10 de septiembre de 2019

Mis 10 episodios favoritos de 'Batman: La serie animada'

Para mí hay dos series que fueron la cúspide de la animación infantil y juvenil de la década de 1990, y nadie, salvo que demuestre lo frágil que es mi memoria, podrá convencerme de lo contrario. Me refiero, como no podía ser de otra manera, a Street Sharks y Donkey Kong Country.

No, en realidad me refiero a Batman: La serie animada y Gárgolas. Y la segunda quizá no hubiera existido sin la primera.

Antes de que Bruce Timm, Paul Dini y sus poderosos aliados trajesen a Batman de vuelta a la televisión, la presencia del Murciélago en este medio había estado caracterizada por un marcado tono infantil y caricaturesco. No es que eso fuera necesariamente malo, pero no todos apreciábamos por igual momentos como el del Bat-Spray Repelente de Tiburones. Es cierto que ya se había dado un paso muy grande en la representación audiovisual del Caballero Oscuro gracias a las películas de Tim Burton; pero, hasta que llegó Batman: La serie animada, había facetas del personaje que eran completamente desconocidas para el público en la pequeña pantalla.

La serie, desarrollada para Warner Bros. por Bruce Timm y Eric Radomski, demostró que los dibujos animados de Batman podían ser disfrutables para los niños y apelar también a los intereses de los adultos, dotando a héroes y villanos de una profundidad que hasta entonces no se había visto en televisión. Y lo hizo además con estilo; de entre todas las series de animación del momento, esta sobresalía por su increíble diseño artístico, que supo combinar acertadamente el estilo arquitectónico art déco y la ambientación propia del cine noir, con sus coches de chasis tubulares y sus gángsteres con sombrero.

La serie, estrenada en 1992, continuó su exitoso recorrido en Las aventuras de Batman y Robin y Las nuevas aventuras de Batman, que, a pesar del cambio de título (e incluso de diseño en la tercera y última etapa), forman parte del mismo canon, por lo que, a todos los efectos, funcionan como diferentes temporadas de Batman: La serie animada. Yo no voy a ser tiquismiquis, así que, de cara a este artículo, no distinguiré entre ellas.

Dicho esto, y como la semana pasada la serie cumplió veintisiete añazos (fecha redondísima para un aniversario), hoy me propongo compartir con vosotros mis diez episodios favoritos. Y espero que vosotros hagáis lo mismo cuando terminéis de leer esta entrada o al menos aprovechéis para hablar de vuestra experiencia viendo la serie.

De entre los 109 episodios que suman las tres etapas de la serie es difícil elegir solo diez, porque la calidad se mantuvo alta de principio a fin. De hecho, solo se me ocurre un episodio que pueda calificar de castaña pilonga, que es en el que unos críos derrotan al Pingüino mientras Batman plancha la oreja. Por eso, esta lista tiene truco y en algunos casos me he dado el gusto de referirme brevemente a uno o más episodios que podrían haber ocupado un puesto en la lista y que quizá mañana mismo lo ocupen. Esos jugadores de reserva son tan buenos o quizá más que los titulares, y los he escogido porque comparten una temática similar o algún otro vínculo con el episodio finalmente destacado. También he contado episodios en dos partes como si fueran uno. Vamos, que la lista de mis 10 episodios favoritos es en realidad la lista de mis veintitantos episodios favoritos. Pero eso no quedaba bien en el título.

27 de agosto de 2019

Clásicos Disney: Pinocho


El 23 de febrero de 1940, Walt Disney estrenó su segundo clásico animado: Pinocho. Al principio estaba previsto que fuera Bambi la película que sucediera a Blancanieves y los siete enanitos, pero animar a los condenados animales traía a los dibujantes de cabeza.

El segundo largometraje de Disney es una versión recortada y suavizada del cuento original del italiano Carlo Collodi; pero aquí las diferencias saltan más a la vista que en la adaptación del cuento de Blancanieves. Y no debería sorprendernos que las diferencias sean mayores. Blancanieves seguía casi a pies juntillas el cuento de los hermanos Grimm, pero este tiene unas veinticinco páginas, incluyendo ilustraciones, y Las aventuras de Pinocho, alrededor de ciento ochenta. Había que meter mucha tijera.

Pero la extensión no fue el único problema de cara a adaptar el libro. Collodi concibió su obra como un cuento episódico, por lo que carece de una estructura narrativa estricta. Es más, la primera mitad de lo que luego se convirtió en libro se publicó semanalmente en un periódico durante dos años, y la historia culminaba de forma infeliz con la muerte de Pinocho. La segunda mitad no se publicaría hasta el año siguiente, 1882, después de que Collodi se rindiera a las peticiones de sus lectores y resucitará milagrosamente a su personaje estrella. Esto demuestra que los fans tocapelotas existen desde siempre.

A todo lo anterior hay que añadir que el Pinocho del libro es un niño malo, desobediente, ingrato y holgazán, y para nada parecido al típico protagonista adorable que uno espera encontrar en un cuento infantil, así que Walt Disney decidió darle un carácter inocente y entusiasta, para que resultara más simpático a ojos del público.

La película costó cerca dos millones y medio de dólares, más del cuádruple de lo presupuestado y casi el doble de lo que había costado Blancanieves. Era la mayor inversión que había realizado el estudio desde que compraron una cámara de criogenización para alentar rumores y leyendas urbanas en caso de que Walt Disney muriera repentinamente.

Por desgracia, la película no recaudó todo lo que se esperaba de ella, y el estudio acabó endeudado hasta las cejas. Actores como el caballo Horacio y la vaca Clarabella tuvieron que dormir debajo de un puente. Sin embargo, el tropiezo en taquilla no se debió a una mala recepción por parte del público, sino a una pequeña eventualidad histórica de la que quizá hayáis oído hablar: la Segunda Guerra Mundial, un escollo imprevisto que jorobó la taquilla europea.

23 de julio de 2019

'Saint Seiya: Los Caballeros del Zodíaco': 21 diferencias entre la serie de Netflix y la original


El viernes pasado, Netflix estrenó la primera parte de uno de sus animes "originales" más esperados de 2019. Esperado a la par que temido. O al menos temido por un reducido grupo del público adulto que vive con la constante aprensión a que la adaptación de alguna de las series favoritas de su niñez estropee retroactivamente su infancia.

Os diré qué estropeó mi infancia: las inyecciones que venía a ponerme el practicante y los supositorios.

Saint Seiya: Los Caballeros del Zodíaco es una coproducción estadounidense-japonesa que adapta a la televisión el manga más popular de Kiyoko Arai: Pastel Yumi, the Magic Idol (Sandy, en España), que trata sobre una niña que encuentra una varita mágica con la que puede hacer realidad todo lo que dibuja.

¿No os cuadra? Pues entonces es que el tebeo en cuestión es Saint Seiya, de Masami Kurumada.

La serie de Netflix, coproducida con Toei Animation y Electric Shadow Films, es básicamente una versión condensada de la obra del famoso mangaka, pero concebida para el público americano. Y cuando digo condensada más bien debería decir espachurrada. Esta suerte de reboot resume en seis episodios los dos primeros arcos de la saga del Santuario: el Torneo Galáctico y los Caballeros Negros, que en el manga abarcan la friolera de cinco tomos y a los que incluso el anime de 1986, compartiendo formato, dedicaba quince episodios, ¡el triple que la serie de Netflix! Viéndolo por el lado bueno, puede decirse que esta nueva adaptación va al grano y los episodios se pasan volando, aunque a menudo avanza tan rápido que rompe la barreras del sonido y del sentido común.

Lo que no podemos perder de vista, sobre todo si sois de mi quinta, es que esta serie no está pensada para los señores que flipábamos en colores con el anime original cuando se emitía en TVE y Telecinco a principios de la década de 1990, sino para un público nuevo, sin canas, para chavales que no han visto Los Caballeros del Zodíaco y quizá ni siquiera la conozcan, y que, por tanto, carecen de prejuicios engendrados por la nostalgia.

Con esto quiero decir que mi opinión no vale un pimiento. Preguntadle a alguien que tenga entre trece y dieciséis años, porque es a quien tiene que gustarle.

Habiendo dejado eso claro, en esta entrada repasaré las diferencias que más me han llamado la atención respecto del manga de Kurumada, con alguna mención también la vieja serie de animación de 1986. No obstante, como esta serie adaptó con bastante fidelidad las historietas, utilizaré capturas de pantalla de la edición en DVD de Selecta Visión para ilustrar el texto.

No encontraréis todas las diferencias que hay, pero sí las suficientes para manteneros distraídos un rato mientras yo estoy de vacaciones.

9 de julio de 2019

'Cristal Oscuro', la película de Jim Henson (2ª parte)


En la entrada anterior...

Jen, el último gelfling (no prestéis atención al póster que hay sobre estas líneas), se embarcó en una misión para encontrar el fragmento perdido del Cristal Oscuro y así satisfacer la última voluntad de su padre adoptivo y, de paso, salvar el mundo.

El muchacho se dio un garbeo y encontró a la bruja y astróloga Aughra, y con ella, el fragmento del Cristal. Aughra le explicó que debía restaurar el Cristal antes de la Gran Conjunción para evitar que los skeksis mantengan su dominio sobre el mundo de Thra hasta que las ranas críen pelo. Los skeksis quieren matar a Jen porque una galletita de la suerte les dijo que sería un gelfling quien acabaría con ellos.

Unos cucarachos monstruosos a las órdenes de los skeksis localizaron a Jen y arrasaron el observatorio de Aughra, causando al joven gelfling una entomofobia galopante que le durará toda la vida. No obstante, Jen consiguió escapar de los insectos de pesadilla mientras el observatorio se quemaba hasta los cimientos. No os preocupéis por él. El edificio estaba asegurado a todo riesgo.