groenlandesa, en 20º E y 84º N, y con un margen de error del 10%.

Menudos pirados, pensaréis. Bueno, sí. Pero todos hacemos cosas estúpidas en nuestro tiempo libre y escribir en un blog se lleva la palma, así que, ¿quién soy yo para criticar?

¿Tanto jaleo por este terruño? La que habrían armado si llega a ser de vibranium.

Tintín descubre que el Peary ha llegado antes que ellos, pero aún no han tomado tierra, así que, si se apresuran, los europeos nacionalsocialistas todavía tienen una oportunidad de ganar esta carrera.

El reportero le echa narices al asunto y, bandera en mano, se lanza en paracaídas hacia el islote. Por suerte, se ve que, en la década de 1930, todos los periodistas belgas hacían un curso de paracaidismo. O quizá Tintín no se haya tirado en paracaídas en toda su vida, pero le dé igual porque es un temerario y haría cualquier cosa por ser el centro de atención

Tintín, hombre de acción.

El segundo del Peary toma su fusil y, carente de todo escrúpulo, se prepara para disparar a sangre fría contra Tintín.

"¡Eh! ¿Es que te has vuelto loco, Douglas?", dice su capitán, bajándole el arma.

Supongo que lo de impedir que el tal Douglas mate a Tintín no es tanto por una cuestión de ética, sino porque a ver cómo iban a explicar luego que el chaval muriese de un balazo en mitad del océano Ártico. Los pingüinos no tienen licencia de armas.

Por culpa del viento, Tintín se desvía de su trayectoria y se queda colgado de lo alto del peñasco.

¿Se rinde entonces? ¡No! En una escena de más tensión dramática que los años previos a la invasión de Polonia, Tintín consigue trepar por la pared de piedra y plantar la bandera del Fondo Europeo de Investigaciones Científicas tan solo un segundo antes de que la chalupa de sus rivales alcance la isla. ¡Chupaos esa, estadounid...! ¡Saorriqueños!

No se le ve muy emocionado, la verdad.

El piloto aterriza junto al islote y deja a Milú con su dueño, al que también entrega una caja con provisiones, para que sobreviva durante la semana que tardará en llegar el Aurora.

Nah, os estoy tomando el pelo otra vez. En realidad, el barco apenas está a unas horas de camino, pero con tantas emociones, no me extraña que Tintín tenga hambre. Además, entre investigar una roca alienígena y comer galletas deshidratadas no hay color.

Al coger una galleta, se topa con una araña y, del susto, la galleta se le cae de la mano. La araña es casi tan grande como la cabeza de Milú, así que no me extraña que le impresione.

Disgustado, pero aún hambriento, Tintín decide probar una manzana, pero se encuentra con un gusano y tira la pieza al suelo, dando el repugnante almuerzo por concluido.

-Entra a conocer a mi señora.

Milú ladra para llamar la atención de su dueño sobre lo que Tintín confunde primero con un huevo, pero es en realidad una seta de aspecto extraño, blanca y con manchas rojas.

La seta mutante crece ante sus narices a una velocidad pasmosa hasta cubrir con su sombra al sobresaltado reportero y entonces explota.

Tintín cae de culo al suelo, pero no es momento para relajarse. A su alrededor, más setas empiezan a crecer a ritmo vertiginoso, obligando a Tintín y Milú a poner pies en polvorosa para evitar que las explosiones les arranquen alguna extremidad o les revienten las tripas. El desembarco de Normandía no fue más que un paseo por el campo comparado con esto.

Momento icónico por excelencia.

Apenas han conseguido escapar de este campo de minas fúngicas cuando se topan con un manzano germinando a la misma velocidad que las setas y que, en solo un instante, crece hasta alcanzar proporciones monumentales.

Tintín deduce que el árbol ha nacido de las semillas de la manzana que arrojó hace apenas unos instantes y lo contempla fascinado.

"Esto es fantástico", dice.

Y no es para menos. ¡Imaginaos las posibilidades! Con suficiente calisteno, podría acabarse con el hambre en el mundo y también repoblar los bosques en un visto y no visto. O crear una berenjena gigante y hacer chistes de po****.

Una mariposa gigante (el gusano ya crecidito) asusta a Milú, que huye del lepidóptero con el rabo entre las piernas; pero Tintín ni siquiera se fija en el monstruoso insecto, ya que está demasiado ocupado esquivando las docenas de manzanas gigantes que se desprenden del descomunal manzano.

Menos mal que el manzano bajo el que Newton se echaba la siesta era de tamaño estándar. Si no, a ver cómo formulaba la ley de la gravedad con el cráneo partido.

El peligro no acaba ahí, porque, como era de esperar, la araña que estaba en la caja de provisiones también ha adquirido un tamaño espantoso, digno del peor cine que nos ha dado la serie B.

La monstruosidad de ocho patas acorrala a Tintín y Milú contra el enorme manzano, frotándose los pedipalpos antes la perspectiva de una comida inesperada.

¿Será este el fin del valiente reportero y su adorable perro? ¿Morirán paralizados y devorados lentamente a medida que los jugos digestivos de la araña licúan sus órganos internos?

No, porque las leyes de la casualidad protegen a los héroes.

La tierra tiembla y una manzana gigante cae sobre la araña, espachurrándola. Lástima que sus vísceras viscosas no se desparramen y salpiquen alrededor. Le habría dado más realismo.

Pobre araña. Debería haber perseguido sus sueños y haberse presentado al casting de El señor de los anillos. Ella siempre quiso hacer de Gandalf.

A día de hoy, puede que todas estas imágenes ya no nos sorprendan; pero cuando leí La estrella misteriosa por primera vez, la incursión de Hergé en el terreno de la fantasía me dejó perplejo, especialmente esas setas suyas tan singulares.

Es verdad que si comparamos Tintín con series infantiles más contemporáneas como La hora de las aventuras, da la impresión de que el dibujante belga tenía menos imaginación que una ardilla lobotomizada. Pero por eso precisamente, y para no pecar de subnormales, es importante saber echar la vista atrás y juzgar cada obra en su contexto. Igual que no valoramos la higiene en la Edad Media a la vista de nuestro conocimiento actual sobre la salud y los avances en la fontanería doméstica, no podemos valorar un cómic de 1941 como si se hubiera hecho ayer mismo. La forma de pensar cambia, la tecnología evoluciona y el bagaje cultural sigue creciendo.

Y mientras yo reflexiono sobre estas tonterías, el aerolito se está hundiendo y Tintín y Milú van a morir ahogados. ¡Lo siento!

Afortunadamente para el heroico dúo, el hidroavión aparece justo a tiempo y el piloto rescata al reportero y su mascota desde un balsa hinchable, pero no antes de que el reportero se juegue el tipo una última vez arrojándose a un remolino de aguas gélidas para llevarse consigo un fragmento del metal extraterreste. Me pregunto cómo se sienten los periodistas que cubren noticias tan impactantes como el calor que hace el verano cuando ven a Tintín en acción.

El héroe anónimo del episodio.

De vuelta al Aurora, todos celebran el éxito de la expedición, y la policía de São Rico detiene a Bohlwinkle por fraude y sabotaje.

"Se esperan grandes hallazgos en torno a este metal desconocido", dice la voz en off de un locutor de radio.

Nunca volvemos a oír hablar del calisteno.

Y fin.

Como adaptación de veinte minutos, el episodio es simpático; pero es una pena que, por diversos motivos, se dejen en el tintero tantas buenas escenas del tebeo, la mayoría protagonizadas por Haddock. Es comprensible que su alcoholismo desapareciese en la adaptación a la televisión. Después de todo, hay que proteger a los niños (menos a los que leen, que son más listos y tienen criterio propio). Sin embargo, echo en falta el encuentro de Haddock con su viejo amigo el capitán Chester, cuyo saludo siempre me hizo mucha gracia, y varios chistes a costa del pobre Milú, al que en el cómic, por cierto, se llevan al islote sobre el ala del hidroavión. ¿Qué pensarían ahora las protectoras de animales de eso?

11 comentarios

  1. En la versión animada que vi (la antigua) el astrónomo era el propio Tornasol, que como buen científico de cómic es experto en todas las ciencias.

    Al hacer las correcciones políticamente correctas deberían haber conservado la nacionalidad estadounidense de los rivales, Tintin se ha enfrentado a villanos de todas las nacionalidades, no veo por qué los EEUU deben recibir trato preferente, en especial si tenemos en cuenta de que estos cómics casi desconocidos allí.

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  2. ¡Bravo! Ya tenía ganas de leer la reseña. Sin duda esta es la historia más surrealista de Tintin, ha merecido la pena recordarla de tu pluma. He leído el cómic un buen puñado de veces pero desconocía los detalles que comentas sobre el fandom y la "influencia" nazi.

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  3. Es extraño, pero podría jurar que cuando vi esta aventura de Tintín en televisión los villanos eran espías rusos (quizás era otra adaptación o quizás entendí mal porque estaba distraído) Además, si el meteorito cayó cerca de Groenladia ¿Cambiar a Estados Unidos por un país centroamericano no genera un agujero en la trama? ¿O es que Saô Rico es un pedazo independizado de Portugal?... En fin, excelente reseña

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  4. Anonimatus: ¿Puede que estés confundiendo este episodio de la serie de los noventa con la adaptación de El asunto Tornasol de 1964? No me suena lo que dices.

    q256: Gracias. Procuro que estas entradas sean un poco didácticas.

    Mario Angel Baracus: ¿Agujero? ¿Qué agujero?

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    1. Probablemente Anonimatus se refiere al capitulo de "La estrella misteriosa"de la serie de los 60, donde como el ha dicho, Calys es reemplazado por Tornasol, esa serie ha sido muy criticada negativamente por adaptar varios tebeos a la torera, siendo el mas flagrante el que adapta su viaje a la luna, con Milu subiendo al primer cohete y perdiéndose en la luna y los demás buscándolo en el segundo, de verdad, uno se preguntaba como podría sobrevivir un perro solo en la luna y sin oxigeno.

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    2. Ah, es que no recordaba que ese cómic estuviera entre los que se habían adaptado en los sesenta. Todo está claro ahora. ¡Gracias!

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  5. Solo digo que me cuesta creer que un barco que sale de Sâo Rico (que aparentemente queda cerca de la Patagonia según la wikia de Tintín) llegue a las cercanías de Groenlandia antes de otro barco que salió desde Francia más o menos al mismo tiempo... originalmente tenía sentido cuando los villanos eran estadounidenses (New York queda relativamente cerca de Groenlandia)... Que se yo

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  6. Mi duda es que si todo lo que se posa en el meteorito de calisteno se vuelve gigante, ¿por qué no se vuelven gigantes Tintín y Milú?

    El ataque del Tintín de 50 pies. Eso es algo que me gustaría leer.

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  7. Para ser sincero sé poco de Tintin sin embargo me ha gustado mucho tu reseña. Me hizo reír. Por cierto, ¿conoces a Dylan Dog? Quiero leer sus historietas pero son muchas y no las consigo.
    Saludos.

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  8. Bufff, tengo que releerme los tebeos de Tintín, que ya hace años que no les echo un ojo y apenas me acuerdo de nada de ellos. Una vergüenza, en mi opinión.

    En fin, como siempre, me ha encantado tu recapitulación. Y como han dicho algunos compañeros arriba, muy didáctica. Es interesante saber lo... minuciosos que son los fans de Tintín.

    Por cierto, leyendo tu recapitulación de este episodio, me parece que una muy probable infuencia para Hergé fuese el evento de Tunguska, un meteorito que cayó en Rusia en 1908 dejando unos 50km de diámetro desolados. Evidentemente, este suceso tuvo un muy importante eco mediático por toda Europa. En palabras de un testigo de la época: “En ese momento tenía tanto calor que no lo podía soportar, como si mi camisa estuviera en llamas. Del norte, donde el fuego estaba, llegó un fuerte calor. Quería rasgarme la camiseta y tirarla al suelo, pero entonces el cielo se cerró y se escuchó un fuerte golpe y fui lanzado unos cuantos metros. Perdí el sentido por unos momentos, pero mi esposa salió y me llevó hasta la casa. Después de eso llegó un sonido como de piedras cayendo o cañones siendo disparados, el suelo tembló, y cuando estaba en el suelo apreté la cabeza hacia abajo, temiendo que fuera aplastada por las rocas. Cuando el cielo se abrió, un viento caliente pasó entre las casas […]. Luego vimos que las ventanas habían sido destrozadas y en el establo parte del candado de hierro estaba roto”

    Pero hablando de la recapitulación en sí, es curioso que el capitán del Peary impida a Douglas utilizar el fusil para matar a Tintín, pero bien que estaba dispuesto a hundir al Aurora durante la tormenta al apagar las luces de posición. Muy coherente todo.

    Por otro lado, estoy de acuerdo con Mario Angel Baracus, pretender que un país sudamericano llegue a Groenlandia al mismo tiempo que Francia es absurdo, habría quedado mucho mejor si los rivales hubiesen sido estadounidenses.

    Por último, me gustaría señalar dos erratas que he visto en el texto. La primera es "De hecho, lza primera película..." (sobra una z) y la segunda es "el dibujante belga tenía menos imaginación que una ardilla lobotimizada" (lo correcto sería decir "lobotomizada", sin la i).

    En cualquier caso, enhorabuena por el post, ¡pero escribe más a menudo, Tipo de la Brocha, que tengo mucho mono! xD

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  9. Mario Angel Baracus: Tienes toda la razón. (¿Mi referencia a El jovencito Frankenstein ha pasado desapercibida?)

    Jose MME: Eso mismo me preguntaba yo mientras escribía esta entrada y no le encontré ninguna explicación. Tebeos, supongo.

    José Correa: Tintín no es para todo el mundo, pero sí que recomiendo darle el menos una oportunidad. Forma parte de la historia del cómic europeo.

    Sandro: No he leído que Hergé se basase en ningún evento en particular, pero esa es una noticia que podría haber captado su interés.

    Muchas gracias por avisar de las erratas. Y prepárate para los meses de octubre y noviembre, porque publicaré más entradas de las que una mente humana cuerda puede soportar.

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