23 de julio de 2019

'Saint Seiya: Los Caballeros del Zodíaco': 21 diferencias entre la serie de Netflix y la original


El viernes pasado, Netflix estrenó la primera parte de uno de sus animes "originales" más esperados de 2019. Esperado a la par que temido. O al menos temido por un reducido grupo del público adulto que vive con la constante aprensión a que la adaptación de alguna de las series favoritas de su niñez estropee retroactivamente su infancia.

Os diré qué estropeó mi infancia: las inyecciones que venía a ponerme el practicante y los supositorios.

Saint Seiya: Los Caballeros del Zodíaco es una coproducción estadounidense-japonesa que adapta a la televisión el manga más popular de Kiyoko Arai: Pastel Yumi, the Magic Idol (Sandy, en España), que trata sobre una niña que encuentra una varita mágica con la que puede hacer realidad todo lo que dibuja.

¿No os cuadra? Pues entonces es que el tebeo en cuestión es Saint Seiya, de Masami Kurumada.

La serie de Netflix, coproducida con Toei Animation y Electric Shadow Films, es básicamente una versión condensada de la obra del famoso mangaka, pero concebida para el público americano. Y cuando digo condensada más bien debería decir espachurrada. Esta suerte de reboot resume en seis episodios los dos primeros arcos de la saga del Santuario: el Torneo Galáctico y los Caballeros Negros, que en el manga abarcan la friolera de cinco tomos y a los que incluso el anime de 1986, compartiendo formato, dedicaba quince episodios, ¡el triple que la serie de Netflix! Viéndolo por el lado bueno, puede decirse que esta nueva adaptación va al grano y los episodios se pasan volando, aunque a menudo avanza tan rápido que rompe la barreras del sonido y del sentido común.

Lo que no podemos perder de vista, sobre todo si sois de mi quinta, es que esta serie no está pensada para los señores que flipábamos en colores con el anime original cuando se emitía en TVE y Telecinco a principios de la década de 1990, sino para un público nuevo, sin canas, para chavales que no han visto Los Caballeros del Zodíaco y quizá ni siquiera la conozcan, y que, por tanto, carecen de prejuicios engendrados por la nostalgia.

Con esto quiero decir que mi opinión no vale un pimiento. Preguntadle a alguien que tenga entre trece y dieciséis años, porque es a quien tiene que gustarle.

Habiendo dejado eso claro, en esta entrada repasaré las diferencias que más me han llamado la atención respecto del manga de Kurumada, con alguna mención también la vieja serie de animación de 1986. No obstante, como esta serie adaptó con bastante fidelidad las historietas, utilizaré capturas de pantalla de la edición en DVD de Selecta Visión para ilustrar el texto.

No encontraréis todas las diferencias que hay, pero sí las suficientes para manteneros distraídos un rato mientras yo estoy de vacaciones.

9 de julio de 2019

'Cristal Oscuro', la película de Jim Henson (2ª parte)


En la entrada anterior...

Jen, el último gelfling (no prestéis atención al póster que hay sobre estas líneas), se embarcó en una misión para encontrar el fragmento perdido del Cristal Oscuro y así satisfacer la última voluntad de su padre adoptivo y, de paso, salvar el mundo.

El muchacho se dio un garbeo y encontró a la bruja y astróloga Aughra, y con ella, el fragmento del Cristal. Aughra le explicó que debía restaurar el Cristal antes de la Gran Conjunción para evitar que los skeksis mantengan su dominio sobre el mundo de Thra hasta que las ranas críen pelo. Los skeksis quieren matar a Jen porque una galletita de la suerte les dijo que sería un gelfling quien acabaría con ellos.

Unos cucarachos monstruosos a las órdenes de los skeksis localizaron a Jen y arrasaron el observatorio de Aughra, causando al joven gelfling una entomofobia galopante que le durará toda la vida. No obstante, Jen consiguió escapar de los insectos de pesadilla mientras el observatorio se quemaba hasta los cimientos. No os preocupéis por él. El edificio estaba asegurado a todo riesgo.

24 de junio de 2019

'Cristal Oscuro', la película de Jim Henson (1ª parte)


Lo primero es lo primero: adoro esta película. Casualmente se estrenó en España en el mismo año en que nací, apenas unos meses después de su salida en los Estados Unidos, y cada vez que vuelvo a verla, es como si mi televisor se convirtiera en una ventana a otro mundo, un mundo mágico del que puedo formar parte durante hora y media, y al que puedo regresar siempre que quiera, a menos que haya un corte de luz. Y desde luego es mucho mejor alternativa que asomarme a la ventana de mi salón y ver a un grupo de adolescentes improvisando rap en la calle. Necesito cristales insonorizados.

Por eso, cuando, en mayo de 2017, me enteré de que Netflix produciría una precuela en forma de serie de Cristal Oscuro, la película de Jim Henson, di saltos de alegría. No literalmente, porque un perro me torpedeó la rodilla y, dado que además tengo la enfermedad de Oswald-Slater (o algo que suena parecido), no debería darle mucha tralla. Cuando los marcianos esclavicen a la humanidad, yo seré el humano que no se arrodille y dé inicio involuntariamente a una rebelión para reconquistar el planeta.

De todos modos, ni siquiera en sentido figurado fueron saltos muy entusiastas, porque enseguida vi que el responsable de la serie sería Louis Leterrier, director, entre otros proyectos mediocres, del remake de Furia de titanes y de la película del Universo Cinematográfico Marvel que nadie se molesta en recordar.

Mucho tiempo después, a finales de mayo de este mismo año, por fin empezamos a tener más información sobre la serie y salió el primer tráiler. No me convenció demasiado. Aunque lo vi como siete u ocho veces en una sola tarde, lo hice solo porque las imágenes estaban muy por encima de mis expectativas y me emocioné como si fuera un crío otra vez. Una nadería. Eso me enseñará a tener fe en The Jim Henson Company.

3 de junio de 2019

'Ninja Gaiden', de NES ('Shadow Warriors')


Hay tres cosas que espero que siempre molen: los dinosaurios, los ninjas y los robots gigantes. Si algún día deja de ser así, habrá llegado el momento de mudarme a otro planeta.

Dicho esto, hoy voy a hablar de ninjas. y, concretamente, de un videojuego que lleva un ninja en el título. No sé cuál fue el primer videojuego en el que uno podía calzarse las sandalias de un ninja (quizá el Sasuke vs. Commander o el Sengoku Ninja Tai); pero sí sé cuál fue el primero al que jugué: el Ninja Gaiden de NES, conocido en Europa como Ninja Warriors y en su Japón natal como Ninja Ryūkenden (La leyenda del ninja de la Espada del Dragón).

Salvo que me falle mucho la memoria, diría que la primera vez que lo jugué fue en casa de un amigo cuando tenía algo menos de diez años. Al ver el dibujo de la caja, me quedé alucinado, y cogí el juego con unas ganas tremendas. Pero me cansé tanto de que los malos me tirarán por barrancos que nunca pasé de la fase 2-2.

Muchos, muchos años después, he vuelto a jugar al Ninja Gaiden en la NES Mini, reviviendo la frustración de mi infancia con un grado de madurez no necesariamente mayor.

Pero ya no soy el niño que era entonces. Esta vez perseveré, mejoré poco a poco mi ninjutsu y, con sudor y lágrimas..., llegué a la fase 6-2, tan cerca y a la vez tan lejos del final. En ese punto paré y detoné la videoconsola y el edificio en el que estaba con 250 kilos de dinamita. Luego utilicé un emulador para pasarme el juego con trucos.

No me arrepiento.