2 de junio de 2014

Battle Chess

He de admitir que de pequeño jugaba bastante al ajedrez. Chitón. No queremos que nadie más se entere. Yo también veía Salvados por la campana y Cosas de casa, así que estoy al tanto del estigma social que acompaña a este juego. Antes de la llegada de los ordenadores de sobremesa, era la principal afición de los nerds.

No se sabe exactamente cuándo surgió el ajedrez ni quién lo inventó (mi visita a la corte del marajá Rudrasimha en unos de mis viajes a través del tiempo se cuenta ahora como si fuera una mera fábula matemática), pero la mayoría de historiadores coinciden en situar la cuna del ajedrez en la India en torno al siglo VI. A algo tenían que dedicarse los hindúes cuando no estaban adorando a las vacas. Ahora bien, las reglas del ajedrez moderno, con la creación de la reina, se fraguaron en nuestra querida Valencia,  entre horchata y horchata, durante la segunda mitad del siglo XV, y se extendieron por Europa gracias a la imprenta.

Mi padre me enseñó a jugar al ajedrez en cuanto vio que ya no intentaba comerme las piezas. Nuestro tablero era una caja de madera plegable, en forma de estuche y con superficie magnética. Los muñecos de Starcom se pegaban a él que daba gusto. Las piezas se guardaban dentro en ranuras acolchadas, y sacarlas y guardarlas se convirtió para mí en una especie de ritual. Dicho sea de paso, también era lo que mejor se me daba.

También teníamos un ajedrez electrónico, el Kasparov Travel Companion de Saitek, con el que mataba los ratos muertos cuando salíamos de viaje y aún no tenía la Game Boy. Ahora soy menos repelente. Igual de raro, pero menos repelente. No recuerdo el modelo exacto de "computadora" que teníamos, pero sí que las piezas eran diminutas y que moverlas era un suplicio. Si se te caía una yendo en coche, tardabas una barbaridad en encontrarla. Tenías que pasar la mano a tientas por la alfombrilla y la idea no seducía a nadie. Allí abajo, entre la cochambre, había cosas pegajosas que se movían.

Lo bueno del Travel Companion es que funcionaba muy bien. Permitía guardar la partida para poder retomarla más adelante (si es que tenías planes mejores y más urgentes que jugar al ajedrez con un robot), y podías elegir entre varios niveles de dificultad. Con los primeros niveles me defendía bastante bien, incluso conseguías colar el mate del pastor de vez en cuando; pero si te venías arriba y aumentabas mucho el nivel, la máquina se te comía vivo junto a tus piezas.

El sueño de mi vida era mantener partidas por correspondencia con un jugador ruso para algún día poder leer una carta delante de una visita y decir: "Caballo a f2. Interesante jugada, Kárpov". Pero nunca fui tan bueno. La primera vez que jugué con un amigo, me dio jaque mate en cuatro o cinco jugadas. Después de mi derrota, ni siquiera quise ver aquella película sobre Bobby Fischer.

Todo esto viene a cuento de que os quería hablar del primer videojuego de ajedrez que probé. Su nombre es Battle Chess, y voy a pensar que no necesita presentación porque hay muy poca gente de mi quinta que no lo conozca. Soy optimista.

¡Oh, la épica!

La primera vez que jugué al Battle Chess fue en el despacho de mi padre. Algunos fines de semana le tocaba ir a la oficina a poner sus cosas de mayores en orden, y a veces, si no tenía planes mejores, yo le acompañaba. Para que no le diera la murga, mi padre me dejaba utilizar su ordenador del trabajo y entretenerme con la clase de "juegos electrónicos" que ahora dan pie a retrospectivas nostálgicas tan empalagosas como esta.

En casa no compramos un ordenador hasta muchos años más tarde, cuando tenerlo se convirtió en una necesidad académica, y en aquella época, poder comunicarme por medio de instrucciones de texto con una máquina era para mí como algo salido de un libro de ciencia ficción. El informático de la empresa de mi padre había anotado en una libreta los comandos que había que ejecutar en MS-DOS (o al menos creo que era MS-DOS), y yo los seguía al pie de la letra, como si fueran los pasos de un conjuro mágico en el que equivocarse podía significar morir a manos de un demonio vengativo, príncipe de la destrucción, de 3.456 años de edad. Tenía su gracia.

Jay Patel, Bruce Schlickbernd, Mike Quarles y Todd Camasla, creadores del juego. No veáis cómo ligaban los tíos.

Interplay Entertainment desarrolló el primer Battle Chess para Amiga en 1988, y el juego no tardó en trasladarse a otras plataformas. El éxito de crítica y público propició que, incluso hoy, no sea raro verlo en los top 10 de videojuegos de ajedrez.

Aunque Battle Chess no era ni muchos menos el primer programa de ajedrez en ver la luz, la peculiaridad que tenía frente a otros títulos es que las piezas eran personajes de carne y hueso de temática fantástico-medieval. El rey era un anciano barbiespeso con corona, saya cortesana y cetro; la reina, una atractiva hechicera vestida para matar; las torres, atalayas que se transformaban en monstruos rocosos; los alfiles, sacerdotes con mitra y báculo; los caballos, caballeros andantes sin montura equina; y los peones, pequeños soldados armados con lanza.

No había nada igual, salvo en las películas de George Lucas.

En píxeles se veían un pelín más cutres.

Pero lo más destacable del juego eran sin duda las animaciones de cada una de las piezas, tanto al desplazarse por el tablero, como, muy especialmente, al capturar otras piezas, aunque el contoneo de cadera de la reina al moverse ya era un espectáculo en sí mismo.

Todas las animaciones estaban cuidadas al mínimo detalle y eran divertidas. En total, había 35 animaciones de combate distintas, que variaban en función de qué pieza capturase a qué pieza. Por ejemplo, si una torre capturaba a un "caballo", lo aplastaba de un mamporro, reduciendo al pobre caballero a un casco itinerante con botas; a la reina, en cambio, se la zampaba de un bocado.

El equipo de Interplay incluso coló un par de referencias cinematográficas. Si se enfrentaban dos caballos, el atacante cortaba las extremidades a su adversario de una en una, como ocurría con el Caballero Negro en Los caballeros de la Mesa Cuadrada de los Monthy Python; y si el rey atacaba a un alfil, éste demostraba su habilidad haciendo girar el báculo hasta que el monarca, aburrido, le pegaba un tiro, igual que hacía Indy con aquel sarraceno con alfanje de En busca del Arca perdida.

Es sorprendente lo que daban de sí 4 megabytes.

Colores que desprenden la retina.

El tablero hacía uso de una perspectiva aérea, cosa que estaba muy bien para vender el producto si la gente se fiaba del reverso de la caja, pero que, a la hora de la verdad, reducía la visibilidad y, por tanto, dificultaba la partida. No obstante, los ajedrecistas más conservadores podían escoger un formato bidimensional tradicional, idéntico al de esos pasatiempos del periódico que nadie resuelve jamás.

Uno tiende a pensar que había que ser bastante idiota para comprarse el Battle Chess y jugarlo en 2D. Pero eso era sólo al principio. Luego, cuando ya habías visto todas las animaciones tropecientas veces, lo que querías era jugar al ajedrez. Y para eso, era mucho mejor el Chessmaster de Ubisoft, porque la inteligencia artificial del Battle Chess dejaba bastante que desear a pesar de sus diez niveles de dificultad.

Sin violencia no es lo mismo.

Creo que nunca llegué a terminar una sola partida de Battle Chess en el despacho de mi padre. Normalmente estábamos allí poco rato y, además, la partida no era nada ágil. Las fichas se movían lentas como ellas solas y el ordenador era un cacharro que tardaba horrores en elegir cada movimiento. Pero yo no jugaba para ganar, lo que quería era ver a las piezas aniquilarse unas a otras y descubrir nuevas animaciones. Si para ello había que sacrificar piezas valiosas o incluso someterse al afán regicida de mi adversario, pagaba el precio con gusto. A veces incluso dejaba que el ordenador se enfrentase a sí mismo para disfrutar de la función sin presiones.

En 1991, se publicó una versión de Battle Chess en CD-ROM con mejores gráficos y sonidos, y el juego tuvo también dos secuelas, una ambientada en la China antigua y otra de corte futurista, a las que no seguí la pista. El pasado marzo, la cuarta parte de este clásico vio la luz en Steam y estuve a punto de comprarla, pero enseguida me lo pensé mejor y no lo hice. Ya casi nadie juega al ajedrez, ¿verdad?

7 comentarios

  1. En mi infancia tenía muchas cosas que eran susceptibles de ser objeto de burla, al menos las gafas no tuve que llevarlas hasta la universidad y ya no era algo raro. De las cosas nerds que hacía de pequeño el ajedrez era lo que más problemas daba. Los niños jugaban con su gameboy mientras yo participaba en torneos de ajedrez. No era lo mas popular. El BattleChess siempre quise jugarlo pero cuando el juego era fácil de conseguir no tenía ordenador y cuando tuve ordenador el juego no era fácil de conseguir, después lo conseguí con la llegada del P2P pero ya no suponía un reto y las animaciones ya no entusiasmaban a nadie.Del Chessmaster he de decir que en difícil era imposible de ganar. No había manera.
    Yo también vi la oferta en Steam y me recordó lo bien que lo pasaba jugando pero decidí que no tengo tiempo de sentarme y jugar tranquilamente (prefiero matar soldados o polis en el GTA) así que como llevaba mucho tiempo sin jugar (unos cuantos años) me descargué una app para el móvil (Chesspresso) y juego cuando tengo ratos libres. Al principio me ganaban de forma humillante pero ya le voy cogiendo el truquillo otra vez y ya gano alguna partida. Te animo a que lo pruebes, mola tener jugadas en mente y desconectar un rato.

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  2. Aun recuerdo cuando mi padre (al que le encanta el ajedrez) intentaba (con escaso éxito) que yo me aficionase. La vez que más cerca estuvo de conseguirlo fue cuando me dijo que en el curro tenía un juego en el que la torre se convertía en La Masa y aplastaba a las piezas rivales.

    Lamentablemente también se le escapó que tenía otro en el que arrojaban a un tío a las mazmorras de un palacio y tenía una hora para escaparse y rescatar a la princesa ¡y había una rata que le ayudaba! El Battle Chess no tuvo ninguna oportunidad...

    Moraleja del comentario: Los trabajos de nuestros padres molaban mucho más que los nuestros, sight.

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  3. Muy buenos recuerdos de las animaciones del Battle Chess...

    Aunque para "hardcore" el "Voice Chess" de Spectrum que hablaba y para colmo se reia de ti si tu movimiento era muy malo!

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  4. Mixtli1984: Yo también me bajé una App de ajedrez para el móvil. Pero no jugué mucho. Era mucho esfuerzo para mi pobre neurona.

    Aco: Por curiosidad, ¿qué juego es ese de rescatar a la princesa? Se me ocurren un par de candidatos.

    Juan Germán Socías Segura: Voice Chess... me lo apunto, al menos para satisfacer mi curiosidad. Eso de que te insulten me recuerda al narrador de las aventuras de Sierra.

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  5. Me da que este juego sólo lo teníamos el Tipo de la Brocha y yo.

    Como niño solitario dediqué un verano a intentar ganarle una partida al ordenador en el nivel de máxima dificultad. Tarde trás tarde caía derrotado una y otra vez, hasta que una día supongo que ya de finales de Agosto lo conseguí.

    No volví a jugar.

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  6. ¿Así que las reglas del ajedrez moderno se originaron en Valencia? Me lo apunto para replicar a esos pesimistas que dicen que el único invento español de relevancia es la fregona.

    La verdad es que a mí nunca me entusiasmó el ajedrez, soy de los que aprendieron a jugar a causa de sus padres. En nuestro caso a mi hermano y a mí nos obligaron a ir a unas clases que daban en nuestro colegio como actividad extraescolar... ¡los sabados por la mañana! Si bien no acabamos odiando el juego no volvimos a jugarlo una vez que se acabaron esas clases hasta que oimos hablar del juego y lo probamos 10 años después de su publicación.

    Deberías probar la versión Star Wars del juego, es bastante graciosa, sobre todo las animaciones de C3PO aunque habría quedado mejor si Luke fuera 'la reina' en lugar de Leia.

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  7. Mi experiencia con el ajedrez es un tanto traumática: hace ya más de 10 años, en bachillerato, uno de los compañeros de clase más ceporros me invitó a jugar una partidilla. Yo, que sin ser prepotente me podría situar en el top 5 de las notas, acepté tranquilo.
    En las 2 primeras partidas que echamos me dió mate en apenas tres movimientos. En la tercera y última, ya jugando completamente a la defensiva y con mi cerebro echando humo, conseguí acabar en tablas.
    Es un suceso que no salió de ahí (nadie presume en el instituto de arrasar en el ajedrez), pero la cara de decepción de mi contrincante me dejó hundido y sin ganas de querer saber nada más de este jueguecito, ni real ni contra un ordenador.

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