12 de septiembre de 2023

'Star Trek': las películas de la tripulación original


Me gusta Star Trek. No tengo ninguna réplica del USS Enterprise a escala 1:1000 para demostrarlo, pero nadie va por ahí diciendo que le gusta Star Trek por postureo. O al menos eso espero. Además, probablemente la mejor prueba de mi afición por esta franquicia es que, en los albores del blog, allá por el Paleolítico, escribí varias entradas sobre ella, incluyendo algunas recapitulaciones de episodios de la serie original: el de la pelea con el gorn, el de Spock descerebrado y controlado por un mando a distancia, y aquel otro en el que salía Yvonne Craig pintada de verde. No fueron muchas entradas, pero los lectores tampoco demostraron tener especial interés por el tema. Star Trek, a diferencia de Star Wars, nunca ha tenido muchos fans, al menos no en España. Incluso ahora que goza de buena salud sigue siendo una franquicia de nicho.

Sea como fuere, llevaba ya algún tiempo con ganas de volver a escribir sobre Star Trek, y después de ver la última temporada de Picard y las dos primeras temporadas de Nuevos y extraños mundos, me dio un arrebato nostálgico (eso me pasa por dejar la medicación) y decidí hincarle el diente a las seis películas de la tripulación original.

Esta entrada contiene una recopilación revisada (¡ahora quizá más con erratas!) de las reseñas que publiqué en Letterboxd a medida que iba viendo estas películas. Aparte de mi opinión, que os puede traer sin cuidado, también encontraréis algunas anécdotas e información interesante sobre la producción de cada una de estas películas. Así no podréis decirme que no habéis aprendido nada nuevo. Y si después de leer esta entrada queréis seguir profundizando en el tema, os recomiendo dos libros: Star Trek: Las películas, de William Shatner y Chris Kreski, y Star Trek: Soy Spock, de Leonard Nimoy. Ambos elevarán el caché de vuestras estanterías.

Star Trek: La película (1979)

A pesar de que Star Trek siempre será la franquicia del señor con orejas de elfo, esta película, la primera de una gran franquicia cuya calidad ha ido dando bandazos desde su origen, es una obra de ciencia ficción dura, no fantasía espacial. También lo fue su predecesora, la serie original de 1966, y lo fueron el resto de producciones audiovisuales hasta que J. J. Abrams decidió pasar Star Trek por el filtro de Star Wars. A partir de ahí, los trekkies han tenido de todo. Bueno y malo. Sobre todo malo.

Esta película, cuyo guion se recicló a partir del piloto jamás rodado de Star Trek: Phase II (una serie secuela que nunca llegó a producirse), es el Star Trek para los fans cafeteros de la ciencia ficción. Se lo toma con calma, apela a los sentidos del descubrimiento y de la maravilla, reflexiona sobre la humanidad, y tiene una banda sonora que pone el vello de punta.

Como curiosidad, en ella hay un subtexto sexual muy marcado, acaso más sorprendente en contraposición con la frialdad del filme, y que probablemente sea un eco de los ideales hippies de la década de los sesenta, los cuales forman parte del ADN de la serie original.

Para audiencias cuyo referente sea la distopía estridente, descerebrada y frenética de gran parte de las producciones que nos ha dado Star Trek en esta última década, puede resultar un filme aburrido y árido. Sin embargo, yo la encuentro, como diría el señor Spock, fascinante.

De hecho, es un milagro que la película llegara a realizarse y que además no fuera un completo desastre. En primer lugar, Paramount no quería desaprovechar el tirón de La guerra de las galaxias y de Encuentros en la tercera fase, así que el equipo tuvo que trabajar contrarreloj para que la película estuviera terminada en la fecha prevista de estreno. Apuraron tanto que el montaje que se estrenó en cines era tentativo. El director Robert Wise (sí, el mismo Robert Wise que dirigió West Side Story y Sonrisas y lágrimas) vio el montaje final solo tres días antes del preestreno y apenas tuvo tiempo de retocarlo. Es más, fue él mismo quien llevó la copia en avión desde Los Ángeles hasta Washington la noche antes. Una locura.

En segundo lugar, aunque Wise, una vez se puso al día con la serie original, entendió que Spock tenía que estar por fuerza en la película, no estaba para nada claro que Leonard Nimoy fuera a formar parte del proyecto. El actor había tenido conflictos serios tanto con Gene Roddenberry, creador de la serie original, como con el propio estudio. Por suerte, Nimoy dio su brazo a torcer alegremente cuando Paramount le pagó los derechos de imagen que le debían desde hacía la friolera de diez años.

En tercer lugar, las broncas entre Roddenberry y Harold Livingston, coautor del guion, eran terribles. Livingston llegó a renunciar tres veces desde que empezó a trabajar en la película, una de ellas durante el rodaje, harto ya de las interminables reescrituras y las manías del creador de Star Trek. Es bien sabido que Roddenberry era un hombre complicado que conseguía sacar de sus casillas a la mayoría de sus colaboradores y, aunque iría perdiendo poder con los años, en aquel momento tenía algo más que voz en la franquicia, por lo que Paramount intentaba mantenerlo contento. El problema es que se obcecaba en extremo y no era un buen escritor. Como le dijo Livingston en una ocasión: "Gene, no distinguirías un buen argumento ni teniéndolo tatuado en la punta de la p****".

Por último, también hubo problemas con las escenas de efectos especiales. El trabajo que entregó la empresa encargada de estas tomas poco antes de finalizar el rodaje no era aceptable, y hubo que contratar a otras dos empresas para que rehicieran al trabajo a matacaballo.

Por lo tanto, visto lo visto, lo extraño es que la película saliera airosa de esa batalla.

Star Trek II: La ira de Khan (1982)

Star Trek: La película fue un éxito de taquilla rotundo. Las reposiciones televisivas de la serie original habían creado una legión de fans, y estos estaban deseosos de ver nuevas aventuras de la tripulación del Enterprise. Ante este evento cinematográfico, la mayoría del público desoyó el boca a boca y las malas críticas, y fue al cine en tropel. Incluso el merchandising, que había cobrado especial relevancia desde el estreno de La guerra de las galaxias, funcionó a pedir de boca. Por lo tanto, era evidente que pronto habría una secuela.

¿O tal vez no?

Los altos ejecutivos de Gulf+Western y Paramount no ignoraban la suerte que habían tenido. Sabían que la película había funcionado por la fuerza de la propia marca, y reconocían que había mucha razón en las críticas que la tildaban de lenta (por no decir aburrida) y que los numerosos efectos especiales, aparte de costar un riñón, habían jugado en detrimento de los personajes. Además, sin ninguna garantía de repetir ese primer éxito, no estaban dispuestos a asumir unos costes de producción disparatados.

Por esa razón, el presupuesto inicial de La ira de Khan fue de solo once millones de dólares, cuatro veces menos que su predecesora. Incluso se reutilizaron tomas de efectos especiales de la primera parte para reducir gastos.

Sorprendentemente, el resultado es la que muchos trekkies consideran la mejor película de Star Trek. Mi voto va para la de las ballenas espaciales, pero "al César lo qué es del César y a Dios lo que es de Dios".

La ira de Khan es un filme de aventuras notable, y lo es a pesar de todas las dificultades que hubo para sacarlo adelante. El director, Nicholas Meyer, no solo consiguió extraer lo mejor de cinco borradores de guion distintos y ensamblarlo de forma coherente, sino que también supo acomodarlo con mucha mano izquierda a las exigencias de todo aquel que tenía voz en la producción, desde los que ponían la pasta hasta los actores más divos.

Meyer incluso le sacó provecho a los palos que puso Gene Roddenberry en las ruedas. Después de que el creador de la serie original filtrase información sobre la muerte de cierto personaje con la intención de que los fans más reaccionarios anegasen las oficinas de Paramount de cartas de protesta, Meyer, que en ese momento estaba colapsado con las revisiones del guion, comentó el asunto con el productor ejecutivo Harve Bennett. En una tormenta de ideas, se les ocurrió reubicar esa defunción prematura y llevarla al final de la historia. Así surgió la que, para muchos, es la escena más emotiva y memorable de toda la saga.

Bennett fue también quien vio el valor que tenían las relaciones entre los personajes en la serie original, y, aunque muchas ideas no cobraron forma sobre el papel hasta que Meyer se incorporó al equipo, fue el productor quien recalcó desde el primer momento que los personajes tenían que ser el eje de la historia. De este modo, el foco se pone acertadamente en los oficiales del Enterprise, cuyos actores recuperan aquí la enorme química que tenían en los mejores episodios de la serie de televisión, y también en el histriónico y maravilloso villano al que dio vida Ricardo Montalbán, que se come la pantalla en todas sus escenas.

Aunque, en La ira de Khan, la ciencia ficción pasa a un segundo plano en beneficio de la acción y del drama (el proyecto Génesis no es más que un MacGuffin y una excusa para la eventual secuela), la película también se reserva un espacio para reflexionar sobre la madurez, la amistad y la muerte, conceptos que enmarca con la primera y la última frase de esa genial novela que es Historia de dos ciudades.

Poco más se puede pedir.

Star Trek III: En busca de Spock (1984)

A diferencia de lo que decían los fanzines de la época, Leonard Nimoy no exigió que matasen a Spock en La ira de Khan. Lo que sí es cierto es que, cuando el proyecto echó a rodar tras el éxito de la primera parte, el actor tenía poco interés en interpretar una vez más al personaje. ¿Y cómo le convencieron entonces para que participase en el proyecto? Proponiéndole protagonizar una gran escena de muerte.

El conflicto surgió poco después, porque Nimoy, al igual que todos sus compañeros, había disfrutado rodando La ira de Khan y se sentía culpable por haber "conspirado" para matar a Spock, al que temía no volver a encarnar nunca. Hasta que no vio el montaje definitivo de la película, en la que se incluía un epílogo que no estaba en el guion de rodaje original y que se rodó tras los pases de prueba (la escena del ataúd en el planeta Génesis), no fue verdaderamente consciente de que Paramount le llamaría para la tercera parte.

Y, efectivamente, hablaron con él, y como Nimoy era un hombre con inquietudes artísticas (escuchad su balada dedicada a Bilbo Baggins, si no lo habéis hecho ya), fue entonces cuando decidió tomar las riendas de su destino. Si el estudio quería que volviese a interpretar al científico vulcano, tendrían que dejarle dirigir la película. El camino hasta la silla del director no fue fácil, pero consiguió lo que quería.

El resultado es solvente, y creo que debemos valorar positivamente que, pese a tratarse de una secuela directa, la película tenga personalidad propia en lugar de repetir lo que ya había funcionado antes. 

A su favor juega, por un lado, lo bien que está tratado el tema de la lealtad y la amistad, que funciona como eje y motor de la historia; y, por otro lado, la dirección de actores, que saca lo mejor del reparto. Nimoy no solo tuvo mucha mano izquierda para evitar que su papel como director perjudicase la relación que tenía con sus colegas (los demás actores enseguida se dieron cuenta de que su amigo estaba más interesado en colaborar que en dar órdenes), sino que se preocupó de que todos los miembros del puente del Enterprise tuvieran su momento especial en la película. Incluso supo manejar el ego de William Shatner para que no metiese su peluquín en escenas donde su personaje no pintaba nada.

El mayor problema de En busca de Spock es que carece del empaque cinematográfico de las dos entregas anteriores. De hecho, pese a estar rodada para la gran pantalla y contar con Industrial Light and Magic para la realización de los efectos especiales, tiene una factura marcadamente televisiva. El duelo final entre el almirante Kirk y el comandante klingon interpretado por Christopher Lloyd no es mucho más emocionante que el que tuvo con el gorn en el famoso episodio de la serie de los años sesenta, y ni siquiera la escena en la que el Enterprise se convierte en una gran bola de fuego es memorable.

Aun así, es una buena película de aventuras, coherente con su propuesta y rebosante del encanto del Star Trek clásico. Además, trajo de vuelta al señor Spock, que, para los fans, no es poco.

Misión: Salvar la Tierra (1986)

Mi afición por Star Trek no viene de lejos, pero empezó por el principio, esto es, por la serie original de los años sesenta y sus correspondientes películas. Y, desde entonces, Misión: Salvar la Tierra siempre ha sido mi largometraje favorito de la saga, incluso por encima de La ira de Khan. La película no solo funciona por sí misma, sino que es la más cercana al espíritu de la serie original. ¿De cuántas cuartas partes puede decirse lo mismo?

Paramount tenía tanta confianza en los resultados de En busca de Spock que dio luz verde a esta secuela incluso antes de que aquella se estrenase, y pidió a Leonard Nimoy que la dirigiera contando de nuevo con Harve Bennett como productor, pero esta vez sin ruedines.

Para construir la historia, se sentaron las bases siguientes: la película tenía que ser más animada y ligera que las anteriores, incluiría un viaje al pasado (igual que en La ciudad al borde de la eternidad, uno de los mejores episodios de la serie original) y, como Nimoy estaba obsesionado con las especies en peligro de extinción, el problema a resolver tendría que ver con unas ballenas jorobadas.

Por lo demás, Paramount quería que el reparto incluyera a Eddie Murphy, que en aquel momento era la estrella emergente del estudio y un gran fan de Star Trek. Al final, no fueron capaces de encajar a Murphy en el guion y su papel se transformó en el de Catherine Hicks, la bióloga marina; pero seguramente fue lo mejor que pudo haber pasado.

El resultado es una comedia de ciencia ficción tremendamente divertida, entretenida y, al menos para mí, confortable. Además, no solo el humor funciona. Los temas que trata son apropiados para una obra de ciencia ficción (al evidente componente ecológico se suma el conflicto derivado de la imposibilidad de comunicarse con las ballenas, inspirado por el relato La sirena en la niebla, de Ray Bradbury); las interacciones entre Kirk, Spock y McCoy están a la altura de lo mejor de la serie original; toda la tripulación tiene un papel que cumplir; y, como cierre de esa suerte de trilogía que conforma con las dos entregas anteriores, la película marca un hito en la historia de Spock, ya que es aquí cuando realmente sus dos mitades, la vulcana y la humana, se integran. 

En palabras de Nimoy: "Yo quería que la gente se divirtiera muchísimo viendo esta película, que se relajara, se olvidara de todo y disfrutara. Ese era el objetivo principal, y si en esa combinación conseguíamos comunicarle al espectador un par de ideas, pues mejor que mejor". 

La respuesta fue inmejorable. Misión: Salvar la Tierra atrajo a toda clase de público a las salas de cine, recibió críticas mayoritariamente favorables, y fue la entrega más taquillera de la franquicia hasta que se estrenaron las películas de J. J. Abrams. Star Trek estaba más vivo que nunca.

Y entonces llegó William Shatner y dijo que él también quería poner su "granito" de arena.

Star Trek V: La última frontera (1989)

William Shatner dice que el argumento de esta película se le ocurrió a raíz del fenómeno de los predicadores televisivos. Y es ahí mismo, en su germen, donde empiezan los problemas. La idea de que la tripulación del Enterprise, arrastrada por un fanático religioso, encontrase a Dios, no solo contrastaba con el tono cómico de la entrega anterior, sino que era conflictiva en sí misma y planteaba problemas que arremetían contra el núcleo mismo de la serie original. Harve Bennet y los ejecutivos de Paramount se opusieron vehementemente a la idea, y Shatner acabó cediendo. Sin embargo, el guion que filmaron tras convencer al actor de que muchas de sus ideas no iban a funcionar no salió mucho mejor.

La historia hace aguas de principio a fin, y, aunque hay algunas escenas bien escritas y que hacen honor a los personajes, no tardan en verse desbordadas por los numerosos momentos de vergüenza ajena, a los que solo hace sombra, en detrimento del filme, su paupérrimo clímax. La realización de Shatner es robusta (diría que incluso notable, habida cuenta de los recortes presupuestarios), pero cada vez que veo a ese "Dios" con pinta de Zordon barbudo, casi desearía que se hubiera rodado la idea original del actor, en la que el capitán Kirk y sus amigos descubrían que el diablo había embaucado a Sybok haciéndose pasar por Dios y se enfrentaban a unas gárgolas infernales en las orillas del río Estigia.

Para lo ambiciosa que era y los recortes que sufrió, no es una película horrenda, ni siquiera mala, pero sí fallida. Por lo tanto, no es de extrañar que La última frontera tuviera una acogida tibia por parte del público, recibiera algunas críticas despiadadas y durase poco tiempo en salas.

Para entender este fracaso relativo, también hay que tener en cuenta que la serie Star Trek: La nueva generación, que había empezado a emitirse en 1987, gozaba de buena salud en la televisión, así que las ganas de los trekkies de ver una película nueva de Star Trek ya no eran las mismas que cuando solo podían disfrutar de las reposiciones de la serie original. Además, ese verano le tocó competir en taquilla con un peso pesado tras otro: el Batman de Tim Burton, Indiana Jones y la última cruzada, las segundas partes de Regreso al futuro y Arma letal, etc.

Las aventuras del capitán Kirk podrían haber concluido aquí, pero, como Shatner resultó ser un director eficiente y los costes habían sido moderados, la película salió rentable. Por lo tanto, Paramount dio luz verde a una sexta parte.

Aquel país desconocido (1991)

Vivimos en una época en la que los grandes estudios están a la caza constante de nuevas franquicias que explotar con un mínimo de riesgo, por lo que si pueden hacer la misma película veinte veces con buen resultado, la harán.

En ese sentido, y echando la vista atrás, no deja de ser curioso que las películas de la tripulación original del Enterprise sean tan diferentes entre sí. Es normal que La ira de Khan fuese por otros derroteros, porque la primera película se ganó la fama de aburrida, pero, a partir de ahí, y aunque evidentemente hay muchos elementos comunes, cada película es su propia criatura. En su día, no creo que nadie se esperase que el último filme protagonizado por el reparto de la serie original fuera a ser un hábil thriller político combinado con un whodunit.

Ahora bien, el planteamiento inicial fue totalmente distinto. El productor Harve Bennet había propuesto hacer una precuela de la serie original en la que Kirk, Spock y McCoy, interpretados por actores jóvenes y no señores sexagenarios, se conocían en la Academia de la Flota Estelar y vivían su primera aventura juntos, adelantándose así en casi veinte años al lavado de cara que dio J. J. Abrams a la franquicia en 2009. Esa idea derivó en otra menos controvertida en la que Shatner y Nimoy retomaban sus papeles para enmarcar esa historia juvenil, de manera que los trekkies más intransigentes no pensasen que los clásicos iban a retirarse del todo. Además, era una buena forma de dejar la puerta abierta a distintas posibilidades: en función de cómo respondiera el público, podrían seguir haciendo películas con una generación u otra, o con ambas en paralelo.

Sin embargo, después de algunos ires y venires, Paramount acabó desechando por completo la idea. El estudio quería que la siguiente película de Star Trek fuera una secuela protagonizada por el reparto más veterano, para así celebrar el 25º aniversario de la serie original sin polémicas de ninguna clase. Y no solo quería esa película, sino que la quería lo antes posible, porque el tiempo no espera a nadie y no podían dejar pasar la ocasión.

En aquel momento, Harve Bennet, uno de los mayores responsables de levantar este universo cinematográfico, se retiró profundamente dolido y se dio a la botella. Así de duro es el negocio.

El siguiente en subirse al carro, tras la pertinente invitación a almorzar con un ejecutivo de la Paramount, fue Leonard Nimoy. Pero esta vez Nimoy no dirigiría la película, sino que se ocuparía del argumento y la producción. Tres días después ya tenía una idea sobre la que construir la trama: trasladarían la entonces reciente caída del muro de Berlín y el inminente desmoronamiento de la Unión Soviética al ficticio siglo XXIII, con los klingon en el papel del bloque comunista.

Para elaborar esa idea y dirigir la película con garantía de que se acabaría a tiempo y sin pasarse del modesto presupuesto (Paramount estaba en números rojos tras varios desastres consecutivos en taquilla), se contó una vez más con Nicholas Meyer, que firmó el primer borrador de guion con Denny Martin Flinn.

Por suerte, los roces inherentes a la producción de cualquier obra audiovisual se circunscribieron mayormente a las fases iniciales (los créditos de argumento y guion son el resultado de un acuerdo entre varias partes, ya que la productora enchufó a dos guionistas que no hicieron otra cosa que arrugar el ombligo y poner la mano), y el rodaje fue como la seda. Al fin y al cabo, todos eran conscientes de que había llegado la hora de pasar el relevo a la tripulación de La nueva generación y de que esta sería la última película clásica de Star Trek.

Lo más destacado del rodaje es que William Shatner estuvo a un tris de asfixiarse con unas magdalenas que le había sisado a DeForest Kelley para gastarle una broma (cada vez que el doctor del Enterprise metía una magdalena en el microondas, un miembro del equipo lo distraía y Shatner aprovechaba para zamparse el bollo a velocidad factorial, de modo que Kelley, que tenía ya setenta años,tea pensase que se estaba quedando gagá).

Al acierto de contratar al elegante Christopher Plummer como villano (para mí el más memorable que tuvieron las películas después de "¡KHAAAAAN!") se sumó la incorporación de Kim Cattrall como la teniente vulcana Valeris. Cattrall estuvo a punto de rechazar el papel porque pensaba que interpretaría a Saavik (a la que dio vida Kirstie Alley en Star Trek: La película), pero cuando le aseguraron que sería un personaje nuevo, se volcó en él al ciento por ciento. La actriz incluso se afeitó las patillas y media sien sin que nadie se lo pidiese para que se vieran mejor sus orejas puntiagudas. ¿Hacía falta? Ninguna, pero la mayoría de actores no están bien de la cabeza. En cualquier caso, su confrontación con Spock es uno de los grandes momentos interpretativos de la saga.

En cuanto a la película en sí, y en palabras del propio Nimoy, es "una versión simplista de El mensajero del miedo en el espacio exterior".

Aunque ello no afecta a la trama, se echa en falta la fuerza temática de las entregas anteriores. A Nimoy le habría gustado introducir una subtrama en la que el capitán Kirk acabase entendiendo mejor la cultura de los klingon, en lugar de simplemente aceptarlos; pero no encontraron la forma de encajar esa idea en el guion.

Además, hay ocasiones en las que los personajes demuestran tener unos prejuicios que nunca antes habían tenido, y, aunque podría pasar por un primer acercamiento de Star Trek a áreas oscuras que no se explorarían con rigor hasta Espacio Profundo Nueve, hay determinadas actitudes que chocan.

Probablemente, Aquel país desconocido no sea la mejor despedida que podría haber tenido la tripulación original del Enterprise, pero es una buena despedida y un cierre satisfactorio para esta etapa de la saga.

"Segunda estrella a la derecha, todo recto hacia el mañana".

12 comentarios

  1. Empecé a ver la primera y me quedé dormido. Pero no la culpo, andaba casi recién comido y son momentos difíciles. Tengo pendiente ver todas las películas.

    No es que sea fan de Star Trek, pero es una saga que merece cariño por todo lo que supuso en su momento y lo que sigue siendo hoy en día.

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    1. Yo también me he quedado roque alguna vez viendo la primera película. Su fama no es inmerecida en ese aspecto. Dale una oportunidad al resto, son muy diferentes.

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    1. Más de una vez me la han recomendado. Pero no me da la vida para ver todo lo que me gustaría.

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  3. A mi me gustan todas.
    Nota especial para el GRAN Ricardo que cobró menos que el sueldo que ganaba en la serie La isla de la fantasía y se estudió el episodio semilla espacial de la serie original.
    Nada que ver con esos terroristas fílmicos de J. J. Abrams y el otro desecho de choripanes que jodieron starwars para fakedisney.
    Geniales también Plummer, David Warner (sale en la 5 y 6 con 2 personajes distintos y también de torturador cardasiano en la serie de la nueva generación) y Christopher Lloyd con un Kruge desatado en la 3.
    Pero los klingon de la 5 también mantienen alto el pabellón.
    Mucho mejor la nota media que el total de la nueva generación (las 2 últimas les joden la nota media demasiado, aunquel as 2 primeras sean buenas).
    De la bosta restringida retardada de la concha del pelotudo del boludo JJ ni me quiero acordar.

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    1. Lo peor de las películas de La nueva generación es que convirtieron a Picard en un héroe de acción. Y el personaje no era eso.

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  4. No soy muy fan de Star Trek, pero he visto las pelis de J. J. Abrams y son entretenidas, y me tragué bastantes capítulos de la nueva generación en su día, aunque no los recuerdo con buen sabor, pero en los 90 que fue cuando los echaban por la tele tampoco había muchas series mejores, y mi criterio adolescente tampoco era muy bueno.

    Tu entrada ha servido para algo, has conseguido convencerme para que vea Misión: salvar la Tierra. Misión cumplida.

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    1. El Star Trek de Abrams tiene poco que ver con el Star Trek clásico. La nueva generación, si te saltas casi toda la primera temporada, es una buena serie de ciencia ficción con muchos episodios brillantes.

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  5. "hubo que contratar a otras dos empresas para que rehicieran al trabajo a matacaballo"

    He leído por error "a matacarallo" y me ha hecho tanta gracia que lo mismo lo adopto como expresión :D. De las pelis poco que añadir, nunca he sido muy fan y lo que más me ha interesado has sido los cotilleos de rodaje (concretamente, las magdalenas). Coincido en que la cuatro es la que más me gusta y que ya es hora de poner a yeiyei en su sitio: factura sucedáneos mediocres de productos de marcas exitosas y de mejor calidad, JJ Abrams es el Hacendado del mundo del entretenimiento.

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    1. Si la palabra "matacarallo" no existe, debería. Yo también voy a usarla. Gracias por inventarla.

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  6. Era muy pequeño y el cable muy caprichoso con su emisión de la Serie Original, la que recuerdo con cariño igual por los pocos episodios que llegué a ver. Pero con estas pelis crecí, y debo haber visto cada una mínimamente 4 veces. En latinoamérica, las pasaban cada rato por Space (apropiado). La que menos vi fue La Ira de Khan, y como usted, Sr Brocha, mi favorita siempre ha sido "La de Las Ballenas", seguida, aunque usted no lo crea, por la primera. La revelación de que la entidad era el Voyager me voló la cabeza en su momento.

    La Frontera Final es un esperpento y Aquel País Desconocido cumple, pero las mejores son las 4 primeras.

    Luego hicieron Generations que, bueno... es algo que existe.

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