24 de abril de 2016

He-Man y los Masters del Universo: El Gran Símbolo de las Formas

Si os estáis preguntando qué necesidad hay de recapitular otro episodio de He-Man y los Masters del Universo, coged vuestros pomposos sombreros y vuestras levitas de paño fino, y largaos de aquí con viento fresco. Por el contrario, si os habéis emocionado al leer el título de la entrada, sed bienvenidos. Solo por eso ya me caéis bien. Nosotros, los aficionados de los Masters del Universo, tenemos que apoyarnos los unos a los otros, igual que harían los miembros de un grupo de alcohólicos anónimos, pero sin ningún tipo de reconocimiento social.

El episodio de hoy, el tercero de la primera temporada, no es tan delirante como otros que hemos comentado anteriormente, pero es que es difícil superar la historia de amor de dos cometas. Lo que sí os prometo es que igualmente estúpido y divertido.

Haciendo honor a la verdad, lo cierto es que el episodio comienza de forma bastante interesante para tratarse de una serie infantil de la década que nos trajo producciones tan espantosas como Denver, el último dinosaurio o Potato Head Kids. Incluso tiene una migaja de misterio e intriga.

Además, por primera vez y sin que sirva de precedente, el plan de Skeletor tiene sentido. Al menos al principio. El problema de Skeletor es que no puede poner freno a su creatividad cuando se trata de hacer el mal y acaba complicando innecesariamente sus planes con clones robot diabólicos y juegos de bondage. No le querríamos tanto si fuera de otra manera.

¿He mencionado ya que He-Man lanza un pulpo gigante por encima de una montaña?

10 de abril de 2016

'Off to Be the Wizard', de Scott Meyer

¿Quién no ha fantaseado alguna vez con ser un mago? Y no me refiero a uno de esos magos de pacotilla que adivinan qué carta has cogido de la baraja o que hacen desaparecer una moneda para luego sacártela de la oreja (o de algún recoveco más profundo y oscuro, en pases privados), sino de los que lanzan conjuros y sortilegios; hombres sabios aficionados a los vestidos con lentejuelas y a los gorros picudos, capaces de achicharrar a una horda de orcos con una bola de fuego, convertir a un príncipe en sapo, o ver el próximo número premiado de la lotería en su bola de cristal. Magos DE VERDAD.

Vale, lo admito. Yo nunca he fantaseado con semejante sandez, quizá porque en lo que a fantasía se refiere, siempre me he sentido más identificado *ahem* con la imagen del bárbaro musculoso con taparrabos que lleva una gigantesca hacha en la mano y tiene una moza medio desnuda recostada a sus pies. Pero no os engañéis: ambas opciones son igual de gays.

Ahora bien, según tengo entendido, el prototipo de geek (ese inadaptado social con pantalones sobaqueros y gafas de pasta, aficionado a la informática y fanático de Star Trek) prefiere a los magos, probablemente porque no se ve levantando más peso que el de la bolsa del supermercado pero sí memorizando docenas de hechizos en un idioma inventado.

Y esto es lo que me lleva a la novela de la que hablaré hoy.


Off to Be the Wizard es el primer volumen de la saga de fantasía Magic 2.0, del dibujante y escritor Scott Meyer, autor también de la tira cómica Basic Instructions, de la que jamás oí hablar hasta que busqué su nombre en la Wikipedia.

La novela, la primera de su autor, se publicó en Amazon en 2014 y tiene en este momento una puntuación de cuatro estrellas y media, con más de novecientas reseñas, en Amazon.com. Aunque hay que reconocer que la mayoría de lectores tiene un criterio literario pésimo, las ventas debieron de hablar por sí solas, porque Amazon ofreció a Meyer firmar un acuerdo de edición para escribir dos libros más con 47North, el sello de ficción de Amazon Publishing. A día de hoy, el cuarto volumen de la saga ya está en cocina.

3 de abril de 2016

'La mejor venganza', de Joe Abercrombie

¿Os habéis vengado alguna vez? A todos nos han hecho alguna vez la puñeta y hemos sentido el deseo de devolver el golpe, pero de ahí a tomarse uno la justicia por su mano hay un trecho. El "ojo por ojo, diente por diente" solo conduciría a la humanidad al desastre, al menos hasta que se inventen los ojos biónicos y la seguridad social cubra los costes de los implantes dentales.

Yo nunca he querido vengarme de nadie. Quizá haya deseado que a algún idiota le cayese un yunque en la cabeza, pero jamás se me ha pasado por la cabeza castigar a otra persona por hincharme las narices. Para empezar, dicen que la mejor venganza es la que se sirve fría, la que se medita y dilata en el tiempo, dejando que el enemigo se confíe, para culminar con un estallido de violencia solo apto para mayores de 18 años. Pero ese tipo de venganza exige ser paciente y rencoroso, mantener el fuego del odio vivo a golpe de fuelle hasta que llega el momento apropiado, y a mí se me pasan los enfados tan pronto como veo fotos de cachorros de labrador que parecen pollo frito rebozado.

En segundo lugar, también es verdad que nadie me ha dado nunca buenos motivos para vengarme, y no puede uno vengarse por cualquier tontería, ¿verdad? Si no me vengué cuando me birlaron mi juguete de Battle Cat, ya no creo que me vengue nunca.

Pero si hablamos de ficción, la venganza sí es lo mío. Mi novela favorita, El conde de Montecristo, gira en torno a la venganza, y también hay innumerables y maravillosas películas que se sirven de la venganza como premisa argumental, ya se trate de Uma Thurman abriéndose paso a golpe de katana para llegar hasta Bill, o de Charles Bronson fulminando a una banda de quinquis con su Magnum Wildey .457.

Por lo tanto, no me extraña que La mejor venganza me haya gustado tanto. Si el libro tratase sobre el karma, apuesto a que no lo hubiera querido ni para calzar mesas.


La mejor venganza (en inglés, Best Served Cold) es la cuarta novela ambientada en el universo de La Primera Ley, y también la cuarta que publicó su autor, Joe Abercrombie. Y aunque siempre está bien leer las sagas en orden por aquello de ver el cuadro completo y no destriparte otros libros que luego podría interesarte leer, se trata de una novela independiente.

27 de marzo de 2016

Batman v. Superman: El amanecer de la justicia

Desde que Batman v. Superman: El amanecer de la justicia se estrenó el miércoles pasado, he leído comentarios de todos los colores y he llegado a la conclusión de que la peña necesita relajarse, tomarse un tiempo para ordenar sus ideas, reflexionar acerca de lo que ha visto, y no arrojarse a foros y redes sociales según sale del cine a farfullar lo primero que se le pasa por la cabeza.

Lo que es cierto, aparte de que Batman mola, es que había grandes expectativas puestas en esta película. Se ha venido hablando de ella como uno de los acontecimientos cinematográficos más esperados del año, quizá porque el western de zombis protagonizado por los Backstreet Boys y 'N Sync no se estrenará en cines y saldrá directo a vídeo, o más probablemente porque el enfrentamiento entre los dos mayores iconos del cómic de superhéroes americano es un evento que lleva dilatándose desde hace más de una década. Algunos puede que incluso recordéis cuando el proyecto estaba en manos de Wolfgang Petersen y la película empezaba con Bruce Wayne felizmente casado y Superman divorciándose de Lois Lane. Lástima habérnosla perdido.


¿Y qué ocurre cuando las expectativas son muy altas? Que las críticas son de todo menos moderadas. O bien es la mejor película de superhéroes de la historia del cine y barre el suelo con todas las producciones de Marvel, o bien es un montón de mierda de dinosaurio que apesta en diez kilómetros a la redonda. Parece que en internet si uno no se posiciona en los extremos, se queda fuera. ¿Fuera de qué? No lo sé. Pero fuera. Y fuera es peor que dentro.

Por suerte, a mí esas bobadas me importan un comino, y puedo decir tranquilamente que Batman v. Superman me ha parecido lo bastante entretenida como para no sentir que he tirado el dinero, pero también lo suficientemente mediocre como para olvidarme de ella en un par de semanas. Zack Snyder sabe captar la dimensión épica de los cómics y nos deslumbra con su estética hiperestilizada, pero necesita mejores guiones para sustentar ese ostentosidad visual, y al igual que El Hombre de Acero, la película es un festín sensorial sin sustancia al que le falta consistencia, le sobran tramas, y donde oscuridad y realismo se confunden con baja saturación y un tratamiento del guión desprovisto de humor. Se vislumbra cierto potencial, pero Snyder no sabe sacarlo a flote, y al final, la genialidad queda reducida a fogonazos dispersos.

Si habéis estado atentos a los tráileres, ya habéis visto toda la película y no hay nada que pueda añadir para destripárosla. Aun así, por si os preocupan estas cosas, os advierto que no me voy a cortar con los detalles.