10 de marzo de 2020

Super Mario 64


¿Por qué narices me pedís que escriba sobre videojuegos? ¡Yo no sé escribir sobre videojuegos! Lo mío es coger historias y convertirlas en una sarta de sandeces, no hablar de texturas ni utilizar palabras raras como lootear o farmear, que cada vez que las oigo pienso que quien las pronuncia está poseído por un demonio kandariano.

Dicho esto, ¿cuántos videojuegos os han marcado de verdad? ¿Cuántos os han provocado auténtico asombro y devuelto ese sentido de la maravilla reservado para los niños y los adictos a los alucinógenos? Pocos, ¿verdad? Eso es porque los videojuegos son como el sexo: cuantos más pruebas, más difícil es que te impresionen, aunque la experiencia nunca deje de gustarte (y con los años acabas volviéndote torpe y no te apetece jugar tanto tiempo, pero no iban por ahí los tiros).

Yo puedo contar los videojuegos que han conseguido sorprenderme de esa manera con los dedos de una mano: Super Mario Bros., The Secret of Monkey Island, Super Mario World, Donkey Kong Country, Super Mario 64 y The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Aparentemente tengo un dedo de más.

¡Adivinad cuál de esos juegos comentaré hoy! ¡Hay premio!

No, no hay ningún premio. Era mentira.

Así nos presentaba Hobby Consolas el Super Mario 64 en noviembre de 1996.

Super Mario 64 es un plataformas 3D de Nintendo 64 producido por Shigeru Miyamoto. El videojuego salió en Japón en junio de 1996, acompañando el lanzamiento de la nueva y superior videoconsola de Nintendo. A los Estados Unidos llégo tres meses más tarde, mientras que en Europa tendríamos que esperar hasta marzo de 1997 para jugarlo.

La concepción de un Super Mario en tres dimensiones comenzó varios años antes de su salida, concretamente en 1991, cuando Miyamoto trabajaba en el Star Fox de Super Nintendo. Su intención era utilizar el chip FX y...

Me aburro.

¿Qué tal si leéis vosotros solos la entrada de la Wikipedia y confiáis en que lo que ponga ahí sea verdad? Desde luego yo no voy a investigar para verificarlo.

Vayamos a lo que me interesa y empecemos desde el principio.

Mucho mejor.

Según metemos el cartucho en la Nintendo 64 y le damos al interruptor de POWER, vemos el colorido título del juego acompañado de un sobrio "©1996 Nintendo". Eso no es mucho más divertido que el artículo de la Wikipedia; pero inmediatamente después, sin tener que tragarnos los logotipos de cien compañías distintas, aparece la cabeza flotante de Mario sobre un fondo azulado diciéndonos "Hello!" con un ofensivo acento italiano. Como castigo por promover estereotipos peyorativos, podemos deformar las facciones del rechoncho fontanero tirándole de la nariz, el bigote, las orejas... No importa lo que le hagamos, porque Mario nunca tuvo dignidad; nadie que trabaje enseñando la raja del culo la tiene.

Supongo que la razón por la que Nintendo implementó este simulador de tortura fue para que los jugadores experimentasen con el mando de la Nintendo 64 antes de empezar la partida. Y por experimentar me refiero a acostumbrarse a aquel monstruoso y pesado armatoste cornudo al que solo Nintendo llamaba mando y que violaba cualquier pauta de diseño ergonómico.

En cualquier caso, esta fue mi primera experiencia con un videojuego en 3D, y recuerdo que me pasé un buen rato deformando la cara de Mario. ¿Cuánto tardaron en degenerar mis inocentes tirones de orejas en un intento de recrear el rostro desfigurado de la víctima fatal de un accidente de tráfico? No lo sé. Probablemente menos de un minuto. Estaba gozando como si fuera el marqués de Sade.

-M-mátame, t-te lo ruego... Piedaaaad...

Pero en algún momento habrá que pulsar ese botón de START, ¿no? Y aquí es donde comienza la auténtica diversión.

Con Super Mario 64, Nintendo dio un giro de 360 grados a todos los Super Mario que la precedieron, y esto se nota ya desde el mismo momento en que nos presentan la trama, genuinamente intrigante y compleja: la princesa Peach ha escrito a Mario invitándole a comer una tarta que ha preparado especialmente para él, pero cuando el fontanero llega al castillo para darse un festín de nata y azúcar, ¡Bowser ha raptado a la princesa!

En efecto, la historia es completamente diferente de todas las anteriores. Veámoslo:

  • Super Mario Bros.: El ejército de Koopa ha transformado a los habitantes del Reino Champiñón en ladrillos y plantas, y la única que puede liberarlos del hechizo es la princesa Toadstool (o sea, Peach). Por desgracia, el rey tortuga Koopa (o sea, Bowser), la tiene encerrada en su fortaleza. Mamma mia!
  • Super Mario Bros.: The Lost Levels: Ser derrocado y quemado vivo por un fontanero no desmoraliza al rey Koopa en lo más mínimo, así que, en la auténtica segunda parte de la saga, repite plan y vuelve a secuestrar a la princesa.
  • Super Mario Bros. 3: Bowser y sus siete hijos han convertido a los reyes del Mundo Champiñón en animales y robado sus cetros mágicos. En algún momento, la familia Koopa también se las ingenia para capturar a Toadstool.
  • Super Mario World: Para liberarse del estrés del juego anterior, Mario y sus amigos se van de vacaciones al País de los Dinosaurios. Mientras su hermano Luigi y él duermen la siesta, Bowser rapta nuevamente a la princesa.
  • Super Mario RPG: Legend of the Seven Stars: Toadstool está recogiendo flores en el jardín de Mario cuando llega Bowser a bordo de su máquina voladora y se la lleva a su fortaleza. Quizá haya un patrón en su conducta.

"He horneado una tarta para ti" es lenguaje en clave. Si se descubriera que un miembro destacado de la realeza del Reino Champiñón mantiene un tórrido romance con un fontanero italoamericano sería un escándalo.

Vale, lo reconozco: la trama nunca ha sido el fuerte de estos juegos. Pero es que las innovaciones no vinieron por ahí. Lo impresionante, lo que te dejaba huella, era JUGAR.

Cuando vi a Mario saltar de aquella característica tubería verde y caer en el patio del castillo de la princesa, sentí lo mismo que la primera vez que pisé Disney World. Solo que en este caso no tenía que tragarme colas kilométricas a treinta y ocho grados a la sombra ni hacerme fotos con drogadictos disfrazados de mascotas corporativas para que mi padre me dejase tranquilo.

Había un mundo enorme por descubrir y lo percibíamos como algo inabarcable, de una inmensidad ridícula. Comparado con videojuegos actuales, o incluso con algunos que salieron solo un par de años después, no impresiona en absoluto; pero entonces no existía nada parecido. Y si existía, supongo que ya se ocupará alguno de vosotros de recordármelo para demostrar lo poco que me he documentado para escribir este artículo.

A dónde quiero ir a parar es a que el Super Mario 64 marcó un antes y un después en el panorama de los videojuegos de plataformas. El paso de Mario a las tres dimensiones fue lo que vendió "lo último en videoconsolas".

Mi experiencia al inicio de esta aventura fue de descubrimiento, y puede que me pasase media hora correteando y haciendo piruetas por el patio del castillo, alucinado y entusiasmado. Aquella era una sensación nueva, de una libertad sin precedentes. Supe que a partir de ese momento las dos dimensiones se me quedarían cortas y jamás volvería a apreciarlas, así que me levanté de mi asiento y quemé todos mis cartuchos de NES y Super Nintendo mientras bailaba en calzoncillos alrededor de las llamas.

También pudo no pasar eso.

¡Pasemos a dar información que todo el mundo conoce!

Flipábamos con poco.


El castillo de la princesa sustituye al clásico mapa de los Mario de 8 y 16 bits, y sirve de punto de acceso común a los 15 mundos del juego. Pero, aunque a Mario le hayan invitado a esta fiesta, no podemos ir con él a donde nos dé la gana. Las salas del castillo están cerradas a cal y canto. ¿Ha embargado el Banco Real del Reino Champiñón a Peach por retrasarse en los pagos de la hipoteca? No. Lo que ocurre es que Bowser ha birlado las estrellas del castillo y está utilizando su poder para crear su propio y depravado mundo en las pinturas que decoran los muros del lugar. Cada puerta cerrada exige que reunamos un número mínimo de estrellas para poder abrirla. Y por si os lo estabáis preguntando, no, Mario no puede tirar las puertas abajo ni desmontarlas con un destornillador y un martillo pese a haber trabajado como carpintero al comienzo de su carrera profesional. Son puertas mágicas y solo se abren mostrándoles diminutas estrellas con ojos. Así es cómo funcionan las cosas en este universo de fantasía plagado de setas. Yo no hago las reglas.

En cambio, lo que sí puede hacer Mario es aprovecharse de los numerosos errores de programación y colarse a través de muros y puertas poniéndose de culo y saltando como un conejo epiléptico. Pero, claro, eso sería hacer trampa y nosotros no somos esa clase de jugadores.

Todo normal en el Reino Champiñón.

Las estrellas se consiguen normalmente superando los retos que nos plantean en cada mundo, a los que entramos atravesando los cuadros mágicos que hay colgados en las paredes del castillo.

El detalle de que los cuadros sirvieran de portales a otros mundos nos parecía muy original a mediados de los noventa, pero ahora probablemente se considere un burdo cliché. A este fenómeno le llamo deconstrucción retrospectiva de la originalidad, un término que me sirve para conseguir visitas inesperadas en el blog de gente muy sesuda.

En total hay 121 estrellas por ahí desperdigadas, y aunque solo hace falta encontrar 70 para reventarle el trasero al rey de los koopa por última vez, parte de la gracia del juego es hacerte con todas las estrellas. Es este afán de coleccionismo el que te hace querer recorrer todos los mundos palmo a palmo. A algunos les coges cariño, y a otros, tirria. Yo, por ejemplo, llegué a aborrecer el mundo aquel con pulgas en la que había que cambiar los niveles de agua. Desde entonces odio este tipo de fases con todo el ácido de mi vesícula biliar.

No tardará en estar con el agua al cuello. Perdón.

Por supuesto, un juego tan enorme como este está repleto de momentos inolvidables a los que la nostalgia nos hace volver con un brillo singular en los ojos: Mario de Metal, las escaleras interminables, la carrera contra el pingüino, el monstruo-piano fontanerófago... Pero mi recuerdo más intenso, el que me llevaré al lecho de muerte y susurraré con mi último aliento al oído del cura que me dé la extrema unción, es el del mono ladrón de la montaña escarpada.

En aquella época, años antes de terminar el instituto, mi familia y yo solíamos pasar las vacaciones en Collado Villalba, un pueblo de la sierra norte de Madrid que por aquel entonces olía a estiércol y no se parecía en nada al conglomerado de urbanizaciones con calles pavimentadas que es ahora.

Por desgracia, el televisor que había en la casa donde veraneábamos lo habían fabricado cavernícolas germanos durante el Paleolítico inferior y no tenía entrada para enchufar el euroconector de la Nintendo 64, así que la videoconsola se quedó en Madrid. Además, ese verano mis padres habían decidido hacer reforma, así que el pisito de la capital estaba hecho un percal. En particular, la habitación de mi hermano, que era donde jugábamos a la videoconsola, estaba llena de cajas y polvo; mucho, mucho polvo. Aun así, yo aprovechaba para jugar un rato al Super Mario 64 cada vez que bajábamos a Madrid, aunque mientras tanto estuviera llenándome los pulmones de ácaros, suciedad y gases tóxicos.

Uno de esos días de visita, entré por primera vez al mundo de la montaña escarpada y me topé con el mono de marras. El pequeño primate robó a Mario la gorra y huyó con ella, tan ufano. No sabía que algo así pudiera pasar en un videojuego y el suceso me dejó birojo durante unos segundos. Luego me cagué en los muertos del mono, y cualquier objetivo que tuviera en aquel momento pasó a un segundo plano. Obviamente TENÍA que recuperar la gorra.

Lo primero que ocurrió a continuación fue que me caí por un barranco persiguiendo al bandido peludo, y cuando Mario salió de golpe del cuadro (te expulsan del mundo cuando mueres), la gorra se había quedado dentro, con el mono. Lo segundo que ocurrió fue que mi madre nos dijo que ya era hora de marcharnos.

Pedí, rogué y supliqué a mi madre que esperara unos minutos. Me temo que ya por aquel entonces tenía la clase de trastorno obsesivo compulsivo que hace la vida más difícil a todo el mundo, a mí el primero. ¡No podía irme y dejar a Mario sin gorra! ¿Es que un ser poligonal de ficción no merece ni siquiera ese mínimo de respeto?

Sin embargo, mis argumentos no eran de peso, así que las negociaciones fueron cortas; duraron exactamente lo que se tarda en decirle a un crío que no.

Tuvieron que pasar al menos dos semanas para que regresáramos a Madrid y pudiera recuperar la gorra de Mario. Durante todo ese tiempo, no dejé de pensar en el condenado mono y en la forma de defenestrarlo desde el punto más alto de la montaña. Y cuando llegó la hora de la verdad, triunfé.

Quizá sea triste recordar estas experiencias como pequeños momentos de esplendor en la vida de uno, pero... Pero nada. Es muy triste. Voy a comerme un bollo.

Espero que Bowser utilice al mono para probar fármacos.

Super Mario 64 era el juego perfecto. La forma de jugar era novedosa y divertida, sus enormes y planos polígonos nos parecían obras de arte, y cada melodía que oíamos se convertía en un clásico instantáneo. Además, terminarlo te llevaba semanas, porque antes jugábamos mucho peor. Pero es que los tiempos cambian y nosotros apenas lo hacemos.

9 comentarios

  1. Ves como si que sabemos votar!
    Yo en esa época era "de PC" y mis historias van más a chino me pasé una noche entera jugando al Civilization o de cuando instale la aceleradora gráfica Voodoo para jugar al Quake.

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  2. Antes que nadie me acuse, yo no te he pedido que escribas sobre videojuegos, yo sólo te he pedido que escribas sobre series que yo he visto, a ver, que me parecería bien que escribieses sobre videojuegos que yo he jugado, pero realmente he jugado a relativamente a pocos videojuegos y la mayoría son de estrategia, y creo que no es tu genero preferido, o sea que no te voy a pedir que escribas sobre algo que no te apetece porqué luego eso se nota. A mí me gustan tus tartas de sandeces (sí, he escrito tartas en lugar de sartas).

    Totalmente de acuerdo en que te vuelves torpe con el paso del tiempo, por eso cada vez escojo juegos que no requieran demasiados reflejos, ¿A quién quiero engañar? Nunca he tenido reflejos. Creo que ya te comenté por twitter que juegos me habían marcados, no es cuestión de repetir-se por qué en Internet el espacio es limitado y no se puede repetir.

    Nunca he jugado al Mario como tal, por supuesto sé quién es, vivo en este planeta, pero la única versión de Mario que he probado es el Wario, Warioland se llamaba creo, la versión de Gameboy a todo color, me refiero a todo color verde y color negro no había más colores en esa época. O sea que esta entrada me ha dejado un poco frío a excepción de la anécdota del trauma del mono, que manera de transmitir la ansiedad señor Brocha!

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  4. Hay que ver, con lo bien que me caes normalmente y el daño que me haces cada vez que pones a Nintendo por delante de mi querida Sega.

    Si que es cierto que cuesta encontrar juegos que te marquen como cuando eras pequeño, pero aún sacan alguno de vez en cuando que me produce ese efecto. Los últimos que recuerdo han sido: What remains of Edith Finch y Return of the Obra Dinn.

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  5. Como nos puso Nintendo los dientes largos con el Mario 64 a los que optaron por Saturn o PSX.

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  6. Pues no recuerdo esa votación, así que a mi no me mires si no querías escribir de videojuegos.

    En cuanto a Super Mario 64, pues que decir, uno de los juegos legendarios de mi vida. El impacto que me llevé al pasar de las 2D de Mario Bros a las de 3D de este juegazo fue increíble. Como tu bien indicas, la libertad de moverte por donde te diera la gana era algo único. Podía pasar horas tan solo moviéndome de un lado para otro sin tener ni idea de hacia donde iba.

    Luego, descubrir cada nivel con sus particularidades y retos era genial. Uno de los que mas me gustaba era un mundo al que podías acceder por dos cuadros y dependiendo de cual escogías, lo hacía en una versión diminuta o gigantesca del mismo. Toda una genialidad. Y luego estaba el nivel del desierto, con la pirámide llena de trampas que era como estar en una peli de Indiana Jones. Ay, que gratos recuerdos me trae.

    He jugado con muchas consolas y al ordenador, pero la Nintendo 64 es la que le tengo mas cariño. Entre este Mario, el Ocarina of time y sus aterradoras intros de los jefes finales, el maravilloso gore del Turok 2, la diversión de Banjo-Kazooie, las carreras increíbles al V-Rally o los épicos duelos del Pokemon Stadium viví momentos únicos...y malgasté muchisimo tiempo de mi vida, pero bueno, es lo que hay.

    Fantástico articulo como siempre.

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  7. A mí lo que más me impactó de este juego fue ver a Mario pegando puñetazos y patadas. No es coña.

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  8. Me lo reservé para el finde y, leches ¡Cómo echada de menos estos textos! :) :) :)
    ¡Un fortísimo abrazo!

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  9. Creo que este juego ni lo he visto. Pero ni ganas, ya que considero que las 3D son el mal en los videojuegos, y tengo mis razones. La primera, y más importante, los FPS me marean, pero marearme de jugar diez minutos y tener que parar o vomito. Y segundo, que me pilló la transición del 2D al 3D siendo muy vicioso de los salones recreativos (pero mucho mucho, nivel me pasaba el Toki con cinco duros), y cuando empezaron a ponerse de moda los 3D me quitaron todas las máquinas que me gustaban y los cambiaron por sus nuevas versiones tridimensiomierdas (Tetris en 3D: existió, y era una bazofia).

    Que no digo que los videojuegos de antes eran mejores, simplemente eran los que me gustaban a mí, así pasó que la única consola que he tenido, la xbox360, le hice sangre al arcade (Super meat boy, Braid, Fez, Limbo... maravillas todas). Bueno, y el Red dead redemption y Portal 2, porque con esos no me mareo.

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