5 de agosto de 2013

¡El Tipo de la Brocha va al zoo!


Ah, agosto… el mes del año en el que mis calzoncillos siempre están empapados de sudor y las visitas del blog descienden hasta un 70%. Si no fuera porque tengo a mis dos únicas neuronas deslomándose para conseguir engañarme a mí mismo y creerme que estoy de vacaciones y no trabajando como un imbécil desde casa, hasta me plantearía escribir sobre el Frigo Pie.

Volviendo al tema de las visitas, ¿a dónde os vais en verano que no podéis dedicar media hora a acrecentar mi ego?, ¿a Turkmenistán? ¿Es que no tenéis conexión a Internet en el teléfono móvil? ¿Para qué queréis tanto chisme de última generación con 3G, 4G y no sé qué G si no es para leer vuestros blogs favoritos? Y si vuestros blogs favoritos no actualizan en agosto, ¡leed el mío!

Además, ¿en qué otro lugar ibais a encontrar un detallado repaso de la visita de un perturbado mental a un zoológico? El bueno de Teo no es el único que ha ido al zoo este verano.

Lo primero es lo primero: el Zoo Aquarium de Madrid es caro. Comprando la entrada con dos días de antelación desde la página web, que resulta mucho más barato que comprarla en taquilla y además te ahorras las colas, me costó casi 20 euros, a los que hay que añadir otros 6 euros por un bocata con patatas fritas y una Coca-Cola que compré también on-line y me hubieran costado casi el doble en el parque. Y como además no quería morirme de sed y el agua potable de las fuentes del zoo sabía a cal y muerte, sobre todo a muerte, calculo que debí de gastarme otros 10 euros en refrescos y granizados. Sumadle a lo anterior una foto con mi novia y un león marino y una segunda foto con una serpiente somnolienta a 12 euros la instantánea, y os haréis a la idea de por qué estoy planeando atracar un banco. Si no tuviera que ahorrar para comprarme un pasamontañas y una pistola de juguete en los chinos, ya lo habría hecho.

Por supuesto, a los dos días de ir al zoo, me encontré una oferta del 20% en la visita en el buzón. Ya lo dijo Murphy: "Los aparcamientos aparecen cuando menos los necesitas".

¡Seguidme, conozco el camino!

Lo primero a tener en cuenta para visitar un zoológico en verano es la planificación. Trazar una ruta con antelación es importante, y si podéis evitar pasar cuatro veces por el mismo lugar, sobre todo si se trata del apestoso recinto de los yacks, mucho mejor.

Eso sí, si vuestro sentido de la orientación es tan inexistente como el mío, es mejor que esa labor la dejéis en manos de alguien capaz de salir de unos grandes almacenes sin preguntar a un dependiente cada veinte pasos. Si yo me hubiese adentrado en el laberinto de Creta con un ovillo de lana en busca del Minotauro, hubiese terminado mis días como un esqueleto amarillento enredado en una madeja de hilo deshilachado.

Además, caminar bajo un sol de justicia es una tortura cuando el color de tu piel compite en blancura con las sábanas lavadas con Vernel.

Supongo que el constructor tenía algo en contra de las líneas rectas.

Los primeros animales que vimos fueron los flamencos. No son muy divertidos, porque, seamos sinceros, ningún pájaro lo es salvo que puedra aprender a decir tacos; pero el color rosa les favorece una barbaridad. Son como chicles de fresa con zancos, y me gustan los chicles de fresa.

Los flamencos habitan en zonas de aguas poco profundas, donde pueden remover el fango con sus patas y meter su pico con forma de pinzas de cangrejo entre el lodo para succionar algas e insectos. Permitidme que diga algo: puagh. Siempre se les ve en grupos numerosos, ya que son aves gregarias, aunque probablemente cambiarían de modo de vida si tuvieran que subir al metro en hora punta cada día con un montón de tipos sudorosos y hediondos. Por lo demás, saben jugar al yoyó si les pones música clásica (El carnaval de los animales de Camille Saint-Saëns les va bien) y se pueden utilizar como bate para jugar al críquet. Los romanos consideraban su lengua un manjar; estaban locos esos romanos.

¡Vamos allá, flamenco!

Cerca de los flamencos había algunos pelícanos apáticos y un ibis sagrado. Los pelícanos tenían una melena muy graciosa que les hacía parecerse a Christopher Lloyd en Regreso al futuro, pero no vimos a ninguno con la característica bolsa de su pico llena de agua o de Arizona Lemon Iced Tea. ¿Qué tiene de especial un pelicano que toma el sol? Nada.

El ibis es un ave de pico curvado y cuello raquítico a la que los antiguos egipcios veneraban por considerarla una reencarnación del dios Thot. Thot tenía cuerpo humano y cabeza de Ibis y era el dios de los escribas, por lo que se le suele asociar con la sabiduría. Yo jamás podría creer en un dios que se alimentase picoteando del suelo, pero allá los egipcios con sus ridículas creencias. En todo caso, el significado de sagrado hace más de 2.000 años podría no coincidir con el nuestro, porque los egipcios sacrificaban y momificaban a los ibis para luego vendérselos a los peregrinos como souvenir. Los hindúes no hacen eso con sus vacas.

Por Osiris y por Apis, ¿qué hago yo con estos pelicanos?

Después de intentar fotografiar a un par de focas grises bañándose tan felices en su piscina mientras a mí me resbalaban chorros de sudor por la espalda, llegamos al hábitat de los pingüinos. Si algo bueno se puede decir de estas aves norteñas, aparte de lo elegantes que son, es que nunca ponen los cuernos a sus parejas; una vez han elegido a su media naranja, pasan toda la vida con ella, incluso si se equivocan y resulta que ella es una marimandona a la que cada día le engorda un poco el culo y él un vago redomado que sólo piensa en beber rusos blancos.

El pingüino que había en el zoo se llamaba pingüino de "Jackass". Que yo sepa, no tenía ninguna relación con el programa de la MTV.

Ningún pingüino quiso mirar a cámara, ni siquiera cuando imite su graznido de apareamiento.

El primer animal realmente impresionante que vimos fue un rinoceronte indio, una bestia solitaria y acorazada de más de dos toneladas de peso. Los rinocerontes tienen muy mala leche cuando están hambrientos, aunque nada comparado conmigo si no he comido antes de las tres. Por desgracia, este rinoceronte no podría haber estado haciendo nada más aburrido ni siquiera habiéndolo planificado con meses de antelación.

Esto es algo que uno debe asumir cuando va al zoo: los animales no están allí para divertir a los visitantes con sus monerías. La mayoría están dormidos, deprimidos o aplatanados, y una de las actividades comunes más intensas consiste en pestañear de vez en cuando para que sepamos que están vivos, algunos ni eso.

Por lo tanto, aunque cuando uno ve un rinoceronte lo que espera es que cargue contra un 4x4 y lo despeñe por un barranco o que dé a luz a Ace Ventura, la cruda realidad es que tiene muchas posibilidades de encontrárselo meciendo ligeramente su cabeza soñolienta mientras se da un baño en una charca que en 1972 tal vez estuvo limpia.

Este rinoceronte en concreto ni siquiera tenía cuerno, por lo que la estampa no podía ser más descorazonadora. Si quisiera ver algo gris, gordo y en remojo, hubiera ido al recinto de los hipopótamos o liquidado a un obeso mórbido en su bañera. No obstante, el letrero decía que el cuerno de los rinocerontes puede volver a crecer. ¿Es eso posible? ¡Sí!, porque está hecho de queratina, cuyas maravillosas propiedades no sólo sirven para que las mujeres se alisen el pelo y dejen de parecer un estropajo, sino que permiten que nos crezcan las uñas y el pelo o, en el caso de los rinocerontes, las pezuñas y la cornamenta. Lamentablemente esto no es lo que suele suceder cuando están en cautividad. Quizá con un cucurucho daría el pego.

Los unicornios han muerto.

En el recinto contiguo había otro rinoceronte indio tan grande como el anterior y más vivaz; este incluso tenía cuerno, aunque no era nada de lo que yo presumiría en los vestuarios masculinos. La bestia estaba intentando tirar abajo a cornadas la valla que lo separaba del agua pestilente y de la que supusimos era su compañera sentimental. No está bien que los demás se bañen mientras uno se muere de asco al sol.

Después de unos minutos de ímprobos esfuerzos, el animal consiguió arrancar medio tablón. Aún no sé por qué nadie se unió a mis aplausos. Los rinocerontes están en peligro de extinción y necesitan todo nuestro apoyo moral para sobrevivir. Seguro que unas palmadas le ayudan más que un Me gusta en Facebook.

Pronto, muy pronto…

Cerca de los rinocerontes, estaban un par de osos malayos, graciosos y ociosos. Su pelaje era totalmente negro excepto en el morro y debajo del cuello, donde adquiría un tono amarillo anaranjado. La "mancha" bajo el cuello me recordó a los test de Rorschach; mi novia veía un collar de Zara, y yo, una nave estelar de la Federación de Comercio de La amenaza Fantasma; por eso, ella vive en sociedad y yo sólo me mezclo entre la gente cuando no me queda más remedio.

Los osos malayos son los más canijos entre su especie, pero tienen unas zarpas de agárrate y no te menees que utilizan tanto para trepar a los árboles, como para desgarrar el vientre de las personas que hacen comentarios inoportunos sobre su tamaño. ¿Para qué se suben a los árboles? Imagino que para caer sobre sus enemigos por sorpresa, como Batman. O Batbear.

Una pareja que había comprado una bolsa de cacahuetes les arrojó unos cuantos. Los osos se erguían sobre sus patas traseras y hacían gestos con sus zarpazas, pidiendo más comida; pero no os creáis que los muy perezosos se molestaban en moverse si un cacahuete les rebotaba en la cabeza y acababa cayendo a más de medio metro de distancia. O acertaban a cogerlo con la boca o ahí lo dejaban. Menudos señoritos estaban hechos.

Sólo veis a un oso en la foto porque el segundo estaba en… ¡el foso!

Mirad qué alfombrilla de ratón más chula nos encontramos tirada en una de las jaulas:

Están Mario Mapache y Mapache Mapache. Este es Mapache Mapache.

A las once y media, empezó la exhibición de los leones marinos. Insistieron mucho en que no los confundiéramos con focas e incluso reclamaron la participación del público para apuntar las diferencias más importantes entre estos dos animales de costumbres acuáticas. Para vuestra información, lo más importante es que a ambos les apesta el aliento a sardina, pero es fácil distinguirlos porque las focas no tienen orejas y sus extremidades posteriores están fundidas en una especie de aleta. La verdad es que no me explico por qué nadie mencionó que a los leones marinos les gusta más Mötley Crüe mientras que las focas prefieren Whitesnake.

En cuanto al espectáculo, hay que reconocer que los animales estaban bien amaestrados y conquistaron al público con sus juegos: aplaudieron, se deslizaron por el suelo sobre su vientre, hicieron equilibrios con una pelota de playa, rugieron para hacer honor a su nombre, se tiraron desde un trampolín... Como punto en contra, no vi ningún truco que no hubiera visto antes en otros espectáculos similares. ¿Por qué nunca les enseñan nada nuevo, como montar muebles de Ikea o falsificar dinero?

Aprender a jugar con la pelota sólo requirió cuatro docenas de latigazos.

Concluida la exhibición, visitamos a los animales de granja: gallinas, pollitos, terneros, cerdos... Los teníamos todos muy vistos, aunque generalmente sólo los vemos desplumados, desollados, fileteados y colocados tras un mostrador. No les dedicamos mucho tiempo y no voy a molestarme en subir aquí ninguna foto. Compraos la granja de Playmobil, ahora con un tractor para facilitar las tareas diarias y que vuestros muñecos no se deslomen.

El siguiente animal de la lista era el lince europeo, aunque diré que era ibérico porque, que yo sepa, hasta la fecha ningún lince ha firmado el Tratado de Maastricht.

Si nunca habéis visto un lince antes, imaginaos un gato grande, holgazán y con patillas que sólo corre que se las pela para cazar conejos. Parece adorable, pero no os gustaría quedaros encerrados con él antes de su hora del almuerzo. Además, dado que el lince está en peligro de extinción, os veríais en la obligación moral de dejaros comer. Y ojo con protestar cuando los dientes hinquen hueso, que no veáis cómo se ponen las sociedades protectoras de animales.

"La última fiera de España", según Félix Rodríguez de la Fuente.

Todos los felinos del parque parecían haberse puesto de acuerdo para no hacer nada que fuera más fatigoso que tumbarse a la bartola, bostezar, rascarse y lamerse sus partes nobles. Los tigres de bengala no eran una excepción y dormitaban en un recinto al aire libre separado del recorrido por un foso; por aquello de que no se merienden a los visitantes, ya entendéis.

Los animales apenas se dejaron ver y cuando por fin uno de ellos se dignó a abandonar el cobijo de los árboles, permitiéndome sacar una foto que no me obligara a discutir sobre si lo que se veía entre las ramas era un tigre o una alfombra, fue para tumbarse en otra punto del recinto, más cerca del agua. De todos modos y por poco que se mueva, un tigre blanco siempre impresiona. Su color, que obedece a una mutación genética poco común, no le da puntos extra de maná, pero, a su manera, lo convierte en un ser mágico.

Lo sé, lo sé, eso último ha sonado muy cursi, pero los chinos incluso consideraban al tigre blanco una criatura mitológica y decían que sólo aparecía cuando el emperador gobernaba de forma virtuosa. No os hacéis a la idea de cuánta pintura blanca llegó a almacenarse en su día en el palacio imperial.

El muy tonto no sabe guiñar un ojo sin cerrar el otro.

Al lado de los tigres de bengala estaban los leones, compitiendo ferozmente por el premio al animal más parecido a un peluche inánime.

En los pinares de las cordilleras africanas, el león berberisco, también llamado león de Atlas, era un animal respetado. El macho solía quedarse vigilando el cotarro y viendo sus programas favoritos mientras las leonas cazaban para él; pero en el zoo ningún miembro de la manada mueve un dedo por ganarse los garbanzos o, en este caso, los cinco kilos de carne de vaca que consumen cada día. Eso no quita para que sean unas fieras tremebundas muy capaces de dejarte hecho un guiñapo como te atrevas a poner en duda su ferocidad.

Aparte de eso, tenéis que saber dos cosas sobre el león de Atlas: 1) que tiene una melena lustrosa y abundante y es incomprensible que los fabricantes de champú no se lo rifen para anunciar sus productos; y 2) que está prácticamente extinto desde hace más de un siglo y ya sólo vive en cautividad, por lo que su única esperanza de supervivencia son los programas de cría y la ingeniería genética. Siendo como somos, es más probable que antes clonemos a Adolf Hitler a partir de los fragmentos que quedan de su cráneo.

El auténtico Rey de la Selva, reinando.

El único gran felino al que no pudimos ver en todo su esplendor fue el leopardo, que estaba encerrado en una pequeña jaula al fondo de su recinto acristalado. ¡Jailception! Es una lástima porque uno no ve un leopardo todos los días salvo que sea tan excéntrico como los villanos de James Bond. Supusimos que el vidrio resquebrajado tenía algo que ver con su reclusión. Alguien debió de marcharse a casa con la ropa interior sucia ese día.

Avestruces, cebras, jirafas y ñus compartían una triste imitación de la pradera africana. Era como estar viendo el musical de El rey león, sólo que en tonos mucho más apagados, sin música y con el Mufasa más vago de la historia durmiendo a pierna suelta a varias decenas de metros de allí.

De entre estos animales, las jirafas eran las que dominaban el cotarro y las que más llamaban la atención, no tanto por su largo cuello, como por su sorprendente capacidad de hurgarse la nariz con la lengua. Si yo hubiera podido hacer lo mismo de pequeño, probablemente ahora trabajaría en una feria ambulante y mis compañeros responderían a apelativos como la Mujer Barbuda y el Chico Langosta. Lástima que mi lengua no parezca una babosa gigante del planeta X.

En un sorprendente giro de los acontecimientos, o de la ausencia de ellos, pudimos ver a una mamá jirafa amamantando a una de sus crías. ¿Sabíais que la leche de jirafa es kosher? Ya tenéis otro dato inútil más del que presumir ante vuestros amigos.

Los niños judíos mezclan el Nesquik con leche de jirafa.

Los arruís, también conocidos como muflones del Atlas o, para que nos entendamos, cabras montesas del Sahara, estaban pastando a su bola en una reproducción del escenario escalonado de Q*bert.

Para mí lo más curioso es que la cabra sea el único mamífero con las pupilas rectangulares. Es raro, pero les da mayor visibilidad en el plano vertical, lo que es muy útil en terrenos montañosos cuando quieres dejar boquiabiertos a los alpinistas con tu agilidad. Además, esos ojos me recuerdan a los del Hipnosapo. Alabemos todos al gran Hipnosapo.

No hice ninguna foto decente a los arruís, porque posan de forma muy poco natural y es difícil captar su belleza, pero sí pude capturar el momento en el que un camello bactriano alcanzaba un estado de felicidad suprema: el nirvana.

O tal vez estuviera muerto. Sí, probablemente fuera eso.

Después de comprobar que el camello aún respiraba, vimos otro par de rinocerontes, pero no indios, sino blancos, provenientes de la sabana africana. Más portentosos aún que sus primos asiáticos con sus tres toneladas y media peso y unos cuatro metros de largo, los rinocerontes blancos son los segundos mamíferos terrestres más grandes que existen. ¿Cuál es el primero? Vuestra madre.

Perdonad, no he podido evitarlo.

A diferencia de lo que podríais pensar, el rinoceronte blanco no debe su nombre al color de su piel, que es tan blanca como mis calcetines viejos de gimnasia, sino a una mala traducción al inglés del vocablo holandés widj ("ancho", en referencia a la boca ancha y cuadrada del animal), que los anglosajones entendieron como white en lugar de wide. Los ingleses no dudan ni hacen preguntas.

Lo bueno de los rinocerontes, ya sean blancos, indios o rosas con topos verdes, es que no ven tres en un burro, por lo que salvo que te acerques mucho a ellos y empieces a hacer aspavientos como un imbécil, es poco probable que te pasen por encima como una locomotora. Lo malo es que gracias a sus orejas parabólicas tienen un oído estupendo, y como están medio cegatos, en caso de duda sobre si eres sólo un turista imbécil de safari o una amenaza, atacan.

El tractor del mundo natural.

Hipopótamo es una palabra esdrújula que empieza por hache, y me encanta cómo suena cuando pronuncio cada sílaba por separado: hi-po-po-ta-mo. También es un mamífero paquidermo con una boca descomunal.

Los griegos les llamaban "caballos marinos", lo que me hace suponer que hace 2.000 años estaban más fondones de lo que nos muestran series documentales como Hércules: Sus viajes legendarios o Xena: La Princesa Guerrera. Sea como fuere, lo cierto es que los hipopótamos caminan a cuatro patas y se pasan dos terceras partes del tiempo en el agua para evitar que se les cuartee la piel, por lo que el apelativo es bastante acertado.

Aunque por mis fotos parezca lo contrario, en el reino animal hay pocas cosas más adorables que una cría de hipopótamo bañándose con su madre.

La diversión, el jolgorio y el regocijo llegaron con los babuinos, de cuyas nalgas coloradas es imposible apartar la mirada aunque te asqueen. Habría alrededor de cuarenta o cincuenta ejemplares en el recinto, de todos los tamaños y edades, y se les oía chillar su "ook chee ack eek" casi desde cualquier punto del zoo.

La mayoría estaban en plan relax, desparasitándose los unos a los otros, compartiendo una pieza de fruta, mendigando cacahuetes a las visitas, fornicando sin pudor alguno delante de sus congéneres, o resolviendo libros de crucigramas. Sin embargo, había un grupúsculo liderado por un macho adulto bastante corpulento que se pavoneaba por el recinto como si fuera el dueño del cotarro y que tenía un carácter premenstrual. En menos de cinco minutos, lo vimos arrojar a dos monos pequeños al foso sin motivo aparente y perseguir a otro hasta que se arrojó él mismo. Quizá le molestaban las almorranas, o tal vez sólo fuera un cabrón de cuidado.

En un alarde de estupidez provocada por el exceso de calor, le pregunté a mi novia qué le parecería que saltase al foso y luchase a muerte con el papión jefe para convertirme en el nuevo mandamás de la manada. Luego asolaría las calles con mi ejército simio, sumiendo la ciudad en el pánico absoluto y también en heces de mono. Aún estoy esperando su respuesta.

De la docena de fotos que hice a los papiones, esta es la única apta para todos los públicos.

A las doce y media, para ver si nos refrescábamos un poco aunque sólo fuera por contacto visual, fuimos a ver la exhibición de los delfines. Da igual a qué zoológico vayáis, porque todos estos espectáculos son siempre iguales. Es como con los leones marinos, hay muy poco margen para ser creativos sin arriesgarse a quedar en ridículo delante del público. Además, cuando tu trabajo consiste en dar un pescadito a Flipper por ejecutar la pirueta que tardaste meses en enseñarle, no te puedes permitir el lujo de cagarla y perder la poca dignidad que te queda.

Comentarios sañosos aparte, los delfines son unos animales fantásticos. Algunos dicen que su cerebro es superior al de los simios y que son casi tan inteligentes como los humanos. Según he leído, son conscientes de sí mismos y poseen un lenguaje complejo, por lo que pueden mirarse a un espejo y decirse: "Hoy estoy arrebatador". También he oído que saben mejor que el atún.

Bah… El aro ni siquiera está en llamas.

En otro orden de cosas, me sorprendió que en el zoo hubiera máquinas recreativas. No os hablo de videojuegos, sino de las típicas máquinas de feria de pueblo, aunque supongo que el primer Donkey Kong tampoco desentonaría en un zoo, al menos no hace treinta años; ahora sería una reliquia con más visos de desaparecer que el león berberisco.

No probé ninguna máquina, ni siquiera mi queridísimo juego del gancho, porque el dinero no crece de los árboles y mi cartera estaba a un tris de soltar polillas, pero me paré a ver cómo jugaban un padre y su hija a una máquina de tiro. El juego se llamaba Jungle Blasta y consistía en disparar con un rifle de agua a los animales que se asomaban por las dianas que había dispersas por una jungla ficticia. ¿Se os ocurre algo menos apropiado para un zoo que un juego de disparar a animales? A mí no.

¡Fijaos, un mono al volante! ¡Qué locura!

En mi eterna búsqueda de alguna sombra bajo la que cobijarme antes de convertirme en la Antorcha Humana, entramos en el pabellón de Naturaleza Misteriosa, donde se exhiben reptiles, anfibios y algunos artrópodos como arañas y escorpiones. Eso si eres capaz de verlos tras las mamparas más sucias del planeta. A mi novia le daban mucho asco estas alimañas, así que lógicamente me vi impelido a detenerme cinco minutos delante de cada vitrina.

Sin embargo, y pese a mi gran afición por los reptiles (afición que se retrotrae a una infancia en la que cazar lagartijas por la sierra estaba al orden del día), este pabellón no fue ni mucho menos mi parte favorita del recorrido. Entre que muchos de los animales estaban escondidos entre las rocas o la flora de sus jaulas de vidrio y que la mayoría podría haberse reemplazado por un muñeco de goma de los chinos sin que nadie hubiese notado la diferencia, había muy poco de lo que disfrutar. Para que os hagáis una idea de lo que hablo, esto es lo poco que vimos del monstruo de Gila:

Si te muerde, aun cuando le cortes la cabeza, es poco probable que te suelte. Y es venenoso. ¿Puede molar más?

Lo único interesante que os puedo contar es que cuando llegamos al acuario de la tortuga caimán, mi novia pensó que el animal estaba ya de camino al cielo de los quelonios, donde siempre huele a gambas y Michael Bay nunca adquirió los derechos para producir una película de las Tortugas Ninja. No es extraño que la idea se le pasase por la cabeza, porque el animal se encontraba totalmente sumergido, no se movía en absoluto y estaba en una postura que uno sólo adopta cuando llega a casa demasiado borracho como para alcanzar su cama y se deja caer de cualquier forma en el sofá. Yo mismo, que había visto algún documental sobre la tortuga caimán, me quedé con la mosca detrás de la oreja y no descarté romper el vidrio para sacarla de allí e intentar reanimarla haciéndole el boca a boca.

Hubiese sido una estupidez y lo más probable es que me hubiese convertido en el hombre sin rostro, porque el animal estaba vivito y coleando y las tortugas caimán tienen una mordida de unos 200 néwtones, más o menos como un pitbull. La única razón por la que estaba tan quieta es porque estaba cazando. Las tortugas caimán poseen un apéndice con forma de gusano en la lengua que les sirve de cebo para peces ingenuos, pero si se ponen a bailar el charlestón en lugar de estarse quietecitas, no les sirve de nada. Son una trampa de la naturaleza, como las tartas de Oreo con frosting de queso y ganache de chocolate blanco.

Después de algunos minutos, la tortuga debió de llegar a la conclusión de que no nos íbamos a marchar hasta que supiéramos con certeza que estaba viva, así que agitó ligeramente una de sus patas para que nos diéramos por satisfechos y nos largásemos con viento fresco.

No se movió ni cuando amenazamos con contarle un chiste de gangosos de Arévalo.

De nuevo en el exterior y pasando un calor de mil millones de demonios, caminamos hasta el recinto de los osos pardos, una de las estrellas indiscutibles del zoo y una parte emblemática de la fauna europea. En España, su hábitat se encuentra en la Cordillera Cantábrica y los Pirineos, y aunque la especie estuvo en peligro en los noventa por culpa de la caza furtiva y los cómics de superhéroes de Rob Liefeld, se está repoblando con éxito y hoy cuenta con casi 250 ejemplares. Ello se lo debemos sobre todo a la Fundación Oso Pardo, cuya encomiable labor protectora suple la falta de originalidad de su nombre.

Los osos pardos son tan bonachones y entrañables como peligrosos. Solitarios por naturaleza y muy territoriales, no es aconsejable interponerse en su camino ni mear en su terreno. También tienen muy mal despertar, así que meterse en su cueva cuando están hibernando encabeza la lista de cosas que no hacer en el bosque. Su dieta es predominantemente vegetariana, pero son omnívoros, lo que significa que lo mismo les da por comer bellotas de roble que robarte unos emparedados de atún y dejarte sin merienda.

El recinto de los osos estaba separado del camino por un foso lo bastante profundo como para disuadir de saltar a animales de más de 300 kilos de peso. De todos modos, si a pesar de todo alguno de los osos estuviera tan desesperado como para intentarlo, probablemente no llegaría al otro lado, sino que se quedaría parado en el aire un instante, miraría al fondo, sacaría un cartel con la palabra "Yikes!" y caería a plomo dejando tras de sí una nube de polvo.

Venturoso y Perezoso.

Como supongo que no queréis leer cuatro párrafos sobre una manada de lobos haciéndose pasar por felpudos y dos binturongs fritos sobre una rama reseca, creo que pasaré directamente a la atracción principal del Zoo Aquarium de Madrid: la cría de elefante.

La página web del zoo dice, y cito textualmente: "Damos la bienvenida a nuestra cría de elefante asiático. Su nombre es Buba y ya puedes verlo corretear en la Reserva de los Elefantes". Todo un acierto si por "corretear" se refieren a permanecer con la cabeza gacha y el lomo cubierto de polvo, tierra y forraje a diez metros de cualquier otro ser vivo que no fueran moscas, rodeado de excrementos y evitando los pisotones y trompazos de su madre cuando ésta se dignaba a pasar a su lado. Toda muestra de cariño materno fue pura coincidencia.

Probablemente la foto más triste de la historia.

Lamentable, sí, pero alegrad esas caras porque el orangután joven era la monda. Compartía un recinto bastante bien montado con una pareja de gibones de manos blancas y un orangután mayor y somnoliento que parecía una montaña de abrigos de piel.

Uno de los gibones estaba reposando tranquilamente sobre una cuerda tendida entre dos postes y el orangután no paró de buscarle las cosquillas hasta que consiguió tirarlo al suelo.

No conoceréis el verdadero significado de la palabra "humor" hasta que no hayáis visto a un gibón cabreado persiguiendo a un orangután que huye agitando los brazos como uno de esos muñecos hinchables que bailan y saludan como idiotas.

El pequeño cabroncete pelirrojo.

Más tarde, cuando volvimos a pasar por allí, una de las cuidadoras del parque nos habló sobre los orangutanes y sus costumbres. Yo ya conozco sus costumbres; Clint Eastwood las listaba en Duro de pelar: escupir, mear, tirarse pedos y meterse el dedo en la nariz. Me interesaban más sus historias y leyendas.

Orangután (orang hutan) significa "hombre del bosque" en indonesio, y hasta tal punto llegan las semejanzas entre especies que los primeros exploradores occidentales pensaron que los orangutanes eran hombres sin acceso a pinzas, cera tibia Veet® o una buena Silk-épil®. Es más, según los nativos de la jungla de Borneo, hace mucho, mucho tiempo, hombres y orangutanes convivían en armonía, holgazaneando en los árboles y comiendo fruta sin azúcar; pero cuando algunos miembros de la comunidad empezaron a comunicarse con algo más que gestos y abandonaron la jungla para erigir ciudades y trabajar, los orangutanes decidieron quedarse calladitos y no moverse de donde estaban para que no les obligaran a arrimar el hombro.

Desconocía esa leyenda y la memoricé para utilizarla al primer viso de silencio incómodo que se me presentase en el futuro, si bien debo añadir que la cuidadora perdió credibilidad por no mencionar al rey Loui ni una sola vez.

La mejor parte fue cuando el orangután se columpió y chocó contra el vidrio asustando a todo el mundo… menos a mí, que tengo una confianza ciega en el vidrio.

¿Os gustan los lémures? Ved Madagascar, porque yo no pienso hablaros de ellos. Una sociedad en la que mandan las hembras es una distopía más aterradora que cualquiera de las que aparecen en las novelas de ciencia ficción de John Brunner.

Si queremos hablar de animales cuya jerarquía obedece al sentido común, fijémonos en los gorilas, donde el gran macho dominante, el "espalda plateada", lidera el grupo.

Bromas sexistas aparte, aunque todos los monos me llaman la atención, encuentro los gorilas especialmente fascinantes. A mediados del siglo XIX, no eran más que leyendas llegadas desde África, historias sobre feroces y peludos hombres del bosque que entretenían a aristócratas estirados a la hora del té. De hecho, el primer retrato científico serio de estos primates no se escribió hasta 1847, cuando el naturista y misionero Thomas S. Savage (¡Doc Savage!) descubrió al mundo occidental estos animales y los bautizó como Troglodytes Gorilla, un latinajo que tomó prestado de un navegante cartaginés del siglo V a.C. que identificó como gorillai a una supuesta tribu de mujeres peludas. Apuesto a que no eran tan peludas; lo más probable es que todas le dieran calabazas y escribiera eso para vengarse.

Nosotros dimos varias vueltas antes de dar con los gorilas porque ignorábamos que su recinto estuviese en el interior del edificio con pinta de pabellón educativo. No veníamos al zoo a leer letreros y aprender, sino a ver a los monos arrojarse excrementos los unos a los otros. Cuando por fin entramos en el edificio para evitar que me diera una insolación (a esas alturas, yo tenía las mejillas tan coloradas que parecía Pikachu), fue una sorpresa encontrar el hábitat de los gorilas.

El espalda plateada era un espécimen portentoso. La mayoría de visitantes le prestaba más atención al miembro impúber de la manada, que se abrazaba a su madre con cariño para que le hicieran fotos; pero yo conecté con el gran gorila desde el primer instante. No era ni mucho menos tan grande como otros mamíferos, pero su envergadura hacía que cualquiera de nosotros empequeñeciera a su lado. Sin querer, me colé en la zona de los cuidadores (la puerta estaba abierta y no vi el cartel), y hubo un intervalo de unos diez segundos en que el espalda plateada y yo nos quedamos mirándonos el uno al otro fijamente, como si no hubiera nadie más en el mundo. Su mirada era melancólica y muy humana. Supuse que tenía gases y me compadecí de él.

Cuando yo tenga mi propio zoo, todos los gorilas llevarán corbata.

Mientras los biólogos se aclaran sobre si los pandas son osos o mapaches, ¿qué os parece si comparto con vosotros la foto de un oso hormiguero cuyas patas delanteras recuerdan a un panda?

¿Los osos hormigueros no eran azules?

Después de ocho horas caminando al sol, decidimos terminar nuestra visita en el Aquarium, donde, aparte de muchísimas imitaciones de Nemo, tenían un mero gigante indiferente a todo lo que le rodeaba, algunos tiburones tigre de aspecto inocentón, una tortuga boba con afán de protagonismo decidida a estropearme el mayor número de fotos posibles, un cartel publicitario del smartphone Xperia Z de Sony, y un tiburón toro australiano.

El tiburón toro tenía un aspecto prehistórico y acongojante, lo que nos recordó a la tortuga caimán que habíamos visto poco antes, con la diferencia de que la tortuga no dejaba de ser precisamente eso: una tortuga; y las tortugas, por feas que sean, no son el material con el que se construyen las pesadillas. Lo diré de otro modo: Steven Spielberg no hubiera sido el artífice del primer blockbuster veraniego si las playas de Amity Island hubieran sido asoladas por una tortuga en lugar de un gran blanco.

Los tiburones toro son animales muy agresivos, y aunque suelen vivir en el medio marino, también pueden encontrarse en zonas de agua dulce y en películas de bajo presupuesto (¡a veces incluso combinados con tornados!), por lo que no es raro que los humanos acaben formando parte de su dieta. Mi consejo es que si os cruzáis con uno, estéis al otro lado de un vidrio a prueba de tiburones.

Theme from 'Jaws'.

Derengados y probablemente intoxicados por culpa del granizado mutante, abandonamos el zoo, perdiéndonos el espectáculo nocturno del delfinario, que, de todos modos, seguro que era idéntico al diurno, pero con menos luz.

Y hasta aquí, un día con el Tipo de la Brocha en el zoológico. Espero que hayáis disfrutado de la visita tanto como yo lo hice.

17 comentarios

  1. Cuando vi el letrero del Zoo lo primero que pense que verias fue un oso panda. Yo que tu pedia esos €20 de vuelta.

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  2. Fantástico post!

    No puedo esperar a que vayas a un parque acuático a pasar el domingo.

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  3. "No conoceréis el verdadero significado de la palabra "humor" hasta que no hayáis visto a un gibón cabreado persiguiendo a un orangután que huye agitando los brazos como uno de esos muñecos hinchables que bailan y saludan como idiotas."
    Fin de la cita.

    Solo decir que ese espectáculo ya lo ví hace 3 años con los dos Orangutanes, pero no sé por qué se peleaban y se perseguían uno al otro (quizá por el chiste de yo te doy por culo a ti y luego tú a mi, ya que estamos en una isla desierta y tenemos necesidades fisiológicas) solo que uno perseguía a otro y los diez minutos de reloj que duró la misma tenía más público que los osos panda. Era como ver la persecución entre Daniel Craig y el negro aquél en Casino Royale.

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  4. Los espectáculos acuáticos que no incluyen al doctor Zoidberg no merecen la pena

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  5. Jajja me parto Tipo eres un crack¡¡¡¡ muy divertido tu día en el zoo¡¡¡

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  6. Gabriel: Había osos panda, pero nos daban la espalda y eran un rollo. Creo que estaban escribiéndose mensaje de WhatsApp entre ellos.

    Juan Germán Socías Segura: No le veo la gracia a los parques acuáticos. Agua y toboganes... ¡Pamplinas!

    Doctor Müller: Son como nosotros...

    Terminento: Espectáculo es el que dan los madrileños cuando se mean en las playas de Benidorm.

    @abel_genx: Fue más divertido que mi día en la fábrica de sacapuntas.

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  7. Jejeje, mucho mejor que el primer video de youtube(fue de un chaval contando su odisea en el Zoo); claro que no con la misma gracia y humor que el autor de este post.
    Siquiera causan gracia los animalitos, acá en México el zoo de Chapultepec dá lástima, toda mi primera etapa de vida me quedé esperando animales jñovenes y siempre fueron los mismos viejos.

    Para shows los circos, en ambos lados maltratan a los animales, pero en el Zoo son hipócritas.

    Excelente post.

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  8. Deseando ver tu cronica en el parque de atracciones de madrid xD

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  9. Referencia a FF en un pie de foto?

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  10. bueno, si quieres animales difíciles de ver, visita el Zoo de Buenos Aires, donde han puesto los cocodrilos.... en un pantano artificial de agua marrón, entre ramas, arbustos y yuyos (Genios!).
    Algunos dicen que allí se mudó Nessie, que al igual que Elvis está vivo.

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    1. Anda a cagar pelotudo, los Aligators se re ven bien, fausto y lulu estan siempre entre los juncos y son re visibles

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  11. M@nchitas: Próximamente... ¡El Tipo de la Brocha va al circo! O no.

    el caballero de la noche: También conocida como la crónica de los 1.001 vómitos.

    RubeFD: Sumas 2 puntos.

    Martin en el Mundo: Elvis está vivo. Vivo en nuestros corazones. Sus huesos reposan en Graceland.

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  12. Gran post Mr. Bróchez, de los más largos que le he leído. La próxima a Cabárceno, que es lo mismo pero con los animales a 100 metros o directamente escondidos, como en Parque Jurásico, oiga.

    Y por cierto, buena referencia al ínclito Dr. Marcus Brody...

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  13. No puedo evitar reirme del pobre elefante bebé, soy una persona horrible y cruel.

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  14. Dios mio hemos visto su uña! Veo que has disfrutado de tu visita al zoo, la siguiente que sea en la Moncloa que hay más fauna.

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  15. Sereldotar: En lugar de cacahuetes para los monos, deberían poder comprarse cabras para los leones.

    Millus: Se me parte el alma sólo de recordarlo, pero al mismo tiempo me troncho de risa pensando en bromas al respecto.

    Elaine: Fui Mr. Lúnula 2009.

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  16. No hay nadie como tu para convertir un dia aburrido (a mi me deprime mucho el zoo) en una cronica divertida. La cronica que te puede salir de algo divertido puede ser genial.

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