28 de febrero de 2023

Jasón y los argonautas (1ª parte)

No sé si el título puede llevar a equívoco, pero, por si acaso, lo dejaré bien claro desde el principio: este artículo no trata sobre la película Jasón y los argonautas de Ray Harryhausen, sino sobre el mito del vellocino de oro. De lo que os hablaré hoy es de la historia de Jasón y los argonautas según ha llegado hasta nuestros días a través de fuentes como las Argonáuticas, de Apolonio de Rodas; la Biblioteca, de Apolodoro; y la serie de televisión Hércules: Sus viajes legendarios. Pensándolo bien, borrad ese último punto; desde que empezó a protagonizar filmes cristianos, es mejor ignorar a Kevin Sorbo. En definitiva, si al leer el título de la entrada habíais pensado en la película de Harryhausen antes que en el propio mito, culpad a la cultura popular por haberos introducido esa idea predominante en la cabeza.

El mito en cuestión se resume rápido: Jasón y cincuenta héroes griegos se embarcan en una peligrosa misión hacia la Cólquide para hacerse con el vellocino de oro y regresar con él a Grecia para entregárselo al rey Pelias, tío de Jasón.

Sin embargo, este sencillo resumen plantea al menos dos interrogantes: el primero, de dónde porras salió el vellocino de oro; y el segundo, por qué narices tenía Jasón que llevárselo a su tío. Y luego está la chicha del mito, esto es, la aventura en sí de Jasón y los argonautas, desde su partida con rumbo a la lejana Cólquide hasta su regreso a Grecia.

Hay mucha tela que cortar. O mucho vellón.

Capítulo I: El vellocino de oro

Para hablar del vellocino de oro, antes tenemos que hablar del rey beocio Atamante. Beocio, ojo, no beodo, o sea, beocio de la Beocia, la región de Grecia que cae al noroeste del golfo de Corinto. Buenos mejillones se pescan allí.

Atamante, hijo del dios Eolo, era un hombre hecho para esa sagrada unión de dos personas que conocemos como matrimonio. De hecho, le gustaba tanto que se casó tres veces. La primera de sus esposas fue la ninfa Néfele ("nube" en griego), o sea, una diosa de segunda regional. Néfele dio al rey un hijo y una hija, Frixo y Hele.

Me gustaría decir que Atamante y Néfele fueron felices y comieron perdices, pero el matrimonio se fue a pique por motivos que solo conciernen a la pareja y tal vez a su consejero matrimonial. Poco después, Atamante contrajo segundas nupcias con Ino, una princesa tebana.

Si pensáis que Disney inventó las madrastras malvadas, estáis equivocados. Ino les tenía tanta tirria a los hijos del matrimonio anterior de su esposo que ingenió un plan para desembarazarse de ellos. Y no me refiero a mandarlos a un campamento de verano con malas reseñas en Tripadvisor. Quería cargárselos, darles matarile, cometer infanticidio...

Primero pensó en echarles cicuta en los Choco Krispies, pero eso era demasiado burdo y además no provocaba daños colaterales, que eran los daños favoritos de Ino. Así que lo que hizo fue tostar a escondidas el grano de siembra del año próximo.

No sabéis por dónde van los tiros, ¿verdad? Pues veréis, el grano requemado germina regular, y cuando el pueblo se quedó sin comida que llevarse a la boca, el rey hizo lo que su mujer esperaba de él: contratar un servicio de catering. ¿No? Pues no. Lo que hizo fue mandar un emisario a Delfos para recibir el consejo del oráculo. Y aquí viene la parte clave del plan: Ino interceptó al emisario en el camino y le llenó los bolsillos de dracmas para que le dijera al rey que, según el oráculo, la única manera de poner fin a la hambruna era sacrificar a los hijos de su matrimonio anterior. Ahora sí lo pilláis, ¿eh?

A Atamante no le hacía ninguna gracia tener que matar a sus hijos, ni siquiera para recuperar el favor de los dioses; pero menos gracia le hacía asomarse a la ventana y ver a una turba de muertos de hambre con picas y antorchas. Por lo tanto, sacrificaría a sus hijos.

La noticia llegó a oídos de Néfele, que rápidamente trazó un plan de rescate. Tiempo atrás, Hermes, el mensajero de los dioses, le había regalado un carnero con vellón de oro por su cumpleaños, un animal magnífico que, aparte de bailar pasodobles y resolver crucigramas, podía volar. Néfele subió a sus hijos a lomos de este supercarnero, le dio un azote en los cuartos traseros y el animal salió volando en dirección este, para poner a los críos a salvo.

Me gustaría poder decir que el carnero dorado llevó a los niños sin complicaciones hasta un lugar seguro, pero esa historia tendría poca chicha y nos habríamos quedado sin mito. Cuando sobrevolaban el estrecho que separa Europa de Asia, a Hele le dio por jugar a Palmas, palmitas y, como el carnero no estaba equipado con sillas infantiles, la cría se precipitó al mar y se ahogó. A partir de ese momento, los griegos llamaron "Helesponto" al estrecho, que quiere decir "mar donde se hostió Hele". No obstante, según algunas versiones del mito, Poseidón rescató a la niña. Podéis quedaros con ese final feliz, si lo preferís.

Su hermano mayor, Frixo, continuó surcando los cielos a lomos del carnero y llegó hasta la Cólquide, en el extremo oriental del mar Negro y futuro destino de Jasón y los argonautas. Cuando el animal tocó tierra, lo primero que hizo el chico fue darle un fuerte abrazo .

—Gracias por ponerme a salvo, Lanitas —dijo el niño—. Te querré siempre.

Y, acto seguido, agradeció su liberación sacrificando al desprevenido carnero en honor a Zeus. Puede que esto os parezca feo, pero eso es porque os falta información. Frixo también despellejó al animal.

Por si os consuela saberlo, el espíritu del carnero ascendió a los cielos y se convirtió en la constelación de Aries. Y allá lejos, en el firmamento, aún se acuerda de Frixo y de su p*** madre.

En efecto, Mu de Aries está relacionado con el vellocino de oro.

Sin pasaporte ni dinero, Frixo se plantó en la ciudad de Ea y obsequió el vellón recién esquilado al rey Eetes para ganarse su favor.

Eetes era hijo del dios Helios y de la oceánida Perseis, y tenía dos hermanas: Pasífae, esposa del rey de Creta y madre del Minotauro, y Circe, la hechicera de la isla mítica de Eea, a quien probablemente recordaréis por su papel en la Odisea (convirtió a la tripulación de Odiseo en gorrinos y, después de limar asperezas, se pasó un año cohabitando con el héroe itacense). Circe también tendrá un pequeño papel en la historia de Jasón, pero no adelantemos acontecimientos.

Como rey, Eetes tenía fama de déspota; pero el vellocino de oro le gustó tanto que, no solo recibió de buen grado a Frixo en su corte, sino que le ofreció la mano de una de sus hijas, la hermosa Calcíope. Los griegos hacían estas cosas, no hay que intentar entenderlos.

Los percheros de palacio estaban todos ocupados, así que el rey ordenó colgar el vellocino de un roble de la arboleda de Ares, que quedaba cerca de la ciudad (pasada la rotonda, antes de llegar a la gasolinera). Quizá os preguntéis si no podía cualquiera que pasase por allí encaramarse al árbol y mangar el vellocino. Es una pregunta perfectamente válida, y sin duda esa sería una hazaña digna de ver, porque la preciosa lana estaba custodiada por un dragón. Y no era un dragón cualquiera. Era un dragón con un caso grave de insomnio. El pobre reptil lo había intentado todo para conciliar el sueño y no le funcionaba nada: valeriana, baños con agua tibia, té de lechuga silvestre... El lagarto no pegaba ojo y, por lo tanto, solía estar de muy mal humor.

El vellocino estaba a salvo. De momento.

Capítulo II: El hombre de una sola sandalia

Salmoneo, hijo de Eolo y hermano de Atamante, se erigió como rey de la parte noroccidental del Peloponeso y fundó una ciudad junto al río Alfeo a la que llamó Salmone, en tributo a sí mismo (aparentemente no tenía abuela). 

Su hija Tiro, una joven de belleza sobrecogedora, se enamoriscó del oceánida Enipeo, y, día sí, día también, se sentaba a la orilla del río Enipeo (aunque parezca contraintuitivo, los oceánidas son dioses fluviales y personifican al río al que dan nombre) para pregonarle su amor con inspiradas palabras. "Te quiero como la trucha al trucho", solía decirle.

Pero al oceánida la chica no le hacía tilín y la castigaba con su indiferencia. Sin embargo, las melifluas palabras de Tiro llamaron la atención de un dios que estaba varios escalones por encima del oceánida en la jerarquía del Olimpo. El mismísimo Poseidón, rey de los océanos, se encaprichó de la muchacha y tomó la apariencia de Enipeo para seducirla.

Aunque este tipo de engaños eran el pan de cada día en la Grecia mitológica, hasta a Poseidón debió de darle vergüenza ser tan embustero porque levantó una ola púrpura semejante a un monte para que nadie los viera mientras hacían bebés.

El fruto de este escarceo fueron dos hermanos gemelos: Pelias y Neleo. A Tiro la maternidad debió de pillarle con el pie torcido, porque abandonó a sus hijos nada más nacer. Si no los dejó en el monte, los echó al río en un cesto; pero la única versión del mito en la que no compitió por el premio a la peor madre del año es la de la Odisea, en la que Poseidón le exigió que los criase ella misma, a pesar de que el muy fulanazo ni siquiera pensaba pasarle una pensión.

Unos simpáticos animales amamantaron a los bebés (concretamente, una yegua y una perra, porque la loba estaba reservada para la leyenda romana de Rómulo y Remo) hasta que una familia de campesinos los encontró y los acogió en su hogar.

Cuando los gemelos crecieron, descubrieron quién era su verdadera madre y quisieron conocerla. Aparentemente, no le guardaban ningún rencor por haberlos dejado tirados, ya que ambos la ayudaron a librarse de los malos tratos que recibía de su madrastra Sidero, segunda esposa de Salmoneo y cuyo nombre significa "la de hierro" (vamos a asumir que la señora no tenía buen carácter). Sidero se refugió en un templo consagrado a la diosa Hera, pero Pelias la encontró y la asesinó sobre el altar, poniéndolo todo perdido de sangre. A partir de ese momento, Pelias pasó olímpicamente (nunca mejor dicho) de honrar a la diosa. Hera, rencorosa como pocas, lo incluyó en su lista negra y subrayó su nombre no una, sino dos veces. ¡Con rotulador rojo! Recordad esto, porque el papel de Hera será importante en la historia de Jasón.

El rey Salmoneo tenía un complejo de superioridad de caballo y ponerle su nombre a la ciudad que había fundado no acababa de satisfacer su enorme ego. Por lo tanto, y pese a las advertencias de su hija Tiro, se hizo llamar a sí mismo Zeus y exigió a su pueblo las alabanzas y sacrificios propios del rey de los dioses. Incluso le dio por imitar los poderes de Zeus con los medios que tenía a su alcance: unas ollas viejas atadas a su carro replicaban el sonido de los truenos mientras él arrojaba teas encendidas a los transeúntes como si fueran relámpagos. Era todo un personaje, sí.

De Zeus se pueden decir muchas cosas. Sobre todo lo recordamos por ser el señor del Olimpo y por sus sórdidas aventuras amorosas. Pero desde luego nunca destacó por su carácter sereno, y la imitación de Salmoneo le sentó a cuerno quemado, de modo, pues, que lo fulminó con un rayo para ponerlo en su lugar. Su lugar fue una urna chiquitita, porque de Salmoneo no quedaron más que cenizas. No contento con churruscar a Salmoneo, Zeus destruyó también la ciudad y con ella a sus habitantes, en castigo por seguir la corriente al rey chalado. De este genocidio, el dios solo dejó escapar a Tiro, ya que la hija del monarca había demostrado tenerle respeto o al menos temor reverencial, que, para el caso, valía lo mismo.

Tiro quedó entonces bajo la tutela de su tío Creteo, rey de Yolcos. Pasado un tiempo, se casó con él (antes había menos gente en el mundo y el incesto no estaba tan mal visto) y le dio tres hijos. El mayor de ellos fue Esón. ¿Y de quién fue padre Esón? ¡De Jasón! Parece que por fin empezamos a llegar a alguna parte.

Lo habitual sería pensar que Esón sucedería a Creteo en el trono, pues era su primogénito; pero resulta que, en la antigua Grecia, los hijos nacidos de los dioses también se consideraban herederos legítimos, y, como recordaréis, Tiro había aportado al matrimonio dos gemelos, hijos de Poseidón. Neleo se había peleado con su hermano y largado a Mesania con viento fresco, así que, al espichar Creteo, Pelias se convirtió en el nuevo rey de Yolcos.

Ahora bien, si preferís pintar a Pelias como un villano de opereta, sois libres de pensar que usurpó el trono a Esón, lo enchironó y, ¿qué sé yo?, tomó a su esposa como concubina. Esa es la versión más comercial de la historia.

Otra alternativa, a medio caballo entre las dos anteriores, es que Esón ocupó el trono, pero ordenó que, a su muerte, Pelias gobernase hasta que Jasón tuviera edad suficiente para conducir carros y beber vino de pasas. Luego Pelias le cogió el gusto a aquello de gobernar y, cuando le tocó ceder el trono, se hizo el remolón.

Sea como fuere, en algún momento de su reinado, un oráculo le sopló a Pelias que llegaría el día en que lo mataría un hombre calzado con una sola sandalia. Desde aquel instante, el rey empezó a mirar con mucha atención y suspicacia los pies de la gente. ¿Resultaba violento y embarazoso para todo el mundo? Supongo, pero eso también os lo dirá cualquier actriz que haya trabajado con Quentin Tarantino.

El clan del Pie fue injustamente investigado.

Pasaron los años y Pelias envejeció sin recibir la visita de ningún hombre a medio calzar. Mientras tanto, su sobrino Jasón se convirtió en un mozo hecho y derecho. En esta versión del mito, tomada de la Historiai de Ferécides, ni siquiera hubo malos rollos entre ellos, porque al chico le gustaba el aire libre y prefería vivir fuera de la ciudad. De hecho, la agricultura era uno de sus pasatiempos favoritos. Aún faltaban unos pocos miles de años para que se inventasen la televisión y los videojuegos, por lo que plantar hortalizas era una alternativa de ocio legítima.

Además, las labores de campo mantenían a Jasón en buena forma y eran un complemento ideal para los entrenamientos que recibía del centauro Quirón. Por si este personaje no os resulta familiar, Quirón era un centauro especialmente culto que tuteló a varias generaciones de héroes a lo largo de su vida inmortal (a la que renunció tras un accidentado encuentro con el idiota de Heracles, como vimos aquí). Si fuera el personaje de una comedia de situación, Quirón sería el típico secundario recurrente por el que el público aplaude cada vez que entra en escena. 

Un día, cuando Jasón contaba ya veinte primaveras, el rey Pelias convocó al pueblo de Yolcos para que asistieran a un sacrificio que iba a ofrecer a Poseidón a la orilla del mar. Si hacía buen tiempo, luego podían quedarse para comer paella en la playa.

Jasón no podía hacerle un feo a su tío, así que dejó los aperos de labranza y puso en marcha. Sin embargo, de camino a Yolcos, cuando cruzaba el río Anauro, perdió una sandalia.

Vaya contratiempo, debió de pensar mientras observaba su sandalia arrastrada por la corriente. Pero seguro que este incidente no trae cola.

Pero vaya sí la trajo. Cuando Pelias vio a su sobrino en la ceremonia con un pie descalzo, se acordó del oráculo y le entró una neurastenia de aúpa. Al día siguiente, convocó a Jasón a palacio y le preguntó qué haría él si un oráculo le hubiera dicho que iba a asesinarlo uno de sus conciudadanos.

Jasón le respondió que enviaría a ese ciudadano a buscar el vellocino de oro.

Esa puede pareceros una respuesta caprichosa, incluso aleatoria; pero lo cierto es que era pura inspiración divina. ¿Recordáis lo que os conté de Hera? La diosa, rencorosa como ella sola, había metido aquella idea en la mente de Jasón, porque sabía que si este emprendía la búsqueda del vellocino, desencadenaría una serie de eventos que culminarían con la inscripción de Pelias en las necrológicas.

El rey, por su parte, pensó que esa tarea pondría a su sobrino en la lista de los que dejaron de fumar definitivamente y se la encomendó sin pensárselo dos veces.

Jasón era joven y quería probarse a sí mismo, por lo que no puso pegas. Además, aunque él se las diese de modesto, aspiraba a ser uno de los grandes héroes griegos, y, por la razón que fuera, haber ganado la competición de la berenjena más grande en la feria de hortalizas del año pasado no le había dado el reconocimiento que él esperaba.

Dadle tiempo y Jasón habría acabado abriendo este negocio.

Según las versiones del mito que pintan a Pelias de tirano para arriba, algunos eventos sucedieron de otra manera. Por ejemplo, en la Pítica IV de Píndaro, los padres de Jasón fingieron que su bebé había muerto por temor a que su tío lo utilizase como tope de puerta y lo sacaron de la ciudad a escondidas. En esta versión, Jasón permaneció escondido hasta que, ya adulto, regresó a Yolcos (también calzado con una sola sandalia) y reclamó el trono. Pelias, por temor a que se cumpliese el oráculo, le contó una milonga para deshacerse de él.

—Jasón, sobrino mío —le dijo—, no te imaginas lo que me alegra que estés bien y que desees asumir la responsabilidad de gobernar Yolcos en mi lugar. Como ves, ya no soy ningún mozalbete, y, aunque para mí ha sido un honor ocupar el trono de tu abuelo Creteo durante todos estos años, he decidido que ha llegado el momento de que me retire. Ahora que todavía tengo buena salud, quisiera instalarme en una villa con vistas al mar y dedicarme a la jardinería, la apicultura o lo que sea que hacen los jubilados en su tiempo libre en estos tiempos modernos.

—Dicen que el tute está de moda —aportó Jasón, confundido por esta situación, ya que se esperaba la fuerte oposición de su tío.

—Sin embargo, no podría retirarme con la conciencia tranquila sin asegurarme de que el trono está en buenas manos —continuó el rey—. Y aunque la sangre de Creteo corre por las venas de tu padre tanto como por las tuyas, mi hermanastro tampoco es ningún chaval, así que ya había pensado en ti para sucederme.

—¿En serio? ¿No me estarás tomando el pelo porque me he presentado aquí con una sola sandalia? Se me cayó en el río y...

—Hablo muy en serio, sobrino —replicó Pelias—. Pero hay algo que no te he dicho aún. Antes de entregarte el trono, necesito que me hagas un favor.

—Ya sabía yo que habría algún "pero".

—Lo que te voy a contar ahora no lo sabe nadie, ni siquiera mi mujer —El rey se inclinó hacia delante y bajó la voz—. Anoche, después de haber tomado la decisión de cederte la corona, Frixo se me apareció en sueños.

—¡Frixo! —exclamó Jasón—. ¿El hijo de Atamante y Néfele? ¿El que cruzó el mar a lomos de un carnero dorado?

—¿Quién si no?

—Yo conozco a un pescadero de Págasas que se llama Frixo.

Pelias frunció el ceño.

—No era el pescadero —dijo, y prosiguió con su relato—. Frixo me dijo que el vellocino de oro debía regresar a la Hélade. Insistió en que su lugar está aquí, en Tesalia, no en la Cólquide en manos de Eetes.

—Y quieres que sea yo quien lo traiga de vuelta.

—Iría a por él yo mismo, pero el médico me ha prohibido viajar. La ciática, ya sabes.

Así pues, ya fuera por uno u otro motivo, Jasón se puso manos a la obra para recuperar el vellocino de oro.

Capítulo III: El Argo y los argonautas

Para llegar hasta la Cólquide, Jasón necesitaba un barco y una tripulación.

El barco no podía ser un barco cualquiera. Su construcción debía tener en cuenta la magnitud de la empresa que Jasón se proponía llevar a cabo y cumplir dos requisitos muy específicos, a saber: 1) que flotara en el agua; y 2) que no se hundiera.

La construcción de la embarcación recayó en Argos, el constructor de barcos. También era hijo de alguien, pero se me olvidó anotarlo.

—Quiero una nave que me lleve hasta la Cólquide —le dijo Jasón.

—Eso puede hacerse, sí —contestó Argos.

—Y quiero que sea GRANDE.

—Ajá, grande, bien, ajá —Argos cogió el kalamos que tenía sobre la oreja, lo mojó en el tintero y acercó la punta al papiro—. ¿Y de cuántos remos estamos hablando aproximadamente?

—Hmmm... Pues preferiría que tuviera todos los remos.

—Le pondré cincuenta.

Argos construyó la nave en el puerto de Yolcos con madera del monte Pelión. Su mano fue guiada por la mismísima Atenea, que aparte de ser la diosa de la guerra, también era patrona de las artes y las manualidades (para llegar a un público amplio, hasta los dioses tienen que aprender a diversificarse).

Como toque final, Atenea colocó un madero en la proa tomado del roble sagrado de Dodona, el oráculo más antiguo de toda Grecia, cuyas ramas comunicaban la voluntad de Zeus con no menos fiabilidad que el vuelo de un cormorán moñudo. Pero este madero no era solo sagrado y oracular; era un madero sagrado, oracular y parlante. Eso sí, nunca tenía nada que decir.

Lo único que quedaba era ponerle un nombre apropiado al navío.

—¿Qué tal Poseidón? —sugirió Jasón—. La aventura del Poseidón suena bien para un poema épico, ¿verdad?

—Sí, siempre que lo que quieras sea navegar en un cliché con remos —replicó Argos.

—¿Tienes una propuesta mejor?

—A mí me gusta Argo. Significa "veloz".

—Por supuesto. Y asumo que el hecho de que se parezca tanto a tu nombre es casualidad.

—Pura casualidad. Ni siquiera me había fijado en ese detalle.

El Argo, que en andaluz significa "algo".

Pero ¿qué es un barco sin una tripulación? Un barco con piloto automático, supongo. En todo caso, era una pregunta retórica, no un acertijo.

Jasón convocó a héroes más grandes de la Hélade para que le acompañaran en su misión. Los más bravos entre los bravos, los más fuertes entre los fuertes, los más patrocinables entre los patrocinables... Y, en su defecto, a cualquiera que tuviera tiempo libre entre manos.

Como en todo mito, la identidad de los tripulantes del Argo varía según la fuente que uno consulte. Al ser una aventura colaborativa, hay pocas escenas de protagonismo individual, así que los poetas y mitógrafos incluían en su lista a quienes fueran los héroes favoritos del público de la época. Incluso el número de tripulantes difiere de una fuente a otra, aunque la mayoría sitúan la cifra en cincuenta, más que nada para ajustarse al número de remos del barco.

A continuación tenéis un listado de algunos de los tripulantes más destacados del Argo, a los he escogido en atención a su fama, su papel a bordo del bajel (je, je, rima) o su participación en los sucesos acaecidos durante la travesía:

  • Anceo el arcadio, héroe forzudo al que todos reconocían por llevar una piel de oso y un hacha de doble filo. Como era más bruto que un arado, le sentaron en el mismo banco de remo que a Heracles.
  • Atalanta, cazadora virgen, consagrada a la diosa Artemisa. En la Biblioteca es la única mujer del grupo. En cambio, en las Argonáuticas, Jasón le dice que muchas gracias, pero que mejor se quede en su casa, no vaya a ser que le distraiga a los muchachos.
  • Cástor y Polideuces, hijos gemelos de Zeus, llamados los Dioscuros (en griego, literalmente, "hijos de Zeus"). Cástor era un gran jinete, y Polideuces (Pólux, en su versión latina), un pugilista extraordinario. Aunque sus talentos no parecen especialmente útiles a bordo de un barco, se les suele tener por los héroes más grandes de toda Grecia en el periodo anterior a la guerra de Troya.
  • Eufemo, el de los pies veloces, hijo de Poseidón. Se dice que era tan rápido que incluso podía correr sobre las aguas. ¿Has oído eso, Jesús? Correr, no caminar. Mitología griega uno, cristianismo cero.
  • Heracles, la estrella invitada. No necesita presentación.
  • Hilas, el ojito derecho de Heracles, a quien el héroe tomó como pupilo/escudero después de matar a su padre en una campaña contra los dríopes (o tras una disputa en torno a unos bueyes que se fue de madre).
  • Idmón, hijo de Apolo y dotado del don de la adivinación. De él se decía que siempre se las veía venir.
  • Peante, padre del gran arquero Filotectes. De tal palo tal astilla, pero ¿de tal astilla tal palo?
  • Polifemo, hijo del jefe lapita Elato. Aparte de llamarse igual que el cíclope de la Odisea, combatió al lado de Teseo en el conflicto entre los lapitas y los centauros (la historia es larga, pero puede resumirse en una lección: jamás invites a unos centauros a tu boda, porque luego se agarran una curda de campeonato y se propasan con las invitadas).
  • Orfeo, el músico legendario cuya voz llenaba estadios y podía embelesar incluso al dios del Inframundo. Probablemente lo recordaréis porque intentó rescatar a su esposa Eurídice de los infiernos y la pifió en el último momento por no saber seguir unas instrucciones básicas.
  • Tifis, el timonel. "Alguien tiene que pilotar este puñetero barco", dijo antes de partir.
  • Zetes y Calais, los hijos gemelos de Bóreas, dios del viento del norte, por ello también conocidos como... ¡los Boréadas! Las alas que tenían a la espalda confirmaban su ascendencia divina y nos harán replantearnos constantemente la necesidad de este viaje marítimo.

¡Jasón y los argonautas! ¡Hazte con todos!

Alistada la tripulación, había llegado el momento de partir.

Capítulo IV: El viaje de ida

Salvo que estéis puestísimos en geografía, y particularmente en la geografía de la Grecia antigua, es probable que os cueste haceros una imagen mental del trayecto que siguió el Argo. Pero, cuando empiece a referirme a ciudades y accidentes geográficos que ya no se llaman así o cuya localización actual no se conoce con precisión, me gustaría que os ubicaseis y no me que leyeseis con cara de lelos. Por lo tanto, para que nos entendamos mejor, empezaré por revelaros la ruta completa con las denominaciones geográficas actuales: el Argo salió de Volos (la ciudad griega, a unos 300 kilómetros al norte de Atenas), abandonó el golfo Pagasético, bordeó la costa de Tesalia en dirección hasta las playas de Zagora, navegó hacia el este por el Egeo hasta la isla de Lemnos, luego se desvió hacia el norte hasta la isla de Samotracia, puso rumbo sureste, cruzó el estrecho de los Dardanelos, recorrió la costa del sur del mar de Mármara hasta llegar al litoral de Bursa, navegó hacia el noroeste hasta las costas de Estambul, atravesó el estrecho del Bósforo, salió al mar Negro y recorrió la costa del norte de Turquía hasta el litoral de Georgia.

Os lo simplifico más todavía y con flechitas: Grecia (salida) → mar Egeo → estrecho de los Dardanelos → mar de Mármara → estrecho del Bósforo → mar Negro → Georgia (destino).

Si seguís sin aclararos, buscaos un mapa del viaje. Cualquiera que encontréis en internet será mejor que el que pueda dibujar yo (lo sé porque lo he intentado). Pero por favor no prestéis atención al loquísimo recorrido que hicieron a la vuelta. Ya llegaremos también a eso.

La primera parada reseñable tuvo lugar en la isla de Lemnos. Este lugar tenía antecedentes que debéis conocer para entender lo que les sucedió allí a Jasón y sus colegas. Años atrás, las mujeres de la isla de Lemnos habían descuidado el culto a Afrodita (parece ser que hasta de cantar al amor se aburre uno), y la diosa las había castigado impregnándolas con un tufo a alcantarilla y calcetín sudado que tiraba para atrás. El efecto inmediato de esta maldición fue que los maridos de las susodichas no quisieran tocarlas ni con un palo. Es más, las pusieron de patitas en la calle. Con todo, fueron los propios hombres los que buscaron una solución a este problema. Una solución para ellos. Se acordaron de las cautivas de su última campaña en la vecina Tracia y las metieron en sus lechos. Por la razón que sea, esto sentó regular a las mujeres lemnias, que confabularon para matar a todos los hombres de la isla mientras estos planchaban la oreja (solo sobrevivió el rey, a quien su hija Hipsípila puso a salvo en un bote).

Así pues, cuando Jasón y los argonautas llegaron a la isla, la encontraron habitada únicamente por mujeres. Para entonces, los efectos de la maldición de Afrodita ya se habían pasado (o quizá solo eran apreciables por las fosas nasales de los hombres oriundos de Lemnos, ¿quién sabe?, los mitos no se paran a pensar en estos detalles), y a la tripulación del Argo no le pareció mal quedarse algún tiempo en la isla y disfrutar de la compañía femenina. 

En concreto, disfrutaron de esa compañía durante un año. No, no me he equivocado al escribirlo ni habéis leído mal. UN PUÑETERO AÑO.

Los argonautas se tiraron un año entero, con sus diez meses griegos, sin dar un palo al agua (en este caso, literalmente, porque los remos del Argo estaban muertos de risa; y el mástil criaba ya telarañas). Y durante todo ese tiempo, no creáis que hicieron grandes cosas por la isla. Qué va. Los muy zánganos se dedicaron a arrugar el ombligo, comer por la cara y trajinarse a sus anfitrionas. Eso sí, a las mujeres de Lemnos les pareció bien, porque, a fin de cuentas, fue un año en el que gozaron de su protección y les dieron hijos. Tener descendencia era importante para ellas; de otro modo, ¿quién las iba a exprimir la vida y abandonar en una residencia cuando fueran mayores?

Jasón fue el más privilegiado del grupo, ya que se instaló en el palacio con la reina Hipsípila. Fruto de su cohabitación, nacieron dos hijos: los gemelos Toante y Euneo, para los que nuestro ¿héroe? fue el mejor padre ausente del mundo.

A riesgo de ser pesado, quiero insistir en que esta fue la primera parada relevante del viaje. No tenían vergüenza ni la conocían.

De entre todos los argonautas, sorprendentemente fue Heracles el primero en impacientarse y poner los puntos sobre las íes a sus compañeros. Y digo que es sorprendente porque el hombretón era tan mujeriego como su padre, el dios Zeus. Recordemos que no solo se casó cuatro veces (una después de haber muerto y ascendido al Olimpo), sino que, entre otras hazañas sexuales, dejó embarazadas a las cincuenta hijas del rey Tespio en cincuenta noches consecutivas. A lo mejor lo que no le gustaba es que su pupilo Hilas le cogiese el gusto a las mujeres y dejara de encontrarlo atractivo.

En ninguna de las fuentes que he consultado hay constancia de que los argonautas se hicieran los remolones, pero, si hubiera sido el caso, sabemos que Heracles tenía un argumento contundente para quitarle la tontería de encima al más pintado. El argumento se llamaba "garrote de olivo".

Un par de argonautas en plena búsqueda del vellocino de oro.

De nuevo a bordo del Argo, y antes de adentrarse en mares desconocidos, Orfeo aconsejó a Jasón que se desviasen de la ruta prevista para pasar por la isla de Samotracia, al norte del Egeo. Su plan era iniciarse en el culto mistérico que allí se practicaba. Total, ya habían estado un año parados en Lemnos. Está claro que prisa no llevaban.

De los dioses de Samatocracia se sabe tan poco que no nos constan ni sus nombres, pero se supone que protegían a los marineros de los peligros que podían presentarse en el mar, desde boquerones asesinos a brujas gigantes con cuerpo de pulpo. A pesar de la falta de información, eran bastante populares. Probablemente los marineros más jóvenes colgaban pósteres de ellos en sus habitaciones.

Hechas las ofrendas pertinentes, el Argo atravesó el estrecho del Helesponto (hoy, los Dardanelos) y entró en el mar de Mármara. Para tomarse un respiro de tanto remar, los argonautas desembarcaron en la orilla sur de la Propóntide, donde fueron calurosamente recibidos por los doliones y su rey, el amable Cízico.

Tras pasar la noche a gastos pagados, los argonautas subieron a una montaña para otear el horizonte y elegir qué ruta seguir a continuación. Solo unos pocos se quedaron a bordo del Argo. Fue entonces cuando llegaron a la costa los gegeneis, los "nacidos de la tierra", una raza de gigantes con seis brazos que vivían en la región y que tenían una mala leche de tres pares de narices. Supongo que eso explica la falta de turismo.

Por suerte, entre los escasos tripulantes que se habían quedado en el barco, estaba Heracles, campeón y favorito en las encuestas de opinión. Cuando las intenciones de los gigantes de atacar el Argo quedaron claras, el héroe sacó su arco de repetición y empezó a acribillar a los gegeneis uno tras otro a medida que se acercaban.

—Cuanto más grandes son... más fácil es acertarles en el ojo —dijo tras clavarle una flecha en el ojo a uno de ellos. Los héroes de acción necesitan frases lapidarias, aunque sean malas.

Heracles mantuvo a la horda terrígena a raya hasta que Jasón regresó con el resto de la tripulación para unirse a la batalla. Al rato, no quedaba ningún gigante en pie.

Los argonautas lanzaron gritos de triunfo. No hay nada como extinguir una raza de la faz de la tierra para sentirse desbordado de orgullo.

Colorida ilustración de Brendon Schumacker.

El Argo se echó de nuevo a la mar poco después de la matanza. Sin embargo, esa misma noche, un viento fuerte devolvió la embarcación al punto de partida sin que nadie se diera cuenta de lo que había sucedido.

Cuando los argonautas desembarcaron para averiguar dónde habían recalado (estaba muy oscuro e imagino que ya habían retirado los cadáveres de los gigantes de la playa), los guardias doliones pensaron que se trataba de un ejército invasor y dieron la voz de alarma. El rey Cízico en persona dirigió a sus soldados en la carga.

Los argonautas, que no tenían ni idea de quién les atacaba con semejante furor, hicieron frente a los doliones con ferocidad ciega. Digo ciega porque nadie veía tres en un burro. Solo cuando asomó la luz del día y los argonautas descubrieron la playa cubierta de doliones muertos o moribundos, se dieron cuenta de su error. El propio Jasón había dejado tieso al rey Cízico, que hacía solo un día había sido su anfitrión.

—Ups —dijo, según todas las fuentes que he consultado.

Por razones obvias, esta vez nuestros héroes no se quedaron a desayunar y partieron de inmediato.

El Argo siguió recorriendo la costa sur de la Propóntide hasta la tierra de los misios (que no simios, por desgracia). Allí desembarcaron para estirar las piernas y preparar una buena merendola.

Aprovechando este receso, Heracles, acompañado del joven Hilas, se adentró en el bosque cercano para recoger madera. La necesitaba para construir un nuevo remo, ya que hijo de Zeus se había cargado el suyo por remar demasiado fuerte. Él era así de cafre.

El caso es que mientras Heracles desenraizaba un pino a mazazos, su tutelado se alejó en busca de agua. Las galletitas que llevaban en el Argo le daban una sed...

Hilas encontró un estanque y se inclinó para llenar su jarra. Lo que nadie podía prever es que en el agua hubiera entre una y tres ninfas (los mitógrafos nunca se ponen de acuerdo en nada) ni mucho menos que se quedaran prendadas del muchacho al instante. Las hermosas deidades tiraron de él y lo arrastraron consigo al fondo del estanque. Supongo que no tardarían en descubrir cuánto tiempo podía aguantar la respiración.

"Son ustedes muy amables, señoritas, pero ya me bañé el mes pasado".

De entre los argonautas, solo Polifemo, que también se estaba dando un garbeo por el bosque, oyó el alarido de Hilas. Polifemo avisó a Heracles y ambos lo buscaron en balde durante toda la noche. Fue entonces cuando "llamar a gritos a Hilas" se convirtió en sinónimo de dedicarle tiempo a una tarea inútil, o sea, lo mismito que llevar un blog.

Pero Hilas no fue el único argonauta al que dejaron atrás. Hay un motivo por el que en las excursiones escolares los profesores siempre cuentan a los niños antes de que arranque el autobús. Los argonautas partieron al amanecer sin darse cuenta de que Heracles, Hilas y Polifemo no habían regresado. Y no penséis que se dieron cuenta al poco de partir. Eso sería mucho pedir a esta panda de anoréxicos intelectuales. A pesar de tener algunos bancos de remos desocupados y de que Heracles no pasaba precisamente desapercibido (recordemos que el tipo era enorme y vestía una piel de león), los argonautas recorrieron un buen trecho antes de pisparse de que tenían tres tripulantes menos que cuando salieron de Yolcos. O bien eran todos tremendamente despistados, o bien estaban todo el día borrachos como cubas.

Algunos argonautas manifestaron su deseo de regresar a por sus compañeros, pero otros preferían proseguir el viaje para no perder más tiempo (no como el año que pasaron en Lemnos), y, como no podía ser de otra manera, todos empezaron a discutir cada vez más acaloradamente.

Glauco, ex pescador y dios menor del mar, habitualmente representado como un sireno, salió a su encuentro y les dijo que dejasen de armar jaleo, que así no había quién pegase ojo.

—Podéis continuar vuestro viaje sin temor —les aseguró después de que se tranquilizaran un poco—. Heracles tiene aún tareas por hacer y Polifemo pronto fundará la ciudad de Cíos. No estaban destinados a concluir esta aventura.

—Y no son los únicos—dijo Idmón, resignado.

—No nos hagas spoilers (del griego σπόιλερ), adivino —le reconvino Jasón, y, dirigiéndose a Glauco, preguntó—: ¿Y el joven Hilas? Tampoco lo hemos visto desde ayer.

—Se casó con una ninfa —respondió el dios—. ¿Os suena la expresión "mujer florero"? Pues Hilas es ahora el "hombre decoración de acuario".

Estas noticias terminaron con las discusiones a bordeo del barco y los argonautas continuaron su viaje.

Glauco calentándole la oreja a Escila en un cuadro de Jacques Dumont.

La siguiente parada tuvo lugar en la tierra de los bébrices, cerca de la entrada sur del Bósforo. Allí mandaba Amico, un macarra pendenciero que desafiaba a a todos los extranjeros que pasaban por su región a luchar con él en un combate de boxeo. ¡Un combate a muerte! Pensad en la Cúpula del Trueno de Mad Max, pero sin cúpula. De hecho, pensad mejor en un combate de boxeo corriente, solo que con cintas de cuero en lugar de guantes reglamentarios. Pero la Cúpula del Trueno mola tanto que no quería que desaprovechar la oportunidad de mencionarla.

Amico, hijo de Poseidón y de una ninfa, tenía fama de ser duro de pelar; pero los argonautas contaban con la persona adecuada para enfrentarse a semejante bruto: Polideuces, uno de los Dioscuros. Aunque su fuerza no pudiera rivalizar con la del ausente Hércules, Polideuces no se achantaba ante nadie y tenía los nudillos fríos de tanto remar al aire libre, así que se ofreció voluntario para bajarle los humos al bébrice bravucón.

Los pugilistas subieron al cuadrilátero y se colocaron el uno frente al otro.

—De acuerdo, es hora de clase, hijo —dijo Amico altivo—. Vamos, levanta las manos, es hora de ir al colegio.

A modo de saludo tradicional, el bébrice descargó los puños sobre los del Dioscuro. Fue como golpear un par de rocas.

—Perderás —sentenció Polideuces.

Por primera vez en su vida, Amico sintió flaquear su confianza.

Durante el primer asalto, los rivales intercambiaron algunos golpes ligeros para medirse el uno al otro mientras el ambiente se caldeaba alrededor del cuadrilátero. Pero esa fue toda la cancha que el Dioscuro dio su rival, y, nada más comenzar el segundo asalto, castigó a Amico con un gancho de izquierda capaz de tumbar a seis elefantes adultos. El golpe acertó al rey en la sien y le dejó el cráneo hecho un puzle, matándolo en el acto.

Los bébrices, que eran una pandilla de hooligans y no prodigaban el espíritu deportivo, tomaron las armas y subieron al cuadrilátero para descalabrar al nuevo campeón. Los argonautas intervinieron al instante y el altercado derivó en una batalla campal en la que nuestros héroes (o sea, genocidas experimentados) dieron buena cuenta de los bébrices.

La vanidad de Amico fue su perdición.

Tras retomar su itinerario por el Bósforo, una ola tremebunda estuvo a punto de hundir la embarcación, pero Tifis consiguió salvar el Argo y conducirlo hasta la orilla oeste del estrecho.

—No corráis todos a darme las gracias —dijo el timonel, sarcástico, mientras la mitad de la tripulación se asomaba por el costado de estribor para echar hasta la primera papilla.

En aquella región, gobernaba el adivino ciego Fineo, al que las harpías —espíritus letales representados generalmente como aves de rapiña con rostro de mujer— perseguían sin descanso. Según las Argonáuticas, Apolo había concedido el don de la adivinación a Fineo, pero, en lugar de utilizarlo como mandaba la costumbre, esto es, dando siempre respuestas ambiguas que pudieran interpretarse de mil formas distintas, había ido contándole a todo quisqui los planes de los dioses con pelos y señales. Zeus se mosqueó con Fineo por chismoso y, no contentó con dejar al hombre más ciego que un topo, mandó contra él a las harpías, para que, cada vez que intensase llenar la barriga, le arrebataran casi todo el condumio y defecaran en lo poco que quedase a salvo de sus garras. Como ya dije antes, Zeus tenía muy mal carácter.

Deshambrido y malnutrido, Fineo prometió a los argonautas que si le echaban un capote con las harpías, él usaría sus dotes proféticas para asesorarles sobre su viaje a la Cólquide (cuáles eran los mejores restaurantes, lugares donde hospedarse a buen precio, etc.).

Después de que Fineo les garantizase que su intervención no ofendería a los dioses, los argonautas prepararon una emboscada. Esperaron a que el almuerzo de Fineo estuviera servido y, en cuanto las harpías asomaron la nariz, los Boréadas sacaron sus espadas y volaron tras ellas para darles caza. ¿Quién iba a pensar que reclutar a dos tipos con alas sería buena idea? ¿Creéis que podrían ir volando a por el vellocino de oro y así ahorrarles a sus compañeros el resto del viaje?

Los gemelos persiguieron a las harpías hasta las islas Estrófades, que, para vuestra información, están a más de 800 kilómetros del Bósforo en línea recta. Asumiendo que los Boréadas volasen a velocidad de golondrina, tardarían casi día y medio en llegar hasta allí, aunque ese tiempo podría variar ligeramente en función de si la golondrina fuere europea o africana, supongo. Incluso si su velocidad hubiera alcanzado la de las grandes aves de presa (como el águila real o el buitre orejudo), no hubieran bajado de ocho horas de vuelo. Debían tener calambres hasta en la punta de las alas.

A partir del momento en que alcanzaron a sus presas, y según a qué versión del mito nos acojamos, o bien los Boréadas desplumaron a las harpías para que no volvieran a las andadas, o bien la diosa Iris se les apareció y refrenó sus impulsos avicidas. En la versión más amigable de la historia, la mensajera divina convenció a los hermanos de que no podían apiolar a las harpías porque obraban por voluntad de Zeus, asegurándoles, no obstante, que a partir de ahora ya no fastidiarían más a Fineo.

"¿Venís a comprar cupones? Un óbolo, un cupón".

Tras regresar de su misión, Fineo compartió con los argonautas un truco para superar el reto de las Simplégades, las "rocas que chocan". También les recomendó que visitasen a los hijos de Frixo en la isla de Ares. #LifeHacks

Las Simplégades eran uno de los grandes peligros naturales de la Grecia mitológica. Se trataba de dos inmensas rocas, ubicadas en el extremo norte del Bósforo, que de vez en cuando y de forma totalmente aleatoria, chocaban la una con la otra con enorme violencia, reventando cualquier embarcación que pillasen por el camino y despachurrando a sus incautos tripulantes.

El consejo que Fineo dio a los argonautas fue que soltaran una paloma para que volara hacia las rocas. Si la paloma sobrevivía, todos debían remar como posesos para superar lo más rápido posible este inusitado accidente geográfico; en cambio, si la paloma acababa chafada como una tortilla..., supongo que tendrían que buscar otra paloma.

Las rocas chocaron en el último instante, pero la paloma exploradora consiguió pasar. Tan solo perdió unas pocas plumas de la cola y quizá algunos años de vida por el susto.

Los argonautas celebraron esta buena nueva y, tan pronto como las rocas comenzaron a separarse, remaron con fuerza para atravesar el paso. Sin embargo, no lo tuvieron fácil. El viento y la marea se pusieron en su contra, y de pronto las Simplégades reanudaron su avance inexorable, la una al encuentro de la otra. Los argonautas redoblaron sus esfuerzos a los remos y Tifis hizo auténticas cabriolas para evitar que las olas inoportunas derribasen la nave, pero no parecía que nada pudiera impedir ya el choque de las enormes rocas y el consecuente adelgazamiento de toda la tripulación. Nada, claro está, salvo el clásico deus ex machina. Y, en este caso, la parte de deus fue literal.

—¿Necesitáis que os eche una mano, chicos? —dijo una voz femenina y celestial.

Atenea, que favorecía a Jasón y, como recordaréis, había participado en la construcción del Argo, descendió del Olimpo y detuvo una de las rocas con una mano al tiempo que con la otra empujaba la nave fuera de peligro.

—¡Gracias, Atenea! —voceó Jasón—. ¡Tú sí que sabes!

—Soy la diosa de la sabiduría, ¿no? —respondió Atenea, guiñándole un ojo.

Solo la popa del Argo (también conocida en términos náuticos como pompis) sufrió algún menoscabo. Pero eso no suponía un problema, porque los daños los cubría el seguro.

"Tranquis, que pasamos de sobra. Está todo controlado".

Los argonautas recorrieron las costa norte de la actual Turquía hasta la isla de Tinias. La isla estaba deshabitada, pero no la encontraron desierta. En ella se les apareció Apolo, hijo de Zeus y Leto, hermano de Artemis, dios de la purificación y las profecías, epítome de la plenitud física y la masculinidad, patrono de la poesía y la música, y representante de los valores helénicos de la razón, la armonía y la verdad.

—Hey, ¿cómo va eso? —les dijo Apolo.

Los argonautas se postraron de hinojos, sin atreverse a mirar al dios directamente.

—¿Por qué os tiráis todos al suelo? ¿Es por mí? No os molestéis. Solo estoy de paso.

A sugerencia de Orfeo, los argonautas levantaron un altar en honor al hermoso dios y le ofrecieron algunos sacrificios. Apolo, feliz de recibir estas atenciones, les puso su sello de aprobación y el grupo continúo su viaje sin incidentes hasta la tierra de los mariandinios, donde los recibió el belicoso rey Lico.

La muerte de Ámico y sus guerreros había llegado a oídos de este monarca, y, como los bébrices eran enemigos suyos (es decir, invadía a menudo en su territorio para saquear sus viñedos y pueblos), acogió a Jasón y a los suyos con gran entusiasmo.

Lamentablemente, durante esta visita, los argonautas perdieron a dos de sus hombres. El timonel Tifis pilló una Enfermedad Misteriosa™ que lo arrastró a al tumba, y al adivino Idmón lo embistió un jabalí durante una cacería y lo dejó para engordar buitres. Tras levantar un par de túmulos en su honor, Jasón abrió un proceso de selección entre sus propias filas. El fuerte Anceo, hijo de Poseidón, ocupó el puesto de timonel, y el sabio Mopso, el de vidente y agorero.

El Argo partió y siguió su curso sin alejarse de la costa hasta pasar cerca del lugar donde yacía el héroe Esténelo, un antiguo compañero de Heracles que murió por causas naturales durante su expedición a la tierra de las amazonas (una amazona le acertó con una flecha en el hígado y, naturalmente, murió). Esténelo se aburría como una ostra en el Inframundo y anhelaba ver a héroes como él para recordar los viejos tiempos. Además, cuando se ponía melancólico no había quien lo aguantase, así que Perséfone, esposa de Hades y reina del Inframundo, le concedió unos instantes en el mundo de los vivos para que viera pasar a los argonautas y les saludase con la mano.

Hombres menos aguerridos que Jasón y sus compañeros probablemente se habrían espantado al ver a un fantasma salir de la nada para decirles "hola", pero Mopso, el nuevo adivino, les dijo que le hicieran algunas libaciones y sacrificios, y el espíritu de Esténelo les trajo buena suerte.

"En ocasiones veo griegos muertos".

Después de aquello, y como la mar estaba revuelta, los argonautas hicieron un alto junto a la desembocadura del río Termodón, donde se erigiría la ciudad de Sínope tan pronto como se aprobase el plan urbanístico. Sin embargo, no se quedaron más tiempo del indispensable. Eran conscientes de cómo se las gastaban las amazonas que vivían en esta región y preferían evitarlas. Para empezar, todos tenían muy presente la imagen del fantasma de Esténelo sonriéndoles desde la costa con un agujero de flecha en el torso.

En el último tramo de su viaje antes de llegar a la Cólquide, los argonautas desembarcaron en la isla de Ares, tal y como les había aconsejado Fineo. Allí esperaban encontrar a los hijos de Frixo, que naufragaron en esta isla cuando intentaban regresar a Grecia. Jasón esperaba principalmente que los descendientes de Frixo le contaran cuál era la situación en la Cólquide, pero además le venía bien ampliar el personal por si se producían más bajas inesperadas.

Lo que Jasón y sus compañeros no sabían es que la especie natural más representativa de la isla de Ares eran, ¡sorpresa!, los pájaros de Ares, unos avechuchos horripilantes, feroces y carnívoros, que disparaban sus plumas como si fueran flechas.

"Dos pájaros en una espiga hacen mala compañía", dijo Mopso.

"Ya echo de menos a Idmón", suspiró Jasón mientras se cubría de los proyectiles mortales con su escudo.

Anfidamante, uno de los figurantes que salían en los planos generales, sugirió probar un método parecido al que utilizó Heracles cuando espantó a estas aves junto al río Estínfalo, esto es, armar un ruido del demonio para asustarlas. Los argonautas se pusieron a berrear como cabras y a entrechocar sus escudos, y los pajarracos se marcharon aleteando con pánico hasta la farmacia más próxima para comprar ibuprofeno. Los hijos de Frixo se unieron a la tripulación.

Tras esta larga travesía, el Argo llegó a la desembocadura del río Fasis y, por fin, siguiendo el curso del río a través de la Cólquide, los argonautas alcanzaron la ciudad de Ea, donde les aguardaba el huraño rey Eetes.

Pero la aventura aún estaba lejos de concluir.

¿Conseguirá hacerse Jasón con el vellocino de oro? ¿Regresará con él sano y salvo a Yolcos para restregárselo a su tío por la cara?

Todo eso y mucho más lo descubriremos en cuanto tenga tiempo y ganas de escribir la próxima entrada. Os advierto que no será pronto. Además, le estoy cogiendo el gustillo a eso de dejar las entradas a medias y convertirlas en un chiste recurrente. ¿Quién se acuerda, por ejemplo, de mi recapitulación sobre La amenaza fantasma? Yo no, porque la escribí hace ocho años.

Mientras tanto, si os interesa la mitología griega, os invito a leer mis artículos sobre los doce trabajos de Hércules y Teseo y el Minotauro.

18 comentarios

  1. "Griegos, romanos, son todos humanos..."
    Encantada de leer esta entrada, señor Brocha, y esperando ya la segunda entrega (que promete, con hijas seducidas, hermanos descuartizados y esposas abandonadas entre otras lindezas: las telenovelas, sean turcas o venezolanas no han inventado nada). Aunque confieso que al leer el título pensaba que esto iba más de comentar la famosa película de Don Chaffey con sus inolvidables esqueletos malandrines obra del excelso Ray Harryhausen y su épica banda sonora de Bernard Hermann (reverso, por cierto, de la de Psicosis). Se echan falta más películas así, caramba, con más inocencia y sencillez, héroes buenos, y villanos más malos que la quina, a los que les dan de palos, que siempre ganan los buenos cuando son más que los malos. Hoy en día son todo cromas horripilantes, efectos por ordenador a cascoporro, estética guarry-chic, tipos llenos de traumas y de complejos y personajes repetitivos y aleatorios con menos carisma que un farol apagado, por lo tristones, y aburridos y faltos de motivaciones, más allá del ya manido "es que fulanito es malo porque está acomplejado, es que se reían de él cuando era pequeño, es que llevaba gafas...".
    Sostengo que hoy en día ya no se saben hacer películas de aventuras familiares, las dos últimas que se hicieron son las dos del Zorro con Antonio Banderas y aquella del Hombre de la Máscara de Hierro con Di Caprio, y todo éso ya pilla lejos. De las revisiones más o menos cercanas en el tiempo de historias de la mitología griega mejor ni hablar. Hoy en día tampoco se saben hacer ya películas de romanos como no se saben ya hacer películas de aventuras. Aquellos Ulises, Ursus, Macistes y Hércules (éste último, enfrentado al mismísimo Drácula-Christopher Lee en una de sus aventuras más bizarras, Hércules en el Centro de la Tierra, cuando el italogótico se fusionó con el péplum, por más que aquéllo pareciese remitir, por el título, a las novelas de Jules Verne -Julio Verne, como se decía entonces-), que recorrían el mundo peleando contra vestiglos y endriagos, hacían justicia, socorrían a doncellas menesterosas, ponían a los tiranos en su sitio y se topaban con monstruos entrañables. Qué pena que la mitología, y el mundo clásico, en general, interesen ya tan poco a la gente. Como decía Lola Flores, ahora que está tan de moda otra vez, no todo debería ser bingo. Que no sea todo números, que haya su poquito de cultura y espectáculos.
    A ver si se anima, señor Brocha, a hacernos otras entradas sobre la mitología clásica. Por ejemplo, una entrada sobre Ulises (y de paso, sus avatares por el misterioso universo del Olimpo en pleno siglo XXXI, en una de las mejores y hoy menos recordadas series de animación de los ochenta). O sobre la leyenda de Eros y Psique, tan influyente para la narrativa occidental desde tiempo de los antiguos griegos para acá como poco conocida (entre sus descendientes están desde King Kong a la Bella y la Bestia, pasando por el Fantasma de la Ópera) .

    Gracias y hasta pronto.

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    1. Para mí una buena película de aventuras, tan solo un año posterior a las dos que mencionas de 1998, sería La momia, de Stephen Sommers. La primera de La búsqueda, del 2004, tampoco está mal. Y la saga de Piratas del Caribe, con sus más y sus menos, también me parece destacable.

      En cuanto a adaptaciones de mitos antiguos, vistas algunas incursiones relativamente recientes (como el remake de Furia de Titanes o el Hércules con Dwayne Johnson), diría que mejor que no hagan más.

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    2. La Momia de 1999 (perdón, ya no se puede decir momia; ahora hay que decir "persona momificada") es, en efecto, una muy decente película de aventuras, en la onda de Indiana Jones y otros héroes de los 90 de inspiración más o menos retro o diesel-punk, tal como Rocketeer o La sombra. El problema es que, como fan acendrada que soy tanto de las versiones de 1932 con el sobrenatural Boris Karloff como de la hammeriana de 1959, con todos esos componentes de romanticismo oscuro y terror, pues me cuesta aceptarla como adaptación de una historia que conozco y aprecio (es lo mismo que me pasa con Frankenstein y tantas otras). Con la versión de Tom Cruise, ni siquiera lo he intentado. Puede llamarme rancia y antigua.
      De Piratas del Caribe, sólo puedo salvar la primera entrega, y aceptando pulpo como animal de compañía (nunca mejor dicho).

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    3. Para mí cada versión de La momia es una película diferente, con elementos comunes y su respectivo encanto. Las disfruto todas, cada una a su manera.

      La primera película de Piratas del Caribe, siendo la menos ambiciosa, es (quizá por ello) la más redonda; pero el resto también tienen sus momentos.

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  2. Pues me ha encantado el soplo de aire fresco, con este cambio de la programación habitual del blog. Sobre todo considerando que tristemente estos temas dejan la zona de comentarios más vacía que un pueblo después de que heroes griegos arramplen con todo. Al rato, saliendo del trabajo le doy una segunda lectura más con calma.
    Y podría decir que me encantaría leer todo un libro de mitología en este estilo. Pero supongo que la experiencia de tu colega S. T. Rando lo deja todo en una ilusión sin posibilidad. Como sea, esperaré la continuación o el hiato, o lo que te plazca.

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    1. Escribiría más sobre ciertos temas si tuvieran mejor acogida, esa es la verdad. Pero de vez en cuando me doy el gusto. Al menos siempre habrá un puñado de lectores agradecidos.

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  3. Tremendo trabajo de documentación (suponiendo que no te lo hayas inventado todo). La mitología griega me gusta casi tanto como la egipcia y además estoy jugando al Hades, así que estoy especialmente receptivo al tema :D

    Mola lo de dejar entradas a medias, así te aseguras de que ningún lector te asesine cual Sherezade. Para aumentar la confusión y mantenernos alerta sugiero que la próxima la empieces por la mitad.

    PD: No sé si soy yo o a la frase de la paloma exploradora le sobran palabras.

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    1. Me he documentado incluso más de lo que puede aparentar. Pero con mitos de este calado uno tiene que escoger con qué se queda.

      Y sí, a la frase de la paloma exploradora le sobraban palabras. No descarto que haya más erratas. ¡En las entradas largas parece que se reproduzcan!

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  4. Genial! Me encanta la mitologia y he disfrutado como un niño la entrada. Ojalá se hiciera una serie de mitología con los estándares de calidad de HBO o Amazon. Al fin y al cabo los guiones llevan 2500 años escritos (o 5000 para los egipcios), seguramente ya han pasado a dominio público...

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    1. Creo que podemos dar por sentado que todas estas historias están en dominio público.

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  5. Estupenda entrada, como aficionado al tema la he disfrutado como un enano y espero con ansia la continuación. Nada mejor que un poco de cultura clásica para elevar el ánimo. No puedo dejar de hacer referencia al cuatro librojuego de la serie de La Búsqueda del Grial, que Altea tradujo, errata incluída, como "El viaje del Argos", en el cual no es que fueras un argonauta, sino que ellos mismos, mediante su nueva moda llamada "democracia" como cuenta el autor, te nombraban capitán para surcar los procelosos mares buscando un método para volver con Merlín a Avalon, con descacharrantes resultados.

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    1. Espera con ansia, pero sobre todo con paciencia, por favor.

      Qué rabia no haber utilizado en esta entrada la expresión "procelosos mares", ¡con lo que me gusta a mí!

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  6. Qué interesante y bien hilado, para releer tranquilamente e ir ampliando información 😊 buen finde

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    1. Muchas gracias, buen fin de semana para ti también.

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  7. Esos tipos no aguantaban ni cinco entradas en el laberinto mortal.

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    1. ¿Hay algún detalle en concreto que te haga dudar de su competencia heroica?

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  8. He encontrado el capítulo 2 un poco caótico con tanto padre, madre, hijo, primo, rey y dios.
    ¿Que flote y que no se hunda no es exactamente lo mismo?
    En la foto del Argo de playmobil no veo los 50 remos, licencia histórica?
    Vaya dream team de tripulación, había más semidioses que humanos.
    Sin querer he prestado atención al loquísimo recorrido que hicieron a la vuelta, y solo les faltó pasar por Cuenca.
    "entre una y tres ninfas" y en la ilustración veo siete, una licencia pictórica supongo.
    Me pregunto si todo el viaje consistirá en ir desembarcando y matando a todo el que encuentren, las mujeres de la isla de Lemnos las dejaron vivas?

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    1. Sí, yo también me hago líos a veces con tanto nombre. Si estás poco familiarizado con la mitología clásica, es todavía peor.

      Que flote y que no se hunda es exactamente lo mismo, sí.

      Si no supieras contar, el Argo de Playmobil te parecería una representación fidedigna. ¿Quién es aquí el verdadero culpable?

      Las mujeres de Lemnos sobrevivieron a la visita de los argonautas, eso seguro. ¡Hipsípila incluso vivió sus propias aventuras!

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