6 de julio de 2015

Dragon's Fury

En un mundo de fantasía oscura en el que las hordas del perverso Rey Dragón amenazan con exterminar a la humanidad, un héroe mítico lucha sin tregua contra el mal: la bola de pinball. Esférica, de brillante acero, indestructible e infatigable. Lo único que puede acabar con ella es el Vacío. Una máquina de pinball es nuestro campo de batalla en Dragon's Fury, el videojuego de Mega Drive antes conocido como Devil's Crush en TurboGrafx-16. Y en esta tierra de píxeles es donde se forjan las leyendas.

No nos engañemos. Por cómodo que sea jugar al pinball con un mando desde el sofá de casa, las máquinas de pinball auténticas, las de madera y metal cromado a las que uno podía jugar en el bar de la esquina hace menos de treinta años, tenían un encanto peculiar del que carecen los pinballs virtuales, un encanto con regusto a cerveza y olor a tabaco solo apto para mayores. Por eso, los pinballs de videoconsola tienen que hacer un esfuerzo extra para encandilar a su público y no basta con lograr que las físicas de la bola sean impecables; estos videojuegos tienen que ser originales y ofrecer el tipo de aliciente que uno jamás encontraría en un tablero real por muchos mecanismos y aparatos electrónicos que tenga. Incluso los programadores del primer pinball de NES sabían esto cuando introdujeron la pantalla de bonus en la que Mario tenía que evitar que Pauline se espachurrase contra el suelo.

Dragon's Fury no solo es bueno en el apartado técnico, sino también un gran ejemplo de lo que puede aportar un pinball de videoconsola. Gráficos grotescos y detallados, música cañera, sonidos espectaculares, jefes de fase... y un objetivo que va más allá de sumar puntos: derrotar al Rey Dragón. Si este no es uno de los videojuegos de pinball más divertidos y mejor ambientados que habéis probado, me afeito las cejas.

29 de junio de 2015

Juego de Tronos: El regalo

¡Agh! Este calor es "innormal", o sea, inhumano y anormal. Ni siquiera la nueva base refrigerante que he comprado para mi portátil impide que se me calienten las muñecas mientras escribo estas estúpidas líneas. Podría hacer un huevo frito aquí encima, ¿sabéis?

Sí, ya sé que también dije que hacía mucho calor cuando publiqué la recapitulación del quinto episodio, y eso que entonces solo estábamos a 30 ºC. Pero es que estas nuevas máximas de 41 ºC me están friendo las ideas. Solo tengo que echarme un pañuelo a la cabeza y pasearme por un parque de arena con aires amanerados para sentirme como Lawrence de Arabia en el desierto de Nefud. No creo que las madres tardasen mucho en llamar a la policía.

Mientras yo me aso en mi propio jugo y el resto del mundo celebra que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ha dado luz verde a los matrimonios homosexuales (todo lo que traiga consigo ventajas fiscales es digno de celebración), vosotros podéis ir leyendo esta entrada.

22 de junio de 2015

Juego de Tronos: Nunca doblegado, nunca roto

Lo sé, lo sé. A estas alturas, muchos habréis terminado de ver la quinta temporada de Juego de Tronos. Yo también. Pero sí leéis estas entradas, debo suponer que no es por masoquismo (aunque no tendría nada de malo, todas las visitas cuentan), sino porque os aportan algo que la serie no os aporta, ya sea humor, una reflexión sobre los acontecimientos en curso, o simplemente veinte minutos de lectura con los que matar el tiempo cuando deberíais estar trabajando. Es un fastidio que sea tan difícil arrancar el Yoda Stories en un sistema operativo moderno.

Por lo tanto, no debería importaros que termine de publicar estas entradas a finales de julio. Creo que es preferible eso a publicarlas todas de golpe sin tocar otros temas entre medias. Además, no quiero ponérselo tan fácil al comentarista del año, ese anónimo recurrente que solo sabe escribir variaciones de la frase "Otra mierda de tronos".

Lo que sí os voy a pedir es que no destripéis a otros lectores lo que sucederá en próximos episodios, porque habrá quien sea menos cagaprisas que nosotros y vea la serie con calma. No hay necesidad de hinchar las narices a nadie.

15 de junio de 2015

Kung Fury


Si me dieran un céntimo por cada uno de vosotros que me ha pedido que escriba una crítica de la película Kung Fury, tendría exactamente... tres céntimos. Ni siquiera en un plano hipotético vais a sacarme de pobre, por lo que veo.

De todos modos, ya sabéis que no suelo prestar mucha atención a los fenómenos virales ni a los trending topic de mi TL. Les echo un vistazo por pura curiosidad, ignoro en la medida de lo posible los cientos de mensajes en línea hablando del tema, espero a que la gente pase página y luego a que hablen de ello en la noticias, y a otra cosa, mariposa. Rara vez se me ocurre dedicarles un artículo.

Por eso, cuando a finales de 2013 salió el espectacular y disparatado tráiler de Kung Fury, no escribí sobre él pese a todo el bombo que se le dio en internet y la ola de entusiasmo febril que provocó. Además, en aquel momento, estaba muy ocupado sacando adelante el condenado colosal especial navideño del blog. Si no escribo yo sobre Los campanilleros de Manolo Escobar, ¿quién diantre va a hacerlo?

Sin embargo, también es verdad que siento una profunda admiración por los proyectos personales de autores relativamente desconocidos, así que, si me gustan y consiguen sacarlos adelante, procuro apoyarlos, lo que implica apoquinar por el producto y después hablaros de él hasta que me mandáis a freír espárragos.

Kung Fury es esa clase de proyecto. Y algunos me vais a mandar a freír espárragos.