14 de enero de 2020

The Witcher: De banquetes, bastardos y entierros


¡Episodio cuatro! La mitad ya de la temporada y esto aún no ha decaído. Gracias a todos los que leéis estas entradas semana a semana y, muy especialmente, a los que no sois unos vagos redomados y os tomáis unos minutos para comentar, incluido ese comentarista anónimo que cree que estas entradas son una chapa.

Si seguimos a este ritmo, calculo que llegaremos al último episodio justo antes de San Valentín o, a más tardar, en la segunda quincena de febrero. La segunda quincena de febrero del año 2026, quiero decir, justo a tiempo para presenciar el verdadero amanecer del planeta de los simios. Todo depende de los astros y de energías cósmicas que me inventaré sobre la marcha y a mi conveniencia.

El cuarto episodio de la serie, aparte de ser clave en el Gran Esquema de las Cosas™, me parece bastante bueno, quizá entre los ocho mejores de la temporada, aunque, como todos, tiene sus taritas.

La parte de Yennefer es breve, pero intensa, y aprovecha a tope el rodaje en exteriores; sin embargo, da la impresión de que se han saltado parte del arco de transformación del personaje y su evolución renquea. La parte de Geralt es una fiel adaptación del relato Cuestión de precio, y los pocos cambios introducidos por Schmidt y De Barra ayudan a que la historia encaje mejor en el conjunto de la temporada, aunque esta trama no se libra de algunos momentos vergonzosos. A Ciri por fin le pasan cosas, y eso está bien.



Año 1240. En el camino a Lyria y en un montón de lugares indeterminados


Han pasado treinta años nada menos desde la última vez que vimos a Yennefer, y después de todo ese tiempo la hechicera parece estar de vuelta de todo, frita de la vida en la corte de Aedirn.

Y a pesar de todos los saltos espaciales que daremos en unos instantes, atravesando un portal mágico tras otro, el brinco más grande del episodio es el que pega la hechicera entre este episodio y el anterior. Hace tan solo una semana, dejamos a Yennefer en su momento de máxima pompa y esplendor, bailando con el rey Virfuril y con un prometedor futuro por delante como hechicera del monarca. Había luchado y sufrido por llegar hasta ahí (pocas mujeres habrán visto su útero sin necesidad de que les hicieran una radiografía), y se había llevado el premio gordo. Sin embargo, en este episodio, sin comerlo ni beberlo, pasamos directamente a acompañar a una Yennefer desencantada con la vida.

Quizá el personaje habría ganado si hubiéramos visto el punto de inflexión entre esos dos momentos, el instante, aunque fuera breve, en que la ilusión se trocó en decepción. Cualquier puede deducir que algo ha pasado para que Yennefer empiece a consumir antidepresivos, pero, para ayudarnos a conectar con el personaje, hacía falta mostrárnoslo. Y no era complicado hacerlo. Habría bastado, por ejemplo, con incluir una escena en la que Yennefer entrase a una reunión del consejo con ganas de demostrar cuánto vale, y que el rey y sus consejeros no solo ignorasen sus sugerencias, sino que, con ademán parternalista, la encomendasen alguna tarea de chichinabo.

Pero no. Lo que haya pasado entre episodios nos lo tenemos que imaginar cada uno de nosotros en nuestra casa. Alternativamente, y como, pese a su aspecto de veinteañera, Yennefer ya va camino de cumplir los cincuenta, podemos deducir que su cambio de carácter es cosa de los años y empezar a pensar en ella como esa señora que se cuela en la cola del supermercado y te dice con todo el papo del mundo que no te había visto.

Sea como fuere, su actual encargo como escolta de la reina Kalis de Lyria la aburre soberanamente. Por eso, apenas presta atención al parloteo incesante de su compañera de viaje acerca de la baja estima en que la tiene su esposo, que la considera poco más que una máquina de hacer bebés. El rey, dice Kalis, está frustrado porque aún no le ha dado un hijo varón, y a ver qué hace uno con tanta cría en una sociedad medieval, aunque sea de fantasía. Casarlas o meterlas en un convento cuesta sus buenos lereles. Es una ruina.

Kalis, a la izquierda, parloteando sobre su prole; Yennefer, a la derecha, deseando no tener hijos nunca jamás.

Afortunadamente para nosotros, el viaje se anima cuando el carro se detiene de golpe por una causa desconocida. Desconocida y alarmante.

Fuera se oyen gritos, alaridos, el sonido de cuchillas cortando carne, salpicaduras de sangre, la tuna cantando coplas murcianas... Un concierto en clave de escalofriante escabechina al que los chillidos de la asustada reina Kalis y los llantos de su bebita sirven de coro.

Yennefer sale del carro (cualquiera aguanta a esas dos ahí dentro) y ve a toda la escolta real holgazaneando en la nieve. La mayoría han perdido entre una y cuatro extremidades, y los peor librados están partidos en dos, con las tripas desparramadas por el suelo. Cualquier excusa es buena para no dar un palo al agua. Hasta los caballos se han tumbado a la bartola.

Esto parece obra de una mente perturbada, probablemente un vegano.

Pero no toda la escolta real está haciendo dibujos en el suelo con sangre y vísceras, en una imitación macabra del manitas de Art Attack: uno de los guardias ha sobrevivido ileso a la masacre. Eso sí, tiene cara de parguela, así que le auguro una vida corta y sin continuaciones.

Yennefer sigue la pavorida mirada del guardia hasta el autor de esta carnicería: un mago con la cara tatuada, disfrazado de asesino del Assassin's Creed y que, sin duda, se mola demasiado a sí mismo. Pero lo que llama la atención no es el individuo en sí, sino su mascota: un cucaracho mutante, del tamaño de un mastín, con largas antenas, muchos dientes afilados, el tórax erguido como el de una mantis y las patas delanteras afiladas como cuchillos albaceteños.

El krallach, pues así se llama esta hermosa criatura, es una creación original de la serie, idea del guionista y devorador de almas Declan de Barra, que un día se levantó con ganas de inventarse monstruos; creo él les llama lunes.

Van a necesitar un bote extragrande de Cucal para exterminar a este bicho.

Bonita estampa para la carátula de un álbum de heavy metal.

Tras un meditado y concienzudo análisis de medio segundo, Yennefer sugiere a la reina Kalis que pongan los pies en polvorosa y, sin esperar una respuesta, echa ella misma a correr. Kalis la sigue de cerca y el guardia tampoco se queda atrás. Como decía Terry Pratchett, la vida es un hábito difícil de dejar.

El asesino manda al cucaracho mutante tras el grupo.

Yennefer abre un portal antes de que el bicho los alcance y todos los cruzan sanos y salvos, dando con sus cuerpos serranos en mitad de las Dunas de Maspalomas, en Gran Canaria.

Reflexionando sobre los sucedido, Yennefer llega a la conclusión de que el marido de Kalis debe de haberse cansado de que no le dé un hijo varón y ha decidido divorciarse por la vía expeditiva. Lástima que la ciencia del Continente no sea capaz de explicar que a lo mejor el problema lo tiene él y no ella. No sería el primero al que el boli le pinta rosa.

Antes de que puedan recuperar el aliento, el asesino aparece sobre una duna con su mascota infernal.

"Holiii", dice con la mirada.

Es más pesado que una vaca en brazos.

Yennefer abre otro portal y corren hacia él. Al guardia no le da tiempo a llegar y el bicho le traspasa la cabeza como una aceituna rellena.

-¡No corran, señoras! ¡Solo quiero hablarles de nuestro señor Cthulhu!

Yennefer y Kalis aparecen en un pueblo desconocido en el que, para mayor contraste y efecto dramático, está diluviando. La hechicera empotra a la reina contra una pared y empieza a quitarle joyas y trapos, convencida de que el rey le ha colocado encima un GPS. A Yennefer no se le pasa una. Ya le habría gustado a Josh Brolin pensar así de rápido en No es país para viejos.

Sin embargo, antes de que pueda encontrar el GPS, el asesino las asalta de nuevo.

"Holi, holi".

Yennefer ralentiza al insecto homicida con una mano y al mismo tiempo crea un portal con la otra mano para largarse de allí echando virutas.

-Lo tengo detrás, ¿verdad? No me contestes.

Las dos mujeres, con la bebita por suerte aún ilesa, aparecen en lo alto del Roque Nublo. El tour lo patrocina el cabildo de Gran Canaria.

Kalis empieza a despotricar sobre lo incompetente que es Yennefer y la llama "bruja inútil". El calificativo no es gratuito, ya que la hechicera debería haber previsto que un mago asesino con una cucaracha atómica las asaltaría en mitad del camino para asesinar a la reina por no haberle dado un heredero varón a su marido. Era obvio.

Igual que es obvio que el asesino volvería a encontrarlas. El tipo ha debido entrenar durante años buscando a Wally. Quizá incluso sea una de esas personas que siempre sabe dónde ha dejado las llaves.

Yennefer, irritada y cansada de la persecución, se yergue en toda su altura (Anya Chalotra no llega al metro setenta, pero ahí queda eso igualmente), extiende las manos para invocar las fuerzas del caos... y se larga de allí a través de un portal. Ella sola y consigo misma.

Para mayor impacto humorístico, solo falta el matojo rodante.

Planteándose en qué momento la cagó en su vida (pista: leed los párrafos anteriores), Kalis suplica al asesino que no la mate.

"Puedo darle un niño", dice.

"No cuela. Tu mucosa cervical es demasiado ácida y eso repele a los espermatozoides con el cromosoma Y", dice el asesino con la mirada.

Desesperada, Kalis le propone una última alternativa: que acepte a su propia hija como sacrificio. Nunca aspiró a conseguir el premio a la madre del año.

En cualquier caso, el asesino no está allí para juzgar la moralidad de nadie, sino para hacer su trabajo y emitir la correspondiente factura, así que rebana sin más el pescuezo a Kalis con una daga lanzada con telequinesis.

Me pregunto si la actriz que interpreta a Kalis sería una de las muchas que se presentaron al casting para el papel de Triss Merigold. Por el color de su pelo, probablemente a muchas personas les habría encajado mejor que Anna Shaffer en el rol de la juvenil hechicera. Pero ahora la actriz solo es una muesca más en la lista de secundarios prescindibles que nadie recordará la semana que viene.

El cucaracho hormonado se acerca a la bebita y alza su afilada pata para convertirla en un shish kebab.

Oh, no. Todo está perdido. ¿Quién la salvará ahora? Ya no queda nadie que pueda ayudarla.


En un giro que se veía venir desde las antípodas, Yennefer regresa, decapita al insecto del averno y se enfrenta al asesino con todo su poder. Insertaría de nuevo el gif de Palpatine lanzando rayos y gritando "¡¡¡¡PODEEER ILIMITADOOOO!!!!", pero no quiero abusar de este magnífico recurso; ya habrá momentos mejores.

Por desgracia, Yennefer aún no ha alcanzado el nivel necesario para enfrentarse a este enemigo y se ve obligada a tomar las de Villadiego.

Rápidamente, abre un portal, recoge a la cría como si fuera un balón de rugby y corre con ella hacia el portal.

Pero la mala suerte la persigue y, antes de que puedan atravesar el portal, una daga lanzada con telequinesis y, sobre todo, mala baba se le clava en el romboide mayor. Ay, con lo que duele el romboide.

Antes de ver la serie, jamás habría pensando que un enfrentamiento de magos consistiera en levantar polvo.

Yennefer aparece con su fardo viviente en la costa canaria, no muy lejos de la playa de Guayedra.

Luchando contra las olas, la mujer alcanza la playa y se deja caer sobre la arena negra, exhausta. A no ser que hayan llegado a Amity Island, por fin están a salvo.

La hechicera se pone una tirita en la herida, que, por suerte, apenas era un rasguño; reemplaza su vestido roto y empapado por un conjunto coquetón de bikini, pareo y pamela; compra gafas de sol y crema solar para la bebita; y se sienta con ella en un chiringuito a beber piña colada y disfrutar del sol.

"Me encanta que los planes salgan bien", le dice a la niña, guiándole un ojo.

O tal vez lo que ocurrió fue que la bebita palmó con tanto ajetreo y Yennefer, rota por dentro, le dijo que había tenido suerte porque ahora ya nunca sabría lo dura que es la vida para una mujer.

Lo que no se ve en esta imagen: buitres sobrevolándolas.

Podéis elegir la versión que más os guste. La mía tiene música caribeña.

* * *



Año 1249. En una taberna


Un fanegas barbudo, sucio y magullado, con aspecto de ser el último superviviente de un reality selvático, comparte con unos cautivados parroquianos la historia de cómo el Lobo Blanco se enfrentó con aplomo a una selkiemaw que se había zampado a todos los habitantes de su pueblo.

"Se quedó en mitad de aquel lago helado, como si supiera lo que venía a por él. El hielo se requesbrajó, ¡y la selkiemaw emergió!".

Os resumo cómo sigue: la bestia engulló al brujo como si fuera un vulgar berberecho.

La selkiemaw, por cierto, no es un monstruo que vayáis a encontrar en los libros ni en los videojuegos, ya que se creó específicamente para la serie. En principio, estaba incluso previsto que viéramos a Geralt combatir contra la criaturilla; pero Netflix no se rascó el bolsillo y acabaron descartando la escena. Ahora el combate lo cuenta un gordo barbado. No obstane, De Barra compartió en Twitter algunos detalles del combate e incluso un par de bocetos:


El bardo Jaskier no para de tomar notas, entusiasmado con la cantidad de detalles que da el hombre sobre lo sucedido. A Geralt cuesta arrancarle algo más que gruñidos.

En ese preciso instante, dotado de gran oportunismo dramático, Geralt entra en la taberna, pringado de arriba a abajo de apestosas tripas de monstruo. El brujo rajó a la selkiemaw desde dentro, como en una versión ultraviolenta del cuento de Jonás y la ballena, y ahora reclama su recompensa. Si además le dejan una o dos toallitas para limpiarse toda esta cochina mugre, las aceptará encantado.

Jaskier, recientemente diplomado en relaciones públicas brujiles, engatusa a Geralt para que le acompañe al banquete en el que se decidirá el futuro marido de la princesa Pavetta, hija de la reina Calanthe de Cintra. El bardo está invitado y teme que también acuda al convite algún que otro marido cornudo al que le encantaría estrujarle el pescuezo hasta que sirva como cuerda para su laúd, así que, como le tiene aprecio a su integridad física, considera oportuno acudir con un guardaespaldas.

La extraña pareja golpea de nuevo.

Geralt no presta atención al asunto hasta que su latoso compañero pronuncia las tres palabras mágicas: comida, mujeres y vino. Los brujos son como nosotros.


En el palacio de Cintra


Después de asegurarse de que Geralt está presentable y no huele a marisco pasado (lo cual conlleva enjabonarle sin intenciones eróticas y renovar su vestuario para que pase más desapercibido entre la nobleza), Jaskier se presenta con su guardaespaldas voluntario en el gran salón del castillo.

Sin embargo, las pintas de noble pelagatos que lleva el brujo no evitan que Myszowor lo reconozca.

El druida saluda a Geralt a voces, refiriéndose a él como "el poderoso brujo" y la mitad de los presentes lo miran con curiosidad. Tampoco es que la peluca blanca y los ojos amarillos le ayudasen a mezclarse entre la multitud.

-Lobo Blanco, no te veía desde la peste.
-¿Qué peste?
-La que dejaste en el cuarto de baño, escorbuto de la boñiga.

Cuando conocimos a Myszowor en el primer episodio, el druida era consejero de Calanthe y tutor de Ciri, pero, en este momento, más de una década atrás, ha acudido al convite con la delegación de Skellige, de la que también forma parte Eist Tuirseach, futuro marido de Calanthe y abuelo de Ciri.

Entiendo que a más de un espectador le líen los saltos en el tiempo. A mí no, porque ya venía sabido de casa después de haberme releído los dos primeros libros de la saga. A pesar de eso, me parece que la estructura de la serie, pergeñada con torpeza, introduce una complejidad innecesaria en la historia. A estas alturas sigo sin ver qué ganamos con una narración no lineal, copiada del Dunkerque de Christopher Nolan. Más allá de conocer antes a Yennefer y Ciri, todo lo que consigue este embrollo temporal es confundir a una parvada de espectadores .

Myszowor le comenta a Geralt que Eist y Calanthe llevan rondándose desde que murió el primer marido de la reina y que todo este sarao es una pantomima, porque ya se sabe que la Leona de Cintra escogerá como marido para su hija al recio y garañón Crach an Craite, sobrino del rey Bran de Skellige. De esta manera se forjará una alianza duradera entre Cintra, la mayor potencia en el norte, y Skellige, que tiene una flota de barcos de Playmobil a gran escala y un montón de brutos isleños para gobernarlos.

Lástima que dentro de unos años esos barcos no lleguen a tiempo para luchar contra Nilfgaard. Deberían haber consultado el parte meteorológico antes de partir. Hubieran visto que se preveía una terrible tormenta provocada por la magia negra de una hechicera rencorosa.

A modo de parentésis cómico, Geralt libra a Jaskier de un marido que no tendría más cuernos ni tomando suplementos de calcio. El brujo explica al buen hombre que no es posible que fuera el "culo granudo" del bardo el que vio huir de la cama de su esposa, porque su amigo sufrió un accidente con un buey cuando era un niño y sus partes pudendas estuvieron directamente implicadas en el conflicto. La noche no ha hecho más que empezar.

Esperanza de vida en aumento. Reputación en descenso.

Los trompeteros anuncian la llegada de Calanthe de Cintra, que entra al comedor como la leona que es, con la armadura puesta, salpicaduras de sangre en el rostro, y más ovarios que una reina vikinga.

Más tarde, cuando se quite la armadura y se embuta en un vestido pomposo, soltará la frase "Odio estas ropas. Preferiría seguir llevando mi armadura", que debe de ser el cliché más obvio que puede escribirse sobre el empoderamiento femenino sin ánimo de ser irónico. Pero a mí me gustaba Xena, así que...

La Leona de Cintra coge una jarra de cerveza al grito de "¡Cerveza!" y pide disculpas a sus invitados por la tardanza; se ha entretenido recordando a un par de aldeas del sur "quién manda aquí".

Sus huéspedes la vitorean. A mí desde luego que resuelva sus problemas con violencia me da mucha tranquilidad por las noches.

Quién fuera baldosa para ser pisado por esta señora.

Geralt interviene en la disputa de Crach an Craite con otro pretendiente acerca del aspecto de una mantícora (que obviamente ninguno de los dos ha visto en su vida) y la resuelve, por deferencia a Jaskier, con un tacto poco habitual en él. Además, cuando le preguntan por su aventura con los elfos en el confín del mundo, cuenta la patética verdad: que los elfos lo capturaron y Filavandrel le perdonó la vida. Su único triunfo fue no cagarse encima.

Calanthe, impresionada por la honestidad del famoso Lobo Blanco, le dice que se siente a su lado mientras se cambia, lo cual, sobre todo en inglés ("Take a seat by my side while I change"), se puede interpretar de dos formas, o bien como que el brujo ocupe la silla que está al lado del trono mientras ella va a cambiarse, o bien como que la acompañe a sus aposentos y esté presente mientras ella se cambia. Y por la expresión con la que mira a Geralt, la insinuación es intencionada.

Este momento del episodio me ha inspirado para escribir un breve poema:

El brujo levanta pasiones
entre reinas y pendones.
Con su honestidad engatusa
desde Cintra hasta Aretusa.

Algún día mis versos adornarán un baño público.

😏💕

😒

Una vez sentados, Calanthe, que detesta estos tinglados aunque sean necesarios, encuentra consuelo e incluso cierta satisfacción en la conversación de Geralt, con el que parece empatizar en la simplicidad con la que ambos afrontan la vida matando monstruos. Más simple no sé, pero que matar monstruos es más entretenido que la vida corriente y moliente es evidente. Cada vez que reviso, por ejemplo, las facturas del agua, el gas, internet, etc., siento que me desangro poco a poco y me muero por dentro. Ojalá no fuera tan propenso a cortarme abriendo sobres.

La reina, curiosona, pregunta al brujo por qué quedan tan pocos de los suyos.

Geralt le contesta que no es posible crear más como él desde el saqueo de Kaer Morhen, hogar y fortaleza de los brujos desde los tiempos de Maricastaña. Además, en la narrativa de ficción, "uno de los últimos brujos" suena mil veces más interesante que "tenemos brujeros hasta en la sopa".

Voy a abrir un club de fans de las caras que pone Jodhi May en The Witcher.

De repente, un caballero cubierto con armadura de pies a cabeza entra en la sala y se abre paso a la fuerza entre los guardias hasta la mesa de Calanthe, ante la que hinca la rodilla.

Pese a su impetuosa entrada, el caballero asegura que viene "en son de paz". Pero lo mismo decían los marcianos de las películas de ciencia ficción de los cincuenta y luego freían a los incautos con sus pistolas de rayos electrizantes, así que fíate tú de los visitantes inesperados.

El caballero se presenta como lord Erizo de Erlenwand y dice que ha venido para reclamar la mano de Pavetta. Así, sin vaselina ni nada.

La cara de la princesa es un poema, y es difícil adivinar qué pensamientos cruzan su cabeza en este preciso momento. No lo he mencionado antes, pero la pobre muhé lleva casi todo el banquete padeciendo en silencio y con ojos de pelar de cebollas. Por alguna razón, esto del matrimonio de conveniencia, tan medieval y poco romántico, no la entusiasma.

Calanthe, con una rabia mal contenida que da que pensar, ordena al visitante que se quite el casco para que puedan verle la jeta.

Erizo le contesta que su juramento de caballero le impide revelar su rostro hasta medianoche. Para poner esa birria de excusa, también podría haber dicho que un graciosete le había pegado un chicle dentro del casco y no puede quitárselo.

Eist no se anda con rodeos y le arrea una colleja al recién llegado que le salta el casco de golpe, revelando que lord Erizo de Erlenwald es el primo de provincias de Espinete.

Ser hombre lobo es la caña. Ser hombre erizo, una castaña.

Calanthe ordena a Geralt que liquide a esta rata con púas, pero el brujo contesta que naranjas de la China, porque Erizo podrá ser más feo que el Sonic del primer tráiler de la película de Paramount, pero no es ningún monstruo, sino que está maldito. Y dicho esto, el brujo sigue comiéndose tranquilamente sus mondonguillas de becerra con patatas y nabos.

La Leona de Cintra ordena a los guardias que maten a la criatura.

Erizo es feo, pero no manco, e incapacita sin dificultad a los dos primeros hombres que le atacan. Acto seguido, con su espada apuntando desafiante a Calanthe, reclama a Pavetta por "el Derecho de la Sorpresa".

La trama se complica.

Las palabras de Erizo provocan un murmullo de asombro y luego un silencio plomizo. Todos vuelven la mirada hacia la irritada y sobrexcitada Calanthe. Es evidente que si alguien sabe lo que se está cociendo aquí, es ella.

Por mi parte, ya hablé sobre el Derecho de la Sorpresa al resumir el relato Cuestión de precio en el artículo sobre El último deseo, pero no me importa repetir aquí en qué consiste, porque copiar y pegar es sencillo: es una vieja tradición que permite exigir a cualquier hombre al que se haya salvado la vida aquello que encuentre al regresar a casa y no se espere. Lo inesperado pueden ser unos calcetines horteras que te ha traído tu suegra, un nuevo juego de sartenes, o incluso un niño. Y en este último caso, se habla del Niño de la Sorpresa. Si se tratase de sartenes, supongo que serían las Sartenes de la Sorpresa. Las mayúsculas iniciales hacen que todo suene importante.

Más soldados atacan a Erizo y, al final, consiguen desarmarlo y derribarlo.

Por suerte, cuando Erizo está a punto de conocer íntimamente la hoja de una alabarda, la acción se ralentiza y la cámara lenta permite a Geralt llegar hasta él y evitar el injerto craneal, salvándole esa repelente cara de rata que tiene.

La contienda estalla y brujo y caballero se defienden contra oleadas sucesivas de soldados. Los pretendientes y muchos de los invitados se lanzan también a la refriega para acabar con ambos espadachines, que se debaten hábilmente espalda con espalda en medio de este guirigay.

Eis se une al combate para ayudar a Erizo y Geralt, porque, como buen skelliges que es, respeta las tradiciones, y si se ha invocado el Derecho de la Sorpresa, ¡narices!, hay que respetarlo.

Desde el punto de vista técnico, la batahola debió de rodarse en varios fragmentos y está editada con muchos cortes, de modo que no resulta tan impresionante como la pelea de Geralt contra los esbirros de Renfri del primer episodio; pero, aun así, la zapatiesta es de aúpa y muy espectacular. Además, admito que en cuanto suena el tema musical de Geralt, pierdo la poca objetividad que alguna vez hubiera podido tener.

Así me gustaría a mí luchar en The Witcher 3, pero como soy un manta, lo que hago es bajar a tope la dificultad.

Viendo que el asunto se le está yendo de las manos, Calanthe se levanta de la mesa, le quita la espada a un soldado que solo tiene tiempo de exclamar "¡Mi reina!" antes de que lo mande al suelo de una patada, y se adentra en el fregado con el ímpetu de una valkiria en pleno Ragnarök o mi tía Pilar en el primer día de rebajas.

Calanthe salva a Eist de que le rapen la nuca al ras y luego se planta con la espada alzada frente a Geralt y ordena a todos que se detengan.

"¡Ya está bien, hombre!, que vais a despertar a los vecinos con tanto ruido", exclama.

-Acabé mi última pelea con las manos ensangrentadas.
-Espero que ya hayas aprendido a no tocarte la nariz.

En un giro inesperado, y aprovechando que el combate se ha detenido, Pavetta corre hasta Erizo, al que ella llama cariñosamente Duny, y lo abraza.

"Te pedí que te alejarás", le dice la princesa con lágrimas corriéndole por las mejillas. Es una muchacha muy sentida. Con fetiches denostados y que no entiendo, pero sentida. ¡A tope con el fandom furry!

Erizo, o Duny, se arrodilla ante la reina y deja caer su arma. Relajado ya el ambiente, explica que le maldijeron cuando era un niño y que vivió una vida desdichada (hizo de doble para su primo Espinete en Barrio Sésamo a cambio de bocatas y sirvió de modelo para las ilustraciones de los libros infantiles de Beatrix Potter por cuatro perras) hasta que un día, sin comerlo ni beberlo, el destino cambió su movida. Fue el día en el que salvó al rey Roegner, primer marido de Calanthe, de una muerte segura. Creo que le pilló justo cuando el rey iba a empezar a ver En tiempo de brujas, de Nicholas Cage. Por tradición, Erizo eligió como recompensa el Derecho de la Sorpresa, y cuando Roegner regresó a casa, se encontró con una hija que no esperaba: la princesa Pavetta.

-Yo lo quiero mamá. Me ponen los furros.
-Si os morreáis, poto.

Lo triste de todo este asunto es que Calanthe estaba al corriente de todo y precisamente por eso quería deshacerse de Erizo como quien se libra de una plaga de topos. Incluso le dice que debería haber dejado morir al estúpido de su marido para, seguidamente, acusar a Erizo de haber engañado al difunto monarca. A ver si se aclara, señora.

Eist intercede a favor de Erizo. Fue el destino, dice, el que hizo de Pavetta una Niña de la Sorpresa. Y aunque está fetén que a Erizo le haya tocado una princesa en la rifa, también podría haber sido un juego de sartenes. Erizo no tenía manera de saberlo cuando salvó al rey.

El propio Erizo revela que, en un primer momento, renunció a su derecho, porque sabía que los furros están incluso por debajo de los fanes del k-pop en las encuestas de popularidad, aunque por encima de los bronies. Pero Pavetta y él acabaron conociéndose igualmente a través de Tinder y se engolosinaron.

En defensa de los gustos de la chica, debo decir que Erizo recupera su forma humana cada medianoche hasta el amanecer. Pero ni confirmo ni desmiento que ese sea el aspecto de él que la enamoró.

Así las cosas, Eist y Myszowor aconsejan a la reina que honre el Derecho de la Sorpresa si no quiere que el destino se pongan en plan bíblico y allegue mil males sobre ellos.

Calanthe dice que ella no se inclina ante "una ley hecha por hombres que jamás han parido un niño". Solo Arnold Schwarzenegger tiene derecho a opinar, porque protagonizó Junior.

"Volveré", dice Arnold, que necesita ir al cuarto de baño.

-¿Porfa, porfa?

-No.

-¿Por requetefavor?

-No.

En busca de un aliado, la reina pregunta a Geralt si a él también le apabulla el destino

El brujo responde que él ni siquiera cree en el destino, pero jugar por Snoopy es jurar por Snoopy. Y si uno no puede confiar en una promesa, ¿en qué confiar entonces? ¿En el amor?

Pues también, porque Pavetta declara que ella ama a Duny, y con esto parece que el asunto queda zanjado.

Pero no. Aunque Calanthe finge ceder e ir de buenas, tan pronto como se arrima a Duny, intenta hacerle una traqueotomía a traición.

Pavetta grita horrorizada y un pulso mágico recorre el salón, mandando a todos de culo al suelo menos al alucinado Duny. A ver si la rara va a ser ella...

-¡HE CENADO FABEEEEEEES!

En cuestión de un instante, un terrible vórtice de poder sobrenatural y catatónico se forma alrededor de Pavetta, evitando que nadie pueda acercarse a la pareja de enamorados. Las cristaleras estallan y el suelo y las paredes se agrietan. Un contable de Netflix toma nota para moderar el presupuesto del próximo episodio.

Pavetta se arrima a Duny como si fuera a bailar con él un vals, y la pareja se eleva en el aire, flotando por arte de magia y del croma.

La princesa empieza a hablar en swahili, como si estuviera en trance, y no parece tener ningún control sobre lo que está haciendo. Él, por su parte, está demasiado alelado para opinar y, además, no consigue quitarse de la cabeza la idea de que ya ha visto esta misma escena en otra película con un asno parlante.

Momento mágico y subnormal.

Geralt se toma uno de sus elixires (no me preguntéis cuál, aunque voy a descartar el que aumenta su capacidad pulmonar) y, con ayuda de Myszowor, consigue penetrar lo suficiente en el microhuracán para derribar a Pavetta con la señal de Aard. El vórtice se desvanece en el acto.

Este clímax, permitidme añadir, está rodado de forma un tanto torpe, y para cuando Geralt y Myszowor empiezan a hacer de las suyas, ni siquiera parece que el castillo esté en peligro. A lo sumo parece que entra un poco de corriente por las ventanas.

En cualquier caso, Calanthe apechuga y acepta el destino. Es lo que hay. A mí tampoco me gusta que me entren ganas de cagar según acabo de ducharme, pero son cosas que pasan y hay que vivir con ellas.

Eist dice que si alguien tiene algún problema con que Duny se case con Pavetta, que se ponga a la cola para recibir una ración de palos de la Leona de Cintra y de los lobos del mar de las Skellige, porque, ¡sorpresa!, él también va a matrimoniarse con Calanthe.

Todo eso está muy bien, sí. Pero ¿podemos cenar tranquilos?

Después de adecentar un poco el salón, Calanthe bendice el matrimonio de su hija, y los novios se besan. Entonces, como en un cuento de hadas (o al menos como en un cuento de hadas edulcorado por Disney para obviar las partes más truculentas e incestuosas), la maldición se rompe y Duny recupera su forma humana.

Es fantasía. No le busquéis tres pies al erizo.

¿Se un aire a Warren Beatty de joven o es cosa mía?

Geralt ya ha tenido bastantes emociones por un día (una en total, que ya son bastantes para un mutante sin emociones) y decide largarse con viento fresco.

Sin embargo, antes de que se marche, Duny le ruega que le pida algo como pago por salvarle la vida. El brujo le dice que no quiere nada; pero el otro insiste, así que para que deje de darle el coñazo, invoca con la mayor desgana posible el Derecho de la Sorpresa. A Calanthe no le hace ninguna gracia, pero Geralt la tranquiliza, porque no tiene intención siquiera de volver a pisar Cintra.

En ese momento, Pavetta echa la raba, y como el marisco no tenía mala pinta y tampoco hemos visto que se subiera a una montaña rusa, asumimos que está preñada.

"Mierda", farfulla Geralt, con cómica frustración.

No sé si esto exige mayor explicación por mi parte, pero por si hay algún despistado leyendo esto, la doy. De acuerdo con el Derecho de la Sorpresa, dado que Duny se ha casado de penalti sin saberlo, lo que le esperaba al llegar a casa y no se veía venir era un crío. Por lo tanto, si Pavetta da a luz, Geralt tendrá derecho a quedarse al bebé. Y nosotros ya sabemos que Ciri es la Niña del Destino.

La próxima vez a ver si estáis más atentos, corcho.

Geralt se da la vuelta y se dirige a la salida más cercana.

Myszowor corre tras él y le dice que va a quedarse en Cintra para ayudar a Pavetta a controlar su poder. No pueden estar haciendo reformas cada vez que se ponga histérica, y cualquiera se fía del humor de la princesa con el desbarajuste hormonal que implica un embarazo. El druida también pide a Geralt que se quede, porque si lucha contra el destino, se puede armar la gorda.

"Pasando", dice Geralt.

-Me caes bien, Myszowor, pero jamás funcionaría.
-¿Por qué?
-Para empezar no soy capaz de escribir tu nombre sin consultarlo antes.

Y así, sin pretenderlo, Geralt condena a Cintra a la destrucción.

Buen trabajo, brujo. Te doy un 10/10, ⭐⭐⭐⭐ y una 🙂.

* * *



Año 1263. En Brokilón


Ciri, alelada desde que la dejamos en el episodio anterior, sigue adentrándose en la espesura.

Curiosamente, aunque fuera de Brokilón había nevado, el bosque tiene su propio microclima y hay un ambiente primaveral. Esto podría deberse a la naturaleza mágica del lugar, o quizá al calor que producen los enormes focos LED de 200 W con los que están iluminando la escena.

Cuando la Leoncilla de Cintra por fin regresa al planeta Tierra, se encuentra rodeada de dríadas, que la apuntan con sus lanzas y ballestas.

Para los que no estéis puestos en seres de fantasía, permitidme que os explique qué son las dríadas. Seguro que me sale mejor que aquel trabajo sobre las hormigas que hice en 3º o 4º de EGB.

Las dríadas son como Robin Hood y sus Alegres Compañeros. Solo que no son hombres, no visten con ridículas calzas y jubones, no roban a los ricos para dárselo a los pobres ni viven en la Inglaterra del siglo XII.

Bien pensado, salvo por lo de residir en el bosque, no se parecen en nada a los Alegres Compañeros... Son más bien bien como las amazonas, una sociedad formada exclusivamente por mujeres que solo tienen trato con varones cuando necesitan tener descendencia.

En cuanto a su aspecto, aunque las dríadas se visten con retazos de tela mal cosidos, hojas y cachitos de corteza, y se pintarrajean la cara como si jugasen a los indios, por lo demás podrían pasar por humanas. Eso sí, en los libros, las dríadas de pura cepa tienen la piel olivácea y son más pequeñas y delgadas que una mujer corriente.

Al final, esto ha sido mucho peor que mi trabajo sobre las hormigas.

La luz de esos focos me quema las retinas.

Eithné, la jefa de las dríadas, llega para poner un poco de calma y tranquilidad, y pregunta a la niña su nombre.

"Pánfila Torrubia", dice Ciri, fiel a su ridícula tapadera.

Eithné no se lo traga, pero le sigue la corriente. Además, como se ve que tiene mucho tiempo libre y ganas de hablar, le explica que antes de la Conjunción de las Esferas había dríadas a patadas y más bosques como Brokilón, todos llenos de brócoli y focos deslumbrantes. Pero los humanos llegamos y lo fastidiamos todo.

Si ya saben cómo nos ponemos, ¿para qué nos invitan?

-Lo del cambio climático lo lleváis bien entonces, ¿no?

Un grito conduce al grupo hasta el Niño-Rata, que es un quejica y no soporta tener una flecha clavada entre la clavícula y el húmero.

Una dríada, que probablemente no tiene título médico, le extrae la flecha de un tirón y le riega la herida con agua, como si fuera un geranio. Pero el agua no es agua corriente de grifo. ¡Es agua de Brokilón!

Eithné dice que todos los que entran en Brokilón tienen que beber de sus aguas. Esto, asegura, alivia el sufrimiento que hayan soportado. O los mata, si tienen malas intenciones. Una de las dos casi seguro. La sopa mágica de brócoli tiene además el poder de hacer que la gente se olvide.

O sea que, básicamente, es como el alcohol.

-... y si traen malas intenciones contra Brokilón, morirán.

-BITCH, are you for REAL?!

Al caer la noche, Ciri le confiesa al Niño-Rata que ella no se llama Pánfila Torrubia ni es una mindundi (una mindundi con una capa que vale más de lo gasta una familia entera en comida durante todo un año), sino que es la princesa Cirilla de Cintra.

Su compañero no se toma bien esta revelación. Recordemos que Calanthe tenía tirria a los elfos y, bajo su reinado, muchos de ellos acabaron decorando picas o pudriéndose bajo tierra, incluida la familia del Niño-Rata.

Ahora hasta me sabe mal seguir llamándole Niño-Rata.

Por suerte, estoy acostumbrado a vivir con la culpa.

Ni de noche puede uno librarse de la luminosidad artificial. La factura de la luz debe de ser de impresión.

Esa noche, Ciri tiene un sueño extraño que comienza con un berrido de su madre, la princesa Pavetta. Ciri presencia una gran batalla bajo un filtro de color rojo. Un soldado corta una oreja a una mujer. De repente, las manos de Ciri están manchadas de mermelada de fresa (o sangre, pero probablemente mermelada de fresa). El Caballero Negro aparece tras ella y le corta la cabeza.

Ciri despierta.

Yo anoche soñé que compartía un batido de Cookies & Cream con Skeletor y el comandante Cobra en la terraza del Hard Rock Cafe.

Eamon Farren en Mandy 2, canalizando a Nicholas Cage.

Cuando Ciri se despierta, el Niño-Rata ya se ha bebido la sopa mágica de brócoli, y aunque se le nota algo más empanado que de costumbre, al menos no está sufriendo convulsiones en el suelo ni echando espumarrajos por la boca.

Ciri bebe también, pero no nota nada diferente. A lo mejor el agua de Brokilón es como el zumo, que se le va toda la vitamina si no te lo bebes recién exprimido.

-La noto insípida hasta para una dieta detox.

Eithné decide llevar a Ciri al Shan-Kayan, el árbol del que procede la sopita mágica, para que pegue el morro a la fuente, a ver si así le hace algún efecto.

Las dríadas deben de aburrirse mucho cuando no reciben visitas.


En Cintra


En el patio del palacio, los nilfgaardianos encuentran el cadáver de la reina Calanthe, que para haberse defenestrado desde un sexto piso con la cabeza apuntando para abajo, no tiene mal aspecto.

Uno de los acólitos de Fringilla Vigo (que, recordemos, es una de las alumnas que se formó en Aretusa con Yennefer) se agacha junto al cadáver, corta una porción de carne en forma de cuadradito del brazo de la despachurrada regente y lo engulle con fruición.

No soy de entrometerme en los hábitos alimenticios de la gente (siendo la clase de persona que prueba porquerías como la Pizzalada, ¿cómo atreverme?), pero esto es asqueroso. Al menos podría haber dorado la carne cinco minutos en la sartén y echarle pimienta y tomillo.

Capuchas y túnicas oscuras. Parece gente de fiar.

Antes de que el acólito pueda siquiera digerir esta repulsiva delicatessen, Fringilla lo abre en canal y sus tripas se desparraman por el suelo.

Previsible.

La hechicera lee el mondongo con más interés que si fuera el último bestseller de Ken Follet, y los hados le revelan que "el prodigio de Calanthe" está en el bosque de Brokilón.

Probablemente podría haber llegado a la misma conclusión leyendo los posos del té, pero hay que reconocer que, así como lo han hecho, la escena es vomitiva.

-Vaticino y auguro, con absoluta certeza, que se me han quitado las ganas de cenar.

Fringilla da parte de este descubrimiento al Caballero Negro, que estaba observando toda esta escena con atención.

Si os parece bien, y si no también, voy a dejar de hablar del Caballero Negro y referirme a él como Cahir, porque están tardando mucho en mencionar su nombre y yo me he cansado de escribir diez caracteres más de los necesarios. Si el nombre aparece en los créditos, no es un spoiler.

Un lugarteniente sugiere enviar algunos hombres a buscar a la princesa en plan discreto. Diez o doce mil soldados, dice, para no armar alboroto. Pero a Cahir ese método le parece un pelín burdo. Quizá ya tenga un plan mejor... que descubriremos en el próximo episodio.

Myszowor, capturado y arrastrado por unos soldados, se deja caer un instante junto al cuerpo esmorrado de Calanthe y aprovecha para birlarle el fajín. No se me ocurre qué falta puede hacerle el fajín de la señora en este momento, pero reconozco un rifle de Chéjov cuando lo veo.


En el corazón de Brokilón


Eithné invita a Ciri a beber de la sabia radiactiva, pura y sin cortar, que emana de Shan-Kayan.

La princesa no le hace ascos y bebe sin poner ninguna pega. O no tiene mucha personalidad o le importa todo un bledo.

Bajo los efectos de esta sustancia, Ciri tiene una visión lisérgico-profética en la que se ve a sí misma plantada en mitad de un desierto bajo un cielo estrellado. Frente a ella, se alza un árbol morrocotudo y radiante que podría ser el primo polaco de Yggdrasil.

El árbol le dice:

"Buenas, soy un árbol parlante. ¿Y tú qué porras eres, niña?".

-Has olvidado quién eres. Por lo tanto, me has olvidado. Mira en tu interior, Simba. Eres más de lo que eres ahora. Debes ocupar tu lugar en el ciclo de la vida.
-Yo no soy Simba.
-Ah, perdona. A veces no sé dónde tengo la copa.

Y con esta ración de mística psicodélica acaba el episodio.

Puntuación: 8/10.

12 comentarios

  1. Tantas referencias a Gran Canaria... ¿¿¿quieres que te ame, o que????

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  2. Siento admitir que te he sido infiel y he bingeado el resto de la temporada. Ahora tengo más ganas de que salgan tus reviews!

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  3. Todos los que hemos sido bendecidos con el don de la sana curiosidad ahora queremos leer tu trabajo sobre las hormigas (y compararlo con el nuestro sobre los delfines y marsopas).

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  4. "Un contable de Netflix toma nota para moderar el presupuesto del próximo episodio". ¿Has leido las entrañas de alguien al estilo Fringilla para hacer una predicción tan acertada?

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  5. Excelente reseña, como siempre.

    Por cierto, se te acumula el trabajo...

    "Estreno el jueves 23 de enero: SAINT SEIYA: Los Caballeros del Zodiaco Part II"

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  6. Gracias por las entradas, aunque ya haya visto la serie, se disfrutan igual :)
    No sé yo si el futuro de las plataformas es volver a lo "antiguo" y emitir las series nuevas semana a semana(como El mandaloriano, que lo disfrutét mucho así) pero con las ya emitidas meter temporadas a cholón.

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  7. No me gusta la magia, y en esta serie hay mucha magia, la magia no la entiendo, puedo entender un dragón, un monstruo, tiene zarpas y colmillos y te mata, pero la magia es un comodín, vale para cualquier cosa, no me gusta.

    Sobre tu resumen, pues bien, hasta te doy puntos extras por tus referencias al maestro Pratchett y a Cthulhu, aunque personalmente soy devoto del MEV. Las Sartenes de la Sorpresa es mi momento preferido. Y por suerte ya sabia que son las dríadas, también se que son las hormigas, ya ves que soy un hombre culto.

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  8. ¡Empieza lo bueno! Y por bueno me refiero a juntar por fin a los protagonistas y dejarlos hacer, que la interacción entre ellos es lo mejor hasta el momento. Esto acercará la serie más a un Xena con tetas y tripas que a cosas más elevadas, pero yo encantado de la vida, ya tendremos las precuelas de Juego de tronos para nuestra ración de fantasía seria y más-épica-que-la-vida.

    El tema de las luchas ha sido una decepción, me gustó tanto el duelo del primer capítulo (es que es MUY bueno) que las del resto de la temporada me han parecido meh (en el octavo capítulo creo que hay una que no está mal, pero nada que se acerque al nivel que ellos mismos se pusieron).

    Buen resumen, he soltado unas risotadas con el gif de las fabes (soy así de básico) y con el poema (pagaría lo que fuera por oírselo cantar a Jaskier).

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  9. Debo admitir que me he reído con tu reseña y que la misma no me ayuda a ubicarme en estos brincos temporales. A mi amada Yennefer me la andan cambiado y todo por culpa de la inclusión de los añadidos creativos. Por ahora estoy contento con todo ese material de magias y espadas que están saliendo, pero espero que regresé el viejo oeste a pantalla chica.
    Nos vemos en la siguiente reseña con el brujero. (Y)

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  10. "incluido ese comentarista anónimo que cree que estas entradas son una chapa." hahaha no hard feelings!

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  11. Garou: Ojalá hubiesen rodado en Tenerife para que hubiese podido mencionar el Loro Parque.

    German: Me parece bien, así tienes visión de conjunto.

    Aco: Ese trabajo estará en algún armario en casa de mis padres. Debería rescatarlo y dedicarle una entrada. Pero me olvidaré.

    Carlos Pizarro: Lo he leído en los posos de una infusión de jengibre.

    Makk: De Seiya sus meteoros creo que voy a pasar. No doy para más.

    Pennywise: Ojalá hubieran emitido un episodio por semana. Las series se disfrutan de otra manera con un poco de aire entre episodios. El sistema que comentas me parece ideal.

    Pons: La magia bien escrita, con reglas, funciona a la perfección. Aquí nos dicen que hay reglas, pero solo las siguen cuando se acuerdan o resulta conveniente, así que es un poco lioso. Tu comentario, pues bien también.

    Claudio Vosco: El duelo del primer episodio puso el listón muy alto y, claro, todo lo que viene detrás se queda corto. El gif de las fabes es mi gran aportación a este episodio.

    José COrrea: ¿No te ayuda o te ayuda a ubicarte? Me haces dudar.

    Garou: Ningún hard feeling en absoluto.

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  12. Sigo la serie para poder disfrutar de tus revisiones de cada capítulo, gracias

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