23 de octubre de 2014

Los aurones: Las ciénagas de Crom


Vais a disculparme este comienzo tan poco alentador. El diccionario de la Real Academia de la Lengua (os lo advertí) define la palabra títere como "muñeco de pasta u otra materia que se mueve por medio de hilos u otro procedimiento".

La primera alusión histórica a un muñeco de este tipo la encontramos en las Historias de Herodoto, el famoso historiador, geógrafo y turista griego que acuñó la frase: "No estoy seguro de haber cerrado la puerta con llave al salir". Concretamente, Herodoto menciona a los títeres en el capítulo XLVIII, donde compara las fiestas egipcias celebradas en honor al dios Osiris con la celebradas por los propios griegos en honor a Dioniso, ambos dioses de la agricultura y ambos producto de una imaginación más fértil que el propio suelo recién abonado. Según nos cuenta Herodoto, durante la fiesta de Osiris, las mujeres llevaban por las calles "unos muñecos de un codo de altura y movibles por medio de resortes" con "un miembro casi tan grande como el resto del cuerpo" y que agitaban obscenamente para goce y disfrute de los viandantes. Los niños seguro que se partían de risa.

Unos 2.500 años más tarde, en noviembre de 1987, TVE comenzaba la emisión de los Los aurones, una serie creada por Josep Lluis Viciana y producida por D'Ocon Films sobre cuyo origen y realización podéis leer mucho más en La web de los Aurones. Sí, esta web realmente existe. Ayer recibió dieciséis visitas.

La serie estaba dirigida a los más pequeños de la casa y, a diferencia de la mayoría de series infantiles de la época, como David el Gnomo, La abeja Maya o Urotsukidoji: La leyenda del Señor del Mal, los personajes no eran de dibujos animados, sino unas marionetas espantosas con la movilidad de una ameba tetrapléjica y la expresividad de una loncha de queso. Yo no sólo adoraba esta serie, sino que a veces incluso me daba miedo, lo que, para un niño, la hacía todavía mejor.

20 de octubre de 2014

Transformers: Cratter Critters (las Chatarras Espaciales)

Mucho antes de que existieran las publicaciones en formato digital, antes incluso de que hubiera tiendas de cómics especializadas (o al menos de que yo las conociera), el único sitio donde encontraba tebeos de superhéroes era en los mismos quioscos donde compraba el Mortadelo. Y rara vez traían todos los números de una misma serie. Con Spider-Man no solía haber problema, siempre ha sido uno de los favoritos; pero, por poner un ejemplo, tenías que tener mucha suerte para poder seguir las aventuras de Luke Cage y Puño de Hierro. En resumen: era imposible hacer una colección como Dios manda.

Ahora, por suerte, hay recopilatorios muy buenos de muchos de los cómics que leí en aquella época (como la serie Marvel Gold de Panini) y eso me ha permitido dar cohesión, entre otras colecciones, a los pocos cómics sueltos que tenía de Los Vengadores. Pero en los años ochenta y a principios de los noventa, cuando comprabas un número con la historia hacia la mitad, tenías que confiar en que los autores o el editor hicieran un pequeño resumen en las primeras páginas a modo de flashback para enterarte de qué iba la cosa.

Yo no tenía muchos cómics de Transformers, aunque hubiera comprado más de haber sabido que era la única forma de leer historietas de Rom; pero los pocos que atesoraba en el baúl de los tebeos estaban más salteados que un plato de espinacas con piñones. Siempre pillaba el principio o el final de alguna historia, y nunca conseguía unir los puntos entre ellas.

En concreto, hubo dos números que releí mil veces y que incluían el comienzo de dos tramas espeluznantes y que me hubiera encantado saber cómo acababan. Hoy veremos una de ellas, porque algo tendré que reservarme para el Halloween del año que viene.

13 de octubre de 2014

Green Slime: Batalla más allá de las estrellas (1968)


He visto mucho cine de serie B. De ciencia ficción, de terror, y de espada y brujería principalmente. Nunca he calculado el número de películas de baja estofa que me habré tragado, pero son más de las que me hubiera gustado, porque no todo el cine de serie B es "tan malo que es bueno" y hay muchas cintas que no hay por dónde cogerlas.

Por suerte, este no es el caso de la película de la que hablaré hoy, Batalla más allá de las estrellas, una producción estadounidense de la Metro-Goldwyn-Mayer, dirigida por Kinji Fukasaku (¡el director de Battle Royale!) y rodada en los estudios de Toei, creadora de la mítica serie Super Sentai.

De hecho, esta es una película a la que le tengo especial cariño, porque fue la primera cinta de serie B que vi en la tele, o al menos que reconocí como tal al verla (Critters, en cambio, siempre me pareció una producción de categoría, así les va a mis estándares). Supongo que me fascinó lo pulp y cutre que era. Nunca antes había visto detrás de un póster tan espectacular una combinación semejante de mala interpretación, malos diálogos y malos efectos especiales. Sin embargo, y por encima de todo, es una película entretenida, como lo son las buenas novelas pulp. A su manera, incluso me recuerda a la serie original de Star Trek, aunque con disfraces de alienígena aún más fachosos y mayor desprecio por el sentido común.

Además, a diferencia de muchas de las producciones basura de la última década, no creo que esta sea una cinta intencionadamente mala, sólo muy barata.

9 de octubre de 2014

'Zombi d'Or: Ciudad de vacaciones', de Fernando Polanco

A mediados de agosto, cuando el sol achicharrante convertía el asfalto en una sartén, los pájaros daban la lata gorjeando a las siete de la mañana, y yo me tocaba las narices con una dedicación digna de encomio, me enteré de que Miguel Roselló (al que todos mis lectores deberíais conocer, porque escribe unos artículos tan sesudos como descacharrantes y además dibuja como el mismo Tartakovsky) había ilustrado la portada de una novela que estaba próxima a publicarse: Zombi d'Or: Ciudad de vacaciones, del vendedor de helados, guionista y novelista novel Fernando Polanco.

No soy un defensor de grandes causas, y si alguna vez he donado dinero a una campaña humanitaria, ha sido porque quería impresionar a una gachí. Pero si hay una actividad que siempre he apoyado es la literaria y artística. Al menos a pequeña escala. Si leísteis mi crítica de Angry Video Game Nerd: The Movie, sabréis que admiro a cualquier persona con la pasión y el valor suficientes para mandar al cuerno el mercado laboral convencional y dedicarse a esa cosa que no da de comer llamada arte. Ya es bastante difícil ganarse los garbanzos estudiando ADE, así que cualquiera que decida perseguir el sueño de ser autor es un chalado encomiable.

Por esa razón, y porque el señor Roselló dibujó la fantástica cabecera del blog, voy a reseñar el libro de Fernando.