16 de mayo de 2019

Juego de Tronos: Las campanas


Después de haber visto la locura roquera lisérgica que es Mandy y el perturbador remake de Suspiria en el mismo fin de semana, agradezco haber madrugado el lunes con un producto televisivo más convencional y de menor ambición técnica y estética; algo grandioso, que busca el espectáculo y la sorpresa inmediata, pero que no pretende dejar un poso artístico ni huella emocional. ALF era la serie que necesitaba.

Y después vi Juego de Tronos.

Las campanas ha sido un episodio divisorio; pero, si tuviera que posicionarme, estaría del lado de los buenos. La dirección es impecable, los actores lo dan todo, y el diseño de producción, la fotografía y los efectos especiales quitan el hipo. ¿Hay problemas de guion? Por supuesto. Pero con una producción de este escala no sé cómo puede alguien ver un episodio como este y no quedarse patitieso del gusto. Me parece complicado que series de fantasía como The WitcherEl Señor de los Anillos o Paquita Salas puedan alcanzar algún día este nivel.

Pero antes de empezar a hablar en detalle del quinto y penúltimo episodio de la temporada, y ahora que empiezo a vislumbrar cuál será el desenlace, voy a dedicar un instante a asumir que las predicciones más relevantes de mi necroporra son un despropósito.

Ya está. Ha sido denigrante.

9 de mayo de 2019

Juego de Tronos: Los últimos Stark


En general, soy un blando para criticar los peores aspectos de Juego de Tronos. Esto se debe a que he desarrollado la portentosa capacidad, casi inaudita en redes sociales, de apreciar lo positivo por encima de lo negativo. Si una serie consigue emocionarme episodio tras episodio, puedo perdonarle muchas cosas: fallos de racord, diálogos bochornosos, elipsis mal construidas, sacrificios rituales al Desconocido... Así me ahorro muchos disgustos y disfruto de mi ocio de forma saludable. Además, una cosa es reírse incluso de aquello que nos gusta, y otra muy distinta, hacer sangre sin el menor atisbo de ánimo humorístico, no sé muy bien con qué intención.

Dicho esto, el cuarto episodio me ha parecido el más flojo de lo que llevamos de esta corta temporada. Aunque en él vuelven con fuerza los conflictos interpersonales y las historias de intriga palaciega que eran la esencia de la serie en sus primeras temporadas, estos aspectos positivos no son suficientes para compensar las descalabrantes sandeces que se suceden a ritmo de infarto en este episodio.

¿Me sigue gustando? Claro que sí. Pero lo voy a poner a caer de un burro en lo que toca.

1 de mayo de 2019

Juego de Tronos: La Larga Noche


Creo que pocas veces he estado más tenso y angustiado viendo una serie de televisión que con este episodio. Por un lado, estaba tan concentrado en lo que estaba sucediendo, tan metido en la acción, que me daba todo el apuro parpadear o coger el móvil para consultar el tiempo que haría esta semana o ver gifs graciosos de gatitos; tenía la sensación de que podían cargarse a cualquiera de mis personajes favoritos en cualquier momento y que, si hacía un gran esfuerzo y no cerraba los ojos, podía evitar que ocurriera.

A lo anterior hay que sumar que me daba la impresión de que cerrarían el episodio sin haber resuelto la batalla de Invernalia o, peor aún, habiéndola resuelto con una derrota de esas que te dejan hundido, quizá obligando a los escasos supervivientes a buscar el auxilio de su mayor rival entre los vivos. Esto me hizo estar muy pendiente del reloj. "Buf, queda media hora; aún puede pasar de todo". Uy, quedan diez minutos; esto tiene que acabar ya". "¡¿Cinco minutos?! ¡¡¿CINCO MINUTOS?!! ¡Van a morir todos!". Y yo el primero de un apechusque.

En definitiva, pese a todos los defectos que pueden achacársele a este episodio, que no son pocos, ha sido una experiencia cardíaca increíble y no hay nada en televisión que pueda comparársele.