31 de octubre de 2017

Lucha Ficción: El Bosque Tenebroso

Los librojuegos de Fighting Fantasy (Lucha Ficción en España) nacieron a comienzos de la década de los ochenta de la mano de dos señores ingleses, Steve Jackson e Ian Livingstone, que, a pesar de no tener dificultar en encontrar amigos con los que pasar la tarde jugando a Dungeons & Dragons mientras comían patatas fritas y bebían refrescos de cola, diseñaron una versión triste y desaborida del clásico de Gary Gygax para adolescentes marginados aficionados a la literatura fantástica. ¡Bien!

La colección, que suma la impresionante cifra de cincuenta y nueve tomos, empezó a publicarse en 1982, y cosechó un éxito notable gracias a su peculiar narrativa, su sencillo sistema de juego y, sobre todo, a que en aquella época los videojuegos de rol eran una castaña pilonga y no había alternativas mejores.

A día de hoy, sin embargo, estos libros están casi tan olvidados como las casetes de Philips, y aunque el género no está muerto, parece complicado que vuelva a gozar de la buena salud que tenía entonces. Es comprensible que sea así, porque los librojuegos en general, y los librojuegos de fantasía en particular, suponen un montón de trabajo poco gratificante para chavales que consideran la PlayStation 2 una videoconsola de tiempos remotos. En este mundo digital e interconectado, utilizar dados, papel y lápiz para jugar a un juego de rol es como cocinar encendiendo tu propio fuego con piedras y palos.

Para que los más jóvenes entendáis mejor en qué consistían estos libros y podáis presumir de conocimientos inútiles ante vuestros amigos de la red social de moda, os haré el dudoso honor de guiaros en una partida al azar del tercer volumen de la colección, que es además el primero que se desarrolla en un mundo abierto en lugar de en una mazmorra mohosa que apesta a orines y comida tailandesa. Su título, The Forest of Doom, traducido en España como El bosque tenebroso. Lo de "tenebroso" me permite colaros esta entrada como escuálido especial de Halloween.

Lo primero, al igual que en la mayoría de juegos de rol, es tirar los dados para determinar los atributos de nuestro personaje: resistencia, destreza y suerte, esto es, nuestra condición física, nuestra habilidad para repartir estopa, y nuestra fortuna. Estos son mis resultados:

Resistencia: 18 (12 de base + 6 por tirada).
Destreza: 7 (6 de base + 1 por tirada).
Suerte: 10 (6 de base + 4 por tirada).

Genial, soy un armario empotrado con la habilidad pugilística de un misionero hippie .

A continuación, se nos da a elegir entre tres pociones que recuperan respectivamente puntos de resistencia, destreza y suerte. Aunque empezamos con algunas provisiones que también sirven para recuperar resistencia, elijo la poción de fuerza, porque con 7 miserables puntos de destreza es probable que me rebane mi propia oreja al desenvainar la espada, lo que significa que voy a tener que aguantar unas palizas de aúpa.

¡Comienza la aventura!

El libro me describe como un mercenario que prefiere estar solo y vagar sin rumbo por el mundo a vivir en compañía de otras personas en una ciudad. Un vagabundo, un errante, un... ¿Groo?


No, Groo al menos tenía un perro. Mi personaje suena más a un auténtico sociópata.

Es de noche y acabo de tirarme al suelo para planchar la oreja y digerir el conejo asado que he cenado (sin guarnición ni especias, imagino) cuando escucho un ruido entre los arbustos. ¡Si alguien pretende robarme mi piojosa y hedionda manta de piel de oveja, se llevará una desagradable y afilada sorpresa!

Espada en mano, abandono mi austero lecho dispuesto a enfrentarme a quien quiera que sea el intruso. Recordando la portada del libro, espero que sea un asesino escamoso de lengua bífida, porque siempre es más divertido descuartizar criaturas fantásticas que hombres de carne y hueso. Pero solo encuentro a un enano viejo y gemebundo espatarrado en el suelo con dos flechas sobresaliéndole del pecho. El libro no me da opción de volver a acostarme, así que arrastro al herido hasta mi campamento, reavivo la hoguera y le echo la manta encima. Al enano, quiero decir, no a la hoguera. Como no le he sacado aún las dos flechas que lleva clavadas en el pecho, debe de parecer una minitienda de campaña.

El enano sobrevive a mi falta de atención y cuidados el tiempo suficiente para decirme que tengo que encontrar un martillo en el Bosque Tenebroso y llevárselo a un tal Gillibran, en Stonebridge, para unir a los enanos y que puedan hacer frente trolls. Si lo hago, asegura que seré recompensado. También me dice que coja su mapa y su oro (pensaba hacerlo igualmente en cuanto palmase) y que vaya a ver al mago Yaztromo, que tiene ítems de saldo. Luego el enano pasa a mejor vida (o sufre el tormento eterno en algún cruel y abrasador infierno medieval, según que creencias profese).

Y el premio al mapa más inútil es para...

Feliz ante la perspectiva de una nueva aventura (y de recibir una generosa recompensa, no nos olvidemos de la recompensa), le quito la manta al cadáver y me echo a dormir a su lado. No me invento los detalles para hacerme el gracioso. El libro deja bien claro que no entierro el cuerpo hasta la mañana siguiente, y para entonces supongo que estará cubierto de moscas hambrientas que le pondrán huevos en todos los orificios del cuerpo. Sociópata, psicópata... lo mismo da.

Tardo aproximadamente medio día en llegar al hogar de Yaztromo, una gran torre de piedra que se yergue en las lindes del Bosque Tenebroso, el último lugar al que los repartidores de comida china están dispuestos a llegar. Más allá se respira un aire de frondosa maldad...

Hago sonar el gong que hay junto a la puerta y un vejestorio vestido con ropas "muy raídas" baja a abrirme. Supongo que es el tal Yaztromo, y no es el típico hechicero con hermosas muchachas núbiles y semidesnudas a su servicio; más bien tiene pinta de ser uno de esos viejos que no se quitan las zapatillas de felpa ni para salir a por pan y pasan las tardes dormitando en el sillón con la televisión encendida.

El libro me da la opción de seguir al mago escaleras arriba o atacarlo con mi espada, lo que demuestra más allá de toda duda que encarno a un perturbado peligroso que no necesita motivos para precipitarse en una espiral de sangre y destrucción. Desde luego no es el clásico héroe de las novelas de caballería.

Decido contener mi ánimo homicida y seguir al viejo hasta lo alto de la torre, donde me entrega una pizarra con los productos que tiene en stock. De mi misión depende el destino del pueblo enano, pero Yaztromo no vive del aire.

Con las 30 monedas que heredé del enano quemándome la bolsa, me dejo llevar por un arrebato consumista y compro una poción para controlar las plantas, un antídoto, agua bendita, un anillo de luz, unas botas para saltar, una cuerda de escalada, un brazalete de fuerza, un guante de destreza, una varita para encontrar agua, unos dientes de ajo, unas cápsulas de fuego y unos filtros para la nariz. No me imagino para qué puedo necesitar ni una cuarta parte de lo que he comprado, pero los precios eran demasiado buenos para resistirse.

Yaztromo está bastante más al tanto que yo mismo del conflicto entre enanos y trolls y me dice que ha oído que el martillo de marras cayó en la espesura y que un par de goblins lo encontraron y se lo dividieron, llevándose uno el mango y otro la cabeza. Podré reconocer ambas partes porque las dos llevan grabada con la letra G. Qué oportuno.

El mago me desea buena suerte antes de dejarme partir con el monedero mucho más ligero y la mochila cargada de trastos.

No veo el cartel de "Vendo cosas".

Sin perder ni un minuto más, me adentro en el Bosque Tenebroso, cuyo infausto nombre no me atemoriza en absoluto porque sé que responde a una torpe estrategia del Ministerio de Turismo
para atraer a más aventureros como yo a la Antigua Allansia y así revivir el comercio en la zona. Desde luego, Bosque de la Sierra Cebollera suena menos llamativo.

Llego a una bifurcación, donde se me da a elegir entre ir al este o al oeste. Ningún camino parece mejor ni peor que el otro, así que decido ir hacia el este y acabo en una segunda bifurcación con un poste en el que hay posado un cuervo enorme.

El cuervo me da las buenas tardes, así que, en mi cortés locura, le devuelvo el saludo y le cuento que estoy buscando a una pareja de goblins. El cuervo me responde que puede darme información a cambio de una moneda de oro.

Aún me quedan dos monedas, pero no sé si puedo confiar en un cuervo parlante, así que ignoro su propuesta y continúo mi camino rumbo al norte.

¿El cuervo no debería ser negro? ¡Este dibujo es racista!

Pronto escucho dos voces distintas que parecen estar discutiendo. Puedo salir alegremente a su encuentro y enterarme de quiénes se trata u ocultarme hasta que se vayan.

Me dejo llevar por la curiosidad y me topo con "dos altos y delgados seres, luciendo unas cotas de malla sobre sus andrajosas ropas". El Salón del Cómic y el Manga no se celebra hasta abril, así que deben de ser hobgoblins. Cogen sus espadas. Demasiado lentos. Yo ya empuñaba la mía el día que nací.

No os aburriré con los detalles acerca de la mecánica del combate, pero digamos que a mayor destreza menos suerte necesitas con los dados para que no te maten y 7 puntos de destreza son la mayor birria del mundo.

La lucha contra los hobgoblins me deja con 4 puntos menos de resistencia, pero al menos consigo tres monedas de oro, una pequeña flauta metálica, un collar hecho con cabezas de ratones y dos galletas plagadas de gusanos que, según el autor, estoy dispuesto a comerme a pesar de que ya llevo mis propias provisiones en la mochila. ¡Todo lo que siempre quise!

Me zampo las galletas en ese mismo momento, pensando que si las guardo, es probable que los gusanos se multipliquen. En un par de meses, si es que no muero antes, un médico me dirá que tengo el intestino infestado de lombrices y que me quedan pocas semanas de vida, pero hay que vivir el presente. Recupero 2 puntos de resistencia.

Se les ve algo desnutridos, pero qué buena dentadura tienen.

A mi izquierda, en el suelo, hay un agujero de tres metros de diámetro con una pendiente suave que desciende hacia una negrura insondable. Puedo adentrarme en la oscuridad o continuar hacia el norte.

Obviamente decido adentrarme en la oscuridad porque eso es lo que haría un tarado sin sentido común sediento de sangre. Mi espada aún lleva enrollado un trozo de intestino de hobgoblin y estoy pensando en dejarlo ahí como recuerdo.

Gracias a  mis aguzados sentidos, observo que el lugar está impregnado de una "sustancia pastosa que ha podido ser segregada por algún animal realmente descomunal". Tras esta descripción, el libro me da la opción de arrepentirme de mi decisión anterior y salir de allí corriendo; sin embargo, tendría que ser idiota para desaprovechar la oportunidad de observar a un monstruo viscoso gigante en su hábitat natural. Un hombre cuerdo tal vez lo haría, pero mi personaje desconoce la cordura y yo estoy muy metido en el papel.

Resbalo en el barro y caigo hasta una "especie de caverna subterránea" (¿especie?) en la que me ataca una lombriz amarilla tan grande como una manguera extensible y a la que la Madre Naturaleza decidió proveer de un aguijón venenoso.

Gasto 3 puntos de suerte durante el combate y mis puntos de resistencia acaban reducidos a la mitad, pero al menos sobrevivo al encuentro con esta aberración vermiforme. Antes de continuar arriesgando la vida estúpidamente, consumo tres paquetes de provisiones con avidez. No solo no sufro una indigestión, sino que la mitad de mis heridas se curan al instante.


Esperando algún tipo de recompensa por mi hazaña, registro la "especie de caverna subterránea". Entre los esqueletos de algunos aventureros menos afortunados que yo (o tal vez espeleólogos con equipos de segunda mano), encuentro una mochila con cuatro monedas de oro y una botella cerrada.

Puedo regresar al camino con tres míseras monedas más en mi bolsa o descorchar la botella y beberme el líquido que contiene. Pensando que la gente normal no suele llevar veneno encima, echo un buen trago.

"Claro que la gente normal tampoco se adentra en agujeros en mitad del bosque porque sí", pienso mientras el líquido desciende por mi garganta.

Pero he tomado la decisión correcta, porque la botella era una poción de destreza, lo que significa que puedo sumar un punto al resultado de mis tiradas en los dos próximos enfrentamientos. ¡Toma ya!

Matar lombrices gigantes siempre merece la pena.

De vuelta al bosque, caminando en dirección norte, no tardo en encontrar una cueva. Entre continuar hacia el norte o inspeccionar la cueva, escojo lo segundo. Si hay algún enemigo dentro, confío en que mis ropas cubiertas de barro, sangre de hobgoblin y mucosa de lombriz, lo amedrente.

La cueva resulta ser el hogar de un ogro, aunque la criatura de la ilustración parece simplemente un señor grande y barbudo. El ogro lleva un garrote y está dando de beber de un cuenco a una criatura más pequeña encerrada en una jaula.

Puedo arrojar una piedra al ogro, atacarle con la espada o salir de allí y seguir mi camino. La opción de dialogar sigue sin aparecer. "Toda criatura viva debe morir" es el lema de mi casa.

Tiro la piedra y, gracias al guante de destreza, acierto al ogro en todo el colodrillo, dejándole K.O.

Ahora puedo acercarme a la jaula, registrar la cueva o continuar mi camino hacia el norte. No he dejado inconsciente al ogro por diversión (bueno, no solo por diversión), así que registro la cueva mientras la criatura enjaulada pega saltos nerviosa. Debería alegrarse de que no haya ido directamente a por ella, porque, vistos mis antecedentes, lo más probable es que acabe matándola.

Lo único que encuentro de interés es una pequeña caja plateada, que puedo abrir o dejar donde está. Hasta ahora no he sobrevivido al peligro gracias a mi sensatez, así que abro la caja. Es una suerte que comprase aquellos filtros para la nariz, porque podéis apostar un precioso collar de cabezas de ratones a que el gas amarillo que sale expelido hacia mi cara y provoca que me escuezan los ojos es nocivo para la salud. Tras sobrevivir a esta trampa para idiotas, guardo la caja. Si mi imprudencia desmedida no me mata antes, seguro que puedo venderla en algún momento o utilizarla para guardar trozos de mis víctimas como recuerdo.

Ahora puedo atender a la criatura enjaulada, demostrando un poco de compasión, o irme con viento fresco. Quizá el libro me dé la opción de pinchar a la criatura con mi espada a través de los barrotes, así que decido acercarme.

La criatura resulta ser un goblin, y de su cuello cuelga una "especie de cadena, con una oscura y radiante varita". Me mosquea que todo sea una especie de algo en este libro, pero la supuesta varita me llama la atención. ¡Si este fuera uno de los goblins de los que me habló Yaztromo, la varita podría ser el mango del martillo que estoy buscando!

El libro de me da a elegir entre abrir la jaula o largarme. Me gustaría tener la opción de ensartar al goblin con mi espada y luego abrir la jaula, pero parece que esa no es la clase de idiota sádico que soy.

Abro la jaula y retrocedo un par de pasos. El goblin agarra una estaca y corre a por mí gritando. Qué desagradecido.

Consigo liquidar al goblin sin que me haga un solo rasguño y observo que la varita que colgaba de su cuello lleva una G grabada. O bien es el mango del martillo de los enanos, o bien una coincidencia asombrosa. Lo celebro bailando entre el cadáver del goblin acuchillado y el ogro con una conmoción cerebral.

Hay quien habría preferido un canario...

Sintiéndome triunfante con este progreso, abandono la cueva y sigo avanzando hacia el norte... con tan mala pata de que caigo de lleno en una trampa digna de los dibujos animados de Buggs Bunny y acabo colgado por el pie de la rama de un árbol.

Tengo que realizar una prueba de suerte para determinar si mi espada se cae o no al suelo y, por tanto, si puedo cortar la cuerda o me quedo ahí colgado balanceándome como un imbécil.

Hoy debería haber ido al casino en lugar de perder el tiempo con un librojuego para críos, porque la fortuna me sonríe y mantengo la espada bien aferrada en mi mano. Corto la cuerda y caigo al suelo con agilidad felina.

El autor dice que siento "deseos de aguardar al lado de la trampa con el fin de descubrir a aquel que la tendió", probablemente para darle las gracias con la punta de mi ensangrentada y viscosa espada; sin embargo, los asesinos chalados no se caracterizan por su paciencia y sigo caminando hacia el norte.

En la copa de un árbol distingo una cabaña. Puedo trepar hasta ella o continuar mi camino. Escojo subir a la cabaña sirviéndome de una enredadera. Quizá penséis que peco de imprudente, pero hasta ahora mi desprecio por la vida propia y ajena ha demostrado ser provechoso.

En la cabaña me recibe un mono humano que empuña un hueso. No parece muy amigable, pero yo tampoco he venido a cantarle villancicos. Puedo atacar a la criatura o saltar al suelo, cinco metros más abajo. No quiero partirme una pierna, así que empuño mi espada con determinación férrea, dispuesto a reducir la población del Bosque Tenebroso a cero.

Según comienza la lucha, el libro me advierte que este híbrido de simio y hombre es muy ágil, mientras que a mí me resulta complicado pelear en lo alto de un árbol, por lo que debo restar 2 puntos a todos mis ataques. ¡Ya me lo podía haber dicho antes!

Después de varios turnos sin lograr golpear ni una sola vez al eslabón perdido y con el cuerpo cubierto de contusiones y mordeduras, decido ignorar mis impulsos atávicos y jugármela saltando del árbol, confiando en que mi enemigo conozca el dicho "a enemigo que huye, puente de plata"... o al menos que no me arroje heces cuando me parta la crisma contra el suelo.

La caída no me mata, pero me hace perder 3 puntos de resistencia. Como aún no he hecho trampas, solo 2 puntos me separan de la muerte. Estoy en las últimas.

Me temo que ha llegado el momento de echarme al gaznate la poción de fuerza. Recupero toda mi salud, pero mi optimismo y mi orgullo se quedaron en la cabaña del árbol. La primera derrota siempre es la más dura. Luego uno se acostumbra.

Doctor Zaius, supongo.

Llego hasta una pradera y más allá hay un conjunto de colinas. Puedo ir hacia el oeste, el este o el norte. Consulto el mapa. La forma más rápida de terminar con este viaje sería ir hacia el norte, así que elijo dirigirme al oeste para cubrir más terreno y aumentar mis posibilidades de encontrar la cabeza del martillo. Sé que así también incremento mis posibilidades de sufrir una muerte atroz, pero de cara a esta entrada considero todo un logro no haberme convertido en uno de los esqueletos de la caverna del gusano.

En el siguiente cruce, soy consecuente con mi decisión anterior y sigo hacia el oeste. Escucho ladridos de perros a lo lejos y un zorro pasa corriendo a mi lado. Los ladridos de la jauría están cada vez más cerca. Puedo enfrentarme a lo que sea que venga por el camino o esconderme entre la vegetación, pero a estas alturas ya no necesito deciros qué elijo, ¿verdad? Me planto en mitad del sendero, la espada empuñada, el ánimo templado, los huevos por corbata.

Siguiendo a los perros, viene un jinete enmascarado a lomos de un caballo blanco. El enmascarado hace sonar un cuerno al verme y la ruidosa comitiva se detiene. El enmascarado me examina en silencio.

Mis opciones son hablar con él o tomarla a golpes con el perro que tengo más cerca. El maltrato animal me tienta, sobre todo después de haber estado a un tris de ser sodomizado por el eslabón perdido; pero para una vez que el libro me ofrece la oportunidad de entablar una conversación, no voy a desaprovecharla.

Saludo al enmascarado, que continúa en silencio. Quizá aún esté sopesando si mi ensangrentado y pringoso aspecto se debe a que soy un salvaje despiadado o a una serie de desafortunadas desdichas, así que le cuento que estoy buscando el martillo de los enanos.

Tras oír mi historia, el enmascarado salta del caballo y me ofrece una mano adornada con anillos de oro. El libro me ofrece la posibilidad de atacarle para robarle los anillos, porque la palabra "moral" no existe en nuestro vocabulario; sin embargo, y aunque añadir el robo a mi lista de crímenes es tentador, decido seguir hablando.

El hombre se quita la máscara, que lleva para protegerse del polvo y no porque sea uno de esos chiflados que asesinan adolescentes con un machete, y me explica que iba a la caza de un jabalí, pero lo perdió y empezó a seguir al zorro que vi antes. No sé por qué piensa que eso me importa. Debería haberle robado los anillos. El cazador me advierte, como si no lo supiera ya, que muchos animales peligrosos rondan este lugar y me regala belladona por si paso la noche en el bosque.

Mientras se aleja por el sendero, yo me pregunto para qué cuernos sirve la belladona. ¿No es el nombre de una actriz porno?

No hay nada en esta imagen que me dé mal rollo.

En el siguiente cruce, puedo ir al oeste o hacia el norte. Según el mapa, no hay mucho más terreno que cubrir al oeste de aquí, así que me dirijo al norte hasta llegar a un río. Puedo bajar por unos escalones que hay junto a una cascada, donde rompe el río, o cruzarlo usando un bote abandonado.

Aunque seguramente los escalones estén húmedos y me rompa el cuello si resbalo, me la juego con la bajada. Con suerte, podría encontrar un tesoro abajo, tras la cascada. O una sepia gigante y furiosa, ¿quién sabe?

Tal y como preveía, el libro me da la opción de atravesar la cortina de agua, que es justo lo que quería y voy a hacer. De este modo, descubro una caverna (otra más) con un estanque. También hay un sillón de piedra y una mesa con restos de pescado.

Me vuelvo para descubrir a un tritón armado con un tridente. Qué mala pinta tiene esto.

Uy, ¿vive usted aquí, señor pez? Siento no haber llamado a la puerta, pero no vi ninguna.

Sorprendentemente, consigo salir más o menos ileso del combate, pero en la caverna no encuentro nada de valor. Tampoco puedo comerme al recientemente fallecido tritón, pese a que tiene un aspecto la mar de apetitoso.

Cansado y decepcionado, acampo entre unas rocas y me preparo para echar una bien merecida cabezadita. No he dormido más de una hora, y os aseguro que apenas estaba roncando, cuando un gruñido me despierta. La luna está llena, así que no me sorprendo cuando un hombre lobo aparece entre las sombras. ¡Pero es que no ve qué hora es! ¡Hasta yo puedo hartarme de matar!

Una vez más, gano el combate; pero el intercambio de espadazos, mordiscos, puntapiés y zarpazos me deja con un solo punto de resistencia. Me muero mucho y patear la bola de pelo inerte y pegajoso que hay a mis pies no ayuda. Me lanzo sobre las pocas provisiones que me quedan antes de que me una ligera ráfaga de aire me parta el cuello. Recupero 4 puntos de resistencia. Menos da una piedra.

Al volver a acostarme, una "especie de temblor" (y dale con la especie) se apodera de mí. ¡Es la maldición del hombre lobo! ¡El hombre lobo me hirió y ahora voy a convertirme en uno! ¡Y con estos ahorros exiguos jamás podré pagarme los gastos de depilación para hacerme pasar por una persona normal! ¿Será este mi final?

El libro me pregunta si tengo belladona.

"¡Sí!", respondo histérico.

La belladona es un remedio eficaz contra la licantropía, pero también un veneno muy potente que me hacer perder 2 puntos de resistencia. Por si no lleváis la cuenta, esto significa que estoy a 3 puntos de convertirme en pienso para gusanos. Y ya no me quedan provisiones ni pociones para compensar mi ineptitud. Tampoco es casualidad que estemos llegando al final de esta entrada...

Bonito taparrabos, aunque ojalá cubriese algo más la zona pélvica.

El sueño no resulta reparador y me levanto hecho mierda. Camino por las colinas hasta lo alto de un risco desde el que contemplo el enorme círculo de dolor verde que forma el Bosque Tenebroso. Desciendo por la el otro lado de la colina y llego a un desvío.

"¿Norte o este?", me pregunta el libro. "¿Qué más da?", respondo yo. "Voy a morir igualmente".

Sigo un sendero entre dos colinas en dirección norte. Estoy tan atento a una posible emboscada que no miro por donde piso y acabo cayendo en un foso para osos. Abajo me espera una lanza puntiaguda.

Realizo una prueba de suerte y me las arreglo para no convertirme en un pincho moruno, pero pierdo 2 puntos de resistencia con el costalazo. Mi vida pende de un hilo y, salvo que haga trampas, está claro que no voy a llegar al final de la aventura.

Al menos, gracias a que compré las botas para saltar de Yaztromo, consigo salir fácilmente del foso. Aun así, me siento profundamente deprimido y no levanto cabeza hasta que llego a una gran roca con una espada clavada en ella.

No puedo evitar arquear una ceja. ¿Hace falta preguntar si intentaré sacarla? Yo diría que no. Realizo una prueba de destreza y, contra todo pronóstico, consigo sacar la espada de la roca. Según las leyendas artúricas, ahora deberían nombrarme rey, pero en el fondo sé que estoy acabado y que lo más cerca que estaré nunca de ser rey será cuando construyan un palacio real sobre mis huesos. Me conformo con los dos puntos adicionales de destreza que me da la espada. He pasado de ser un inepto total con las armas a un espadachín mediocre. ¡Hurra!

A falta de ilustración en el libro, utilizaré un clásico del cine como referencia visual.

Un amplio valle se extiende ante mí, y más allá del Bosque Oscuro consigo ver por primera vez  mi destino, ¡Stonebridge!, tan cerca y a la vez tan a tomar por culo.

En la siguiente bifurcación, elijo ir al oeste tras lanzar una moneda al aire. Llego hasta una choza con un techo de paja construida junto a un estanque. Puedo inspeccionarla o continuar hacia el norte. Me parece un lugar hermoso para morir, así que me asomo al interior de la choza. Dentro no hay nadie y ni siquiera está amueblada, pero fuera, junto a la entrada hay un jarrón azul.

Miro dentro del jarrón, pero no veo nada más allá del borde, solo una negrura antinatural. Al agitarlo, sin embargo, parece que hubiese algo dentro.

Puedo lanzar el jarrón contra el suelo, meter la mano dentro o dejarlo donde está y seguir avanzando.

Me encojo de hombros y meto la mano hasta el fondo. Siento un fuerte dolor, como si algo me aplastase la mano; luego la cosa empeora y parece que la estuvieran prendiendo fuego. No es una sensación agradable, pero aún estoy a tiempo de sacar la mano. Eso es lo que haría una persona con dos dedos de frente no un pirado con un pie en la tumba, así que ignoro el dolor y palpo desesperadamente el interior del jarrón. Si he de morir, me consuela saber que al menos mi esqueleto servirá de advertencia a futuros aventureros tan estúpidos e imprudentes como yo.

Agarro algo sólido y rápidamente saco la mano, esperando ver un muñón deforme y churruscado. Sin embargo, mi mano está intacta. Bueno, más o menos intacta. Aún no se ha recuperado de todos los cortes, moratones y laceraciones de mis peleas y accidentes previos.

Además, fruto de mi irreflexión, he conseguido cinco monedas de oro, un diente de dragón, un interesante trozo de lienzo y una pequeña poción de fuerza que me bebo al instante para recuperar 5 puntos de resistencia. También he ganado un punto de suerte y recuperado parte de mi optimismo psicótico.


Me adentro en la espesura del Bosque Tenebroso con energías renovadas, silbando una alegre cantinela que oí en un anuncio de la tele, hasta llegar hasta un nuevo desvío. Continuó hacia el norte para no tentar la suerte haciendo eses.

A mi izquierda, entre los árboles, distingo un minúsculo edificio de piedra cubierto de enredaderas y musgo. La verdad, no sé ni por qué se molestan en preguntarme si voy a acercarme al edificio o pasar de largo.

La puerta del edificio también es de piedra y tiene una cerradura. No tengo la llave de plata que me exige el libro para abrirla, pero aún puedo intentar derribarla antes de marcharme.

Doy varios pasos hacia atrás y corro hacia la puerta. Supero la prueba de suerte y me hago a mí mismo una ovación. Estas partidas suelen acabar mucho antes, ¿sabéis?

Dentro del edificio, unas escaleras descienden hasta perderse en la oscuridad. Ignoro la absurda alternativa de salir de allí para retomar mi camino y bajo por ellas hasta una sala llena de telarañas con un féretro en el centro. No hay que ser muy espabilado para suponer que dentro del féretro habrá un vampiro. Por suerte, llevo agua bendita y también los dientes de ajo que compré a Yaztromo. Ni siquiera el hedor inhumano que expide mi cuerpo sucio y sanguinolento oculta la peste a ajo.

"¡Prepárate para morir, maldito chupasangre!", grito enfervorecido.

Ah, no, esperad, aún no es hora de matar. En una pared, hay un hueco con una vela que puedo encender para ver mejor qué clavo dónde. Dado que la opción (b) es abandonar el edificio, enciendo la vela.

Al iluminar la sala, veo algo que hasta ahora no había visto: el esqueleto de una criatura pequeña con los dientes afilados. ¿Un goblin tal vez? Hmmm...

Ahora puedo levantar la losa de piedra que cubre el féretro o volver al camino. No me lo pienso dos veces e intento levantar la losa. Mis esfuerzos son en vano. La tapa no se ha movido ni un centímetro y además creo que me ha salido una hernia. El libro me pregunta si tengo unos polvos de levitación.

"No, no tengo polvos de levitación", contesto frustrado. "Solo tengo un ridículo brazalete de fuerza que aparentemente solo sirve para partir nueces".

Estúpido Yaztromo.

El libro no me ofrece más alternativas, ni siquiera la posibilidad de examinar el esqueleto del goblin en busca de la cabeza del martillo de los enanos, así que salgo del edificio y regreso al bosque, protestando y soltando tacos como el mal perdedor que soy.

Si queréis saber cómo acaba esta parte del libro, más os vale encontrar los polvos de levitación, porque no hay ninguna otra forma de abrir ese féretro.

El sendero me conduce hasta la madriguera de una gran criatura. Me alegra leer que no es una especie de madriguera. Lo que no me alegra tanto es ver que hay huesos y restos humanos en el suelo. Entre ellos distingo algo que brilla.

Puedo continuar mi camino o acercarme al montón de restos. Pienso que quizá encuentre algo de provecho, así que me acerco a investigar la cosa que brilla. Una sombra se cierne sobre mí. Levanto la mirada y veo un dragón escupefuego. El narrador dice que tiene dos patas y piel escamosa, y yo me alegro por él, que es capaz de hacer las observaciones más innecesarias en momentos de máxima tensión.

El dragón me lanza una llamarada antes de que pueda suicidarme colgándome de la rama del árbol más cercano con mi cuerda de escalada.

Mi suerte depende ahora de una tirada. Lamentablemente, la fortuna deja de sonreírme y pierdo los pocos puntos de resistencia que me quedaban. Estoy muerto.

Noticia de última hora: el fuego quema.

Supongo que los enanos tendrán que aprender a convivir sin ayuda del martillo y salvarse de los trolls ellos solos.

Fin.

11 comentarios

  1. Estupendo regreso Tipo, estoss libros eran una maravilla...en las tardes de médico o días lluviosos.
    Evidentemente en México eran más cortos y de otra índole, pero se dividían en Aventuras y terror.
    Que bueno que no nos fallas con tus especiales de Hallowen.

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  2. Clap, clap, clap. Qué bueno y qué rabia que no escribas ya tan a menudo. ¡Gracias por el articulazo!

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  3. Merece la pena esperar, gracias.

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  4. Entretenido y divertido articulo, gracias.

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  5. Suerte que el señor brocha no falla a su cita de jalogüin.

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  6. Tuve alguno de estos libros. Eran un coñazo, no sé cómo siempre me las arreglaba para acabar metida en un bucle.

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  7. Me he quedado con las ganas de saber más de la aventura ¿quizá otra ronda con alguna trampa permitida?

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  8. Recomendaría jugar con la regla de puntos de guardado con marcapáginas, técnicamente no es trampa.

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  9. Me uno a la aclamación popular de una segunda partida al libro para saber el final

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    1. Yo tb me uno, llevo antorchas y guadañas por si de aclamación popular pasamos a turba peligrosa

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  10. Jejeje q recuerdos, el tipo debe ser de los ochenta, como yo.
    Me has hecho reír.
    A ver si sale para adelante la serie deTV del SDLA y tenemos entradas tuyas como las de JdT
    O quizás hacer reviews de pelis?

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